EDITORIAL

 

En el momento actual se está haciendo en muchas universidades españolas un gran esfuerzo por incorporar las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) a su docencia. Esto conlleva, naturalmente, inversiones muy importantes tanto en términos económicos como en lo que respecta a los esfuerzos del profesorado por adaptarse a esta exigencia.

En esta situación, pareció oportuno convocar un seminario en el que nos planteásemos algunas preguntas relacionadas con este proceso, sus condiciones, sus costes y sus resultados. Más allá de lo que se ha denominado el imperativo tecnológico, la necesidad genérica de “no quedarse atrás en materia de tecnología”, parece oportuno interrogarse acerca de lo que conocemos sobre el proceso de incorporación y sus resultados, qué objetivos son realistas y para qué circunstancias, cuáles son las dificultades y limitaciones que plantea y cómo resolverlas.

Con este fin se recurrió a un grupo de expertos e investigadores en este área que realizó algunas aportaciones que sirvieron de estímulo o motivación y en torno a las cuales mantuvimos interesantes discusiones a lo largo del seminario. Intentamos ahora plasmar algo de lo que fue ese seminario mediante la publicación de las intervenciones de los ponentes invitados. Para ello, hemos dividido estas aportaciones en dos bloques que aparecerán como números monográficos del Boletín, el primero de los cuales agrupa cuestiones más directamente relacionadas con la docencia y el aprendizaje y el segundo en torno a consideraciones más amplias que condicionan el uso de tecnologías de forma importante. En este volumen nos encontramos con algunas de las preguntas que se formularon, y también con alguna respuesta: G. Salomon reflexiona sobre el marco general en el que se sitúa actualmente la educación superior y sugiere que las tecnologías pueden ser útiles para transmitir conocimiento, pero no tanto para la creación de conocimiento y nos recuerda la necesidad de diálogo e intercambio para una docencia de calidad, que puede tener lugar con mediación tecnológica o de forma natural.

W. Schnotz, por otra parte, muestra cómo las tecnologías deben tener en cuenta las características del procesamiento cognitivo humano y adaptarse a él para mejorar o facilitar el aprendizaje y, a la inversa, como pueden no tener efecto alguno o incluso tenerlo negativo si este precepto no se satisface. Demuestra, de este modo, que la tecnología no aporta necesariamente, por sí misma ni automáticamente, calidad a la docencia.

F. Dochy nos recuerda algunos principios generales de los entornos más potentes de aprendizaje, y nos sugiere que éstos pueden crearse con o sin elementos tecnológicos, aunque éstos puedan, ciertamente, cumplir una importante función con algunos grupos y en ciertas condiciones.

M. Benito, finalmente, aborda los importantes cambios en los roles tanto del profesor como del estudiante que implica una docencia de calidad y las dificultades que esos entrañan.

Quedan aún, por supuesto, muchas otras preguntas de interés para cada caso particular: ¿Cuáles son, concretamente, los objetivos de las universidades cuando incorporan las TIC? ¿Se trata de ofrecer docencia a distancia? ¿De dar apoyo a la enseñanza presencial? ¿Tal vez una combinación de ambos? Y, en este caso ¿Cuáles son los costes? ¿Y su relación con los beneficios? Una vez se cuenta ya con la infraestructura ¿qué medidas adicionales son necesarias? ¿Cómo se asegura la calidad de la docencia por red? ¿Cómo se evalúa esta calidad?

Encontrar respuestas a estas preguntas ajustadas a cada universidad  nos mantendrá seguramente ocupados todavía durante algún tiempo y exigirá, también, un esfuerzo considerable. Mientras tanto, algo quedó también claro: la utilidad que podría tener contar con un conjunto de casos comentados y compartidos por todos, un proyecto que RED-U se honrará en coordinar.