Naveg@mérica. Revista electrónica editada por la Asociación Española de Americanistas. 2026, n. 37.
FIGUEREDO CABRERA, Katia. Regreso al imperio perdido. La diplomacia cultural franquista en Cuba, 1945-1958. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2025. 436 pp.
La diplomacia tiene varias vertientes y una de ellas es la cultural. El soft power (poder blando) forma parte del ejercicio diplomático y de la capacidad de un país para influir en otro utilizando diferentes estrategias, como las culturales o las ideológicas. El libro de Katia Figueredo trata precisamente de cómo el régimen de Franco desplegó su diplomacia cultural en Cuba en los años previos al triunfo de la Revolución. El presente trabajo complementa perfectamente sus dos libros anteriores —Cuba y la guerra civil española. Mitos y realidades de la derecha hispano-cubana (1936-1942), publicado en 2014 por la Universidad de La Habana, y Tras las huellas del silencio. Cuba y la España franquista, 1940-1958, editado hace dos años por la Universidad de Cantabria— conformando una especie de trilogía de una temática en la que la autora es experta. La investigación de la doctora Figueredo demuestra que todavía queda un largo recorrido para disipar todas las incógnitas sobre las relaciones entre ambos países durante la dictadura franquista. Un camino que emprendió Consuelo Naranjo Orovio en Cuba, otro escenario de lucha: la guerra civil y el exilio republicano español, publicado hace casi cuatro décadas.
La estructura de la obra es simple, lo que favorece la eficacia deseada en un libro de investigación histórica (aparato crítico impecable, orden en el desarrollo de los capítulos, bibliografía abundante, listado de fuentes y archivos consultados). Son destacables los anexos, que permiten seguir las trayectorias de los protagonistas que tuvieron alguna implicación en los acontecimientos de este periodo, como los miembros del Instituto Cultural Cubano-Español y de su Sección Femenina, los miembros del Instituto de Cultura Hispánica, sus becarios, los conferenciantes invitados o los colaboradores que escribieron en las revistas Mundo Hispánico y en Cuadernos Hispanoamericanos.
Dividido en tres capítulos, el primero de ellos, «América, el continente de la esperanza», trata de la función del Instituto de Cultura Hispánica en Cuba y de la importancia de la diplomacia cultural franquista, incluidos fracasos como el del Consejo de la Hispanidad, ejemplo de la ineficaz estrategia diplomática del régimen, que no había sopesado hasta dónde podía llegar su aislamiento internacional. A pesar de esta circunstancia y del contexto de Guerra Fría posterior a la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por las tensiones propagandísticas entre los bloques soviético y estadounidense, el gobierno español desplegó un plan de acción en dos etapas cuya diana fue América Latina, tal como señala la autora. La primera, de 1945 a 1955, estuvo caracterizada por las férreas convicciones religiosas del ministro de Asuntos Exteriores, Martín-Artajo; el canciller era miembro de la Asociación Española de Propagandistas, hábiles, como lo siguen siendo actualmente, en extender el catolicismo más reaccionario por todo el mundo. El segundo periodo, de 1956 a 1975, coincide con la llegada al gobierno de los tecnócratas del Opus Dei, hombres con estudios superiores más preocupados por el desarrollismo que por la ideología, una cortina de humo que encerraba su aviesa necesidad de ocupar puestos cercanos al poder, disfrazando sus verdaderas intenciones con un amor desmedido al trabajo, al poder discreto y a su fundador. Katia Figueredo focaliza su estudio en Cuba durante el mandato de tres presidentes: Ramón Grau San Martín, Carlos Prío Socarrás y Fulgencio Batista, que ocuparon el sillón presidencial de 1944 a 1958, respectivamente, años que aprovechó el franquismo para desplegar sus habilidades diplomáticas; por cierto que ninguno de ellos tiene aún una biografía contrastada. Era un contexto postbélico y de organización de un nuevo orden mundial, con una España aislada, vetada por la ONU —por ser una dictadura fascista y haber colaborado con el Eje, recordemos la Resolución 39(I) de 1946— y abocada a una asfixiante autarquía económica. La jerarquía del franquismo demandaba un plan para blanquear su imagen exterior, y qué mejor que exprimir la tradición cultural española para hermanarse, buscando lazos espirituales comunes, con las que habían sido sus posesiones ultramarinas.
El Instituto de Cultura Hispánica a través de su sucursal en La Habana, el Instituto Cultural Cubano-Español, promovió numerosas actividades a ambos lado del Atlántico con el apoyo de una serie de intelectuales del régimen: homenajes a los Reyes Católicos, Carlos V, Marcelino Menéndez Pelayo o Jaime Balmes, la participación en las bienales hispanoamericanas de Arte, la «misión poética», festivales de teatro o presentaciones de libros. Un despliegue de acciones consensuadas por La Habana y Madrid en las que participaron una pléyade de escritores y artistas dispuesta a colaborar en ensalzar a personajes y glorias hispanas. Habían transcurrido poco más de cuarenta años desde el «desastre del 98» y el franquismo mantenía abierta la herida de la derrota y la losa de la cronificada leyenda negra. Era el momento adecuado para resucitar imperios, cruzadas, evangelización y heroicidades varias, pilares fundamentales que moldeaban la idea de hispanidad. Este tipo de colaboraciones fue contestado, por ejemplo, por el diario España Antifranquista, uno de los rotativos más enérgico a la hora de destapar la connivencia cubana con el franquismo, con figuras como Dulce María Loynaz, que acudiría al I Congreso Femenino Hispanoamericano organizado por la Sección Femenina de la FET-JONS. Me pregunto qué pensó Enrique del viaje de su hermana... Casualidades de la vida o no, en 1992 la escritora fue premiada con el premio Cervantes de las Letras de una España democrática, que utilizó de nuevo la diplomacia cultural para presentar el país al mundo y demostrar las transformaciones económicas, sociales y políticas que se habían producido desde la dictadura. Los fastos por el V Centenario del «Descubrimiento», la Exposición Universal de Sevilla y las vigésimoquintas olimpiadas celebradas en Barcelona pueden ser estudiados como paradigmáticos del soft power, una tarjeta de visita ideal para presentar al mundo un país que había sido estigmatizado internacionalmente durante cuatro décadas.
