FORMAS DEL HABITAR POPULAR EN CÓRDOBA, ARGENTINA
VIVIR EN LAS CASAS MUNICIPALES DE PUEBLO NUEVO ENTRE FINALES DEL
SIGLO XIX Y COMIENZOS DEL XX[1]
Cecilia
Moreyra
Centro de
Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CONICET)
Universidad
Nacional de Córdoba
cecilia.moreyra@unc.edu.ar
https://orcid.org/0000-0003-4612-7851
Graciela
Tedesco
Instituto
de Antropología de Córdoba (CONICET)
Universidad
Nacional de Córdoba
gracielatedesco@ffyh.unc.edu.ar
https://orcid.org/0000-0002-5142-4861
Resumen:
El
artículo caracteriza y analiza el conjunto de residentes de las casas
municipales de Pueblo Nuevo, construcción que materializó la primera política
habitacional de la ciudad de Córdoba, Argentina. Sobre la base del censo de
1895 y su articulación con fuentes policiales, judiciales, periódicas y orales
nos aproximamos a los habitantes de ese complejo que estuvo, en su primera
etapa de vida, en el centro de un conflicto en el que se cruzaron diferentes
actores del escenario político. La mirada propuesta avanza en el conocimiento,
a partir de una pequeña escala, de los sectores populares de una ciudad que
atravesaba, como otras de la época, procesos de modernización y
urbanización.
Palabras clave: Habitar,
Sectores populares, Política habitacional, Córdoba, Pueblo Nuevo, Casas.
Title: POPULAR DWELLING IN CÓRDOBA,
ARGENTINA. LIFE IN THE MUNICIPAL HOUSES OF PUEBLO NUEVO (LATE 19TH TO EARLY
20TH CENTURY)
Abstract: This article
characterizes and analyzes the population of the Pueblo Nuevo municipal housing
complex, a building that embodies the first state housing policy in the city of
Córdoba, Argentina. Based on the 1895 census and its integration with police,
judicial, newspaper, and oral sources, we explore the inhabitants of this
complex, which was, in its early stages, at the center of a conflict involving
various political actors. The article advances in understanding, on a small
scale, the popular sectors of a city that, like others of its time, was undergoing processes of modernization and
urbanization.
Keywords: Dwelling, Popular sectors, Housing policy, Córdoba, Pueblo Nuevo,
Houses.
1. Introducción
Este
texto explora las formas del habitar popular en Córdoba entre finales del siglo
XIX y comienzos del XX tomando como eje de análisis el conjunto de habitantes
de las casas de inquilinato municipal de Córdoba, la edificación que
materializó la primera política habitacional de la ciudad. Pensamos que
caracterizar y analizar este conjunto poblacional es un camino para conocer,
desde una escala reducida, experiencias del habitar cotidiano de los sectores
populares de una Córdoba que hacia fines del siglo XIX e inicios del XX venía
creciendo demográfica[2] y
espacialmente. Esos sectores populares –la fracción más numerosa de la
población cordobesa– presentaban un alto grado de heterogeneidad y
fragmentación, compartiendo a la vez una situación común de subalternidad
respecto de las elites[3]. Era un
conjunto que, aunque de carácter multiétnico, tenía una presencia significativa
de afromestizos[4].
Participaba, además, de un mercado de trabajo precario e inestable, alternando
situaciones de desempleo y subempleo a lo que se sumaba el encarecimiento de la
canasta familiar y deficientes condiciones materiales de habitación. Ahora
bien, ese habitar no remite únicamente a un conjunto de rasgos materiales que
podían tomar la forma de un rancho, una casa o un cuarto de alquiler; aludimos
también a prácticas y representaciones
que permiten a un sujeto -individual o colectivo- relacionarse con un lugar y con
sus semejantes y formar parte de un orden espacio-temporal, reconociéndolo y
construyéndolo al mismo tiempo[5]. Si
tomamos en consideración a la vivienda colectiva, como es el caso de las casas
de inquilinato municipal, ésta además nos brinda la posibilidad de “examinar
los desencuentros culturales entre los valores técnicos, estéticos y espaciales
de distintos sectores sociales, en particular entre los valores de quienes
diseñan la vivienda en relación a quienes la construyen y de quienes finalmente
la habitan”[6].
Hacia
las últimas décadas del siglo XIX, el crecimiento espacial de la ciudad de
Córdoba comportó la progresiva extensión de los límites urbanos a partir del
avance sobre las barreras naturales conformadas por el río Suquía y sus
barrancas al norte; el arroyo La Cañada hacia el oeste y las barrancas hacia el
sur. Aunque parte de esa expansión incluyó la construcción de viviendas por
parte de loteadores que se asociaban unos con otros[7],
lejos se estaba de cubrir las demandas habitacionales de una población en
franco crecimiento. Más aún, estos emprendimientos tuvieron escasa incidencia
en el mercado habitacional[8]. Es que
gran parte de la población era de sectores populares y obreros, cuyos modestos
ingresos los ubicaba lejos de las posibilidades de acceder no solo a aquella
oferta inmobiliaria, sino que incluso el alquiler de un cuarto de conventillo
se volvía difícil de costear. Además, la prensa denunciaba que era
“dificilísimo encontrar una casa vacía, estando comprometidas para su arriendo
las que se encuentran edificando[9].” Pero no
sólo la renta se hacía difícil, los diarios de la época revelaban el aumento de
los precios de los artículos de consumo como carne, pan, leña y carbón[10]. Estas
familias de limitados recursos habitaban en precarios y hacinados ranchos,
casillas o cuartos de inquilinato[11], algo que
preocupaba a la élite gobernante, pues era factible que esas formas de habitar
fueran foco de enfermedades contagiosas que terminarían afectando a toda la
población[12].
El
escenario descripto no era exclusivo de Córdoba, también en Buenos Aires y
Rosario, ciudades que acusaron para la misma época un acelerado crecimiento
demográfico y urbano, las preocupaciones en torno a la “cuestión de la
vivienda” se manifestaron en discursos de gobernantes y médicos. Sobre dicha
problemática habitacional avanzaron investigaciones –algunas ya clásicas– que,
en el marco de análisis más amplios sobre los sectores populares y obreros
durante los procesos de urbanización y modernización de finales del siglo XIX y
comienzos del XX, refirieron a las formas y condiciones del habitar popular en
Buenos Aires[13] y en
Rosario[14]. En estos
centros urbanos las preocupaciones de las elites, influidas en gran parte por
la medicina higienista, se inscribían en el orden de lo sanitario y lo moral.
Esto quiere decir que procuraron, en primer lugar, limitar las condiciones de
emergencia y expansión de las enfermedades que derivaban de habitar en
condiciones de hacinamiento, en cuartos mal ventilados, carentes de agua
corriente y servicios sanitarios, y en segundo lugar, reducir los escenarios de
promiscuidad y frágil intimidad que allí se suscitaban. Los sectores
gobernantes apuntaron a tratar de controlar el problema de la habitación
popular porque, desde su perspectiva, suponía un peligro para la moralidad y la
salubridad de todo el conjunto social. Así, aunque hubo iniciativas desde las
órbitas municipales orientadas a regular esas formas de habitación
reglamentando la construcción de casas de inquilinato[15],
desalojando otras tantas viviendas[16]
y estableciendo las características materiales que debían reunir las
construcciones destinadas a habitación familiar[17],
sin embargo, casi no se
desarrollaron formas de intervención estatales que ampliaran el acceso a la
vivienda de los sectores populares. Antes bien, entendían que ello debía
quedar en manos del mercado y la iniciativa privada[18].
En
Córdoba, los estudios sobre la problemática habitacional en ese periodo también
recorren las preocupaciones higiénicas y morales que manifestaban las
autoridades y algunos médicos. Maizón muestra que dicho problema trascendía las
condiciones materiales para adoptar un tono moral y político a partir de la
circulación de discursos que asociaban la vivienda popular con el desorden, la
suciedad, el atraso, el malevaje y el vicio. Señala además que si bien Córdoba
fue una de las primeras ciudades que incluyó en su agenda pública la
preocupación habitacional expresada en normativas que tendían, por ejemplo, a
impedir la construcción de ranchos en el radio urbano, ello no se manifestó en
concretas mejoras de las condiciones habitacionales[19].
Por su parte, Bustamante también observa la temprana preocupación pública por
la habitación popular en Córdoba a través de distintas iniciativas legislativas
y del proyecto municipal de viviendas para obreros de 1889[20].
Junto a ello, los trabajos de Coch sugieren el carácter fragmentario de esas
medidas y la inexistencia de “una estrategia o programa para la solución
estructural de los problemas de vivienda”, lo que llevó a resultados limitados
en Córdoba; dada una concepción respecto al rol del Estado que en lo económico
debía “no interferir con el sector privado que (en teoría) respondería
eventualmente a la demanda de vivienda”[21].
A
fines del siglo XIX, en un contexto de déficit habitacional que atizaba las
preocupaciones por los peligros sanitarios, tuvo lugar el plan de vivienda
colectiva proyectado por el intendente de la ciudad de Córdoba Luis Revol[22]. En un
contexto ideológico que, como dijimos, entendía que toda intervención estatal
relativa a la construcción de viviendas debía limitarse a garantizar la
extensión de servicios sanitarios, pero de ningún modo agenciar la edificación
de unidades habitacionales, la propuesta fue excepcional y, junto con el
proyecto de Torcuato de Alvear en Buenos Aires[23],
pionera en la región. Ambas iniciativas reunieron algunas de las directrices y
preocupaciones que se desplegaron más adelante en las discusiones de alcance
nacional en torno a la vivienda popular[24].
El
plan de las casas municipales en Córdoba comportó la construcción de 84 casas
unifamiliares e higiénicas destinadas a sectores obreros y familias pobres que
las habitarían a cambio de un alquiler que, se pensaba, sería accesible. El
lugar elegido para la obra fue Pueblo Nuevo, actual barrio Güemes, ubicado al
sur de la traza fundacional; zona muy vital pero según narrativas de la época,
poco desarrollada. Por ello el intendente argumentaba que dicha obra “daría
vida a ese barrio de la Ciudad que más atrasado está y en el que menos
adelantos se operan”[25]. Por otra
parte, Revol sostenía que la proximidad con barrio Nueva Córdoba en proceso de
construcción y con la zona de hornos de ladrillo permitiría que quienes
trabajaban en las grandes obras urbanas vivieran cerca de sus puestos de
trabajo. Se estaba pensando en un tipo específico de trabajador: obreros de la
construcción.
Sobre
las casas de inquilinato municipal se expidieron políticos, ingenieros y la
prensa, apoyando o criticando el proyecto, describiendo el estado y la calidad
de la construcción, abogando por su desalojo, venta, demolición o reparación;
objetando, además, el papel “empresario” que desempeñaría el Estado municipal
al tener que gestionar el cobro de los alquileres[26].
Esos mismos actores también se pronunciaron sobre los residentes: si eran
obreros o no, si eran muy pobres para pagar el alquiler, si ponían en peligro
la salubridad de la población, si vivían hacinados y de manera promiscua, etc.
Estos cuestionamientos dieron lugar a controvertidas iniciativas tales como
disponer su venta a privados[27], cuestión
que se concretó en parte al venderse algunas unidades de la sección norte del
complejo; ordenar la periódica inspección de la “higiene” y “moralidad” de sus
habitantes o bien, en 1907, sentenciar su desalojo y clausura. Una medida que,
finalmente, no se concretó. Dicho proceso fue indagado por Blanco, para quien
el descuido en torno a este proyecto habitacional da cuenta de la extendida
negligencia en materia social, propia de la concepción liberal de las funciones
del Estado[28]. Por su
parte Boixadós sugiere que, antes que un problema efectivamente constructivo,
como repetían algunas voces de la época, el proyecto se desmoronó por pujas
políticas, es decir, porque administraciones que siguieron a la intendencia de
Revol procuraron despegarse de ese proyecto representativo del higienismo
liberal[29].
Asimismo, Amman señala que estas casas evidenciaron una concepción mecanicista
e higienista sobre la habitabilidad, centrada en los problemas materiales
inmediatos, pero no en el mundo simbólico de sus habitantes[30].
En este sentido, la polémica resultó académica y política, permaneciendo
alejada de la voz y actividades de quienes allí vivieron.
Quienes
se pronunciaron sobre las viviendas y sus habitantes integraban los sectores de
elite y tenían diferentes canales para expresar sus opiniones. Por el
contrario, no sucedía lo mismo con los residentes de esas casas, de quienes
poco se conoce o cuyas voces no llegaban a manifestarse tan claramente. En este
sentido, si algunas investigaciones dieron cuenta de la conformación y
conflictivo devenir de las casas municipales[31],
sobre las personas y familias que las habitaron se
indagó poco, aduciendo, entre otras cosas, la falta de datos que permitan dar
cuenta de ellos[32]. Es
sobre estos habitantes de las casas entre fines del XIX e inicios del XX que
intentaremos indagar. ¿Quiénes eran y qué oficios tenían? ¿fueron sus
habitantes aquellos obreros de la construcción que Revol refería cuando
proyectó la obra? ¿cómo residían en esas viviendas con aspiraciones modernas y
se reconocían (o no) vecinos de un plan habitacional? Estas preguntas invitan a
explorar las experiencias de personas interactuando con otras y con las formas
materiales de un plan habitacional estatal -el primero de la ciudad-.
El
trabajo se apoya en el cruce de fuentes de distinto orden. Una de ellas, de
carácter crucial, serán las cédulas del Censo Nacional de 1895[33]. Un
segundo conjunto documental estará compuesto por expedientes policiales[34] y
judiciales de los que se desprenden voces, historias e imágenes de esos
residentes. A su vez, lo anterior será articulado con las notas de periódicos
que cubrieron algunos de los problemas suscitados en torno a esta edificación.
En fin, procuramos dar cuenta de estas personas no sólo en tanto habitantes de
una parte de la ciudad, trazando su perfil sociodemográfico, sino también
verlos en su devenir cotidiano como trabajadores, padres y madres, hijos,
estudiantes y vecinos que convivían, se ganaban la vida, entretenían y
compartían un complejo habitacional particular.
2.
El plan habitacional y el barrio
El
proyecto habitacional se ubicó en la plaza de carretas de Pueblo Nuevo, lugar
de paso, de intercambio y espacio público. Su elección se basó en la facilidad
administrativa de utilizar terrenos públicos, sin la necesidad de comprar o
expropiar parcelas