En el segundo capítulo, «Aires y sueños de política», se analiza «la luna de miel entre el franquismo y la Iglesia católica». Una de las fortalezas del libro es la cantidad de personajes que saca a la luz y las conexiones que se establecen para comprender la gran tela de araña que tejió la «intelectualidad franquista», que aprovechó el rico patrimonio literario e histórico para afianzar su discurso. Una especie de vampirización de un pasado que era utilizado convenientemente y distorsionado según los intereses. Entre esos prohombres que visitaron La Habana se contaban, cito solo a algunos, Juan Tusquets, el martillo de los masones; Manuel Suárez Fernández, el dominico que fue el primer español en ser nombrado abogado del Tribunal de la Rota; el periodista Francisco de Cossío; los jesuitas Joaquín Azpiazu, fundador del Fomento Social, y el padre Arrupe, que acabaría siendo general de la orden. Sin embargo, fue la «misión poética» de finales de 1949 cuando Martín-Artajo exhibió a sus literatos más fieles: Leopoldo Panero, Antonio de Zubiaurre, Agustín de Foxá y Luis Rosales viajaron por varias capitales del continente subvencionados por la Dirección General de Relaciones Culturales y el Instituto de Cultura Hispánica. La gira recalaría en La Habana, con la consigna de ser extremadamente prudentes en sus declaraciones y de evitar cualquier apreciación política. A pesar de la cautela, en una recepción celebrada en la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País organizada por el Ateneo, un grupo de jóvenes lanzó tomates y huevos podridos a la mesa.
El último de los capítulos, «La belle époque», coincide con la presidencia de Batista, que tras el golpe de Estado de marzo de 1952 se hizo de nuevo con el poder siguiendo la estela de los gobiernos militares de Somoza, Trujillo u Odría. El apoyo de los Estados Unidos al nuevo régimen fue evidente y, en el caso de España, obviamente aplaudido. En este periodo es imprescindible destacar la labor del nuevo embajador en La Habana, Juan Pablo Lojendio. La elección de la Habana como sede la II Bienal Hispanoamericana de Arte fue el punto de partida de la nueva etapa diplomática española. Tras la Bienal, que tuvo sus detractores y sus críticas, como explica con todo lujo de detalles la autora, llegaría el impulso del Instituto Cubano de Cultura Hispánica, heredero del Instituto Cultural Cubano-Español, bajo el mandato de José María Chacón y Calvo. La llegada a La Habana de artistas, cantantes y músicos en detrimento del sector eclesiástico no se hizo esperar, aunque no por ello dejaron de ser invitados Ángel Herrera Oria y José María Hernández Garnica, quien aprovechó el viaje para expandir la Obra en América y Cuba. Entre las figuras de la farándula que arribaron para actuar, cito algunas de las más populares: Sara Montiel, Lola Flores, Paquita Rico, Amparo Rivelles, José Lara, Alicia de Larrocha, Victoria de los Ángeles o Conchita Piquer, además de compañías teatrales que actuaron con gran acogida por el público. Académicos, escritores y empresarios también recalaron en Cuba, como Manuel Ballesteros Gaibrois, Guillermo Díaz-Plaja, Francisco Grande Covián, Wenceslao Fernández Flórez, Juan Antonio de Zunzunegui, la infanta María Cristina de Borbón o el mismísimo Pedro Chicote. Esta es solo una pequeña muestra de los visitantes afines al régimen franquista que se prestaron a hacerle el juego. Recomiendo prestar atención al viaje de Manuel Fraga a La Habana. Sí, ese Fraga que vimos jugando contra Fidel Castro a las damas en Láncara, Lugo, durante su visita oficial en 1992, una vez más, otra coincidencia. La utilización del cine como vehículo de difusión ideológico también es abordada en el epígrafe «Suben los telones, comienza la función», un apartado esclarecedor para conocer la importancia del cine como glamurosa herramienta de la diplomacia cultural, aunque a veces pueda resultar un arma de doble filo.
Durante el tiempo que duro su mandato, el presidente Harry Truman mantuvo una enfermiza obsesión por frenar la expansión del comunismo por el mundo, especialmente en América Latina, el territorio más cercano y un espacio propicio, potencialmente, para el desarrollo de las «peligrosas ideas bolcheviques». Unos años después de impulsar la doctrina Truman, esta tuvo un efecto bumerán en todo el continente. Años más tarde, Cuba, Chile o Nicaragua adoptarían el modelo socialista y La Habana se convertiría en un faro de propaganda y de imitación no solo para América, sino también para África y Asia. Parece ser que el plan Truman no tuvo la eficacia esperada y tampoco la perseverante diplomacia cultural franquista. Esta obra es indispensable para desentrañarla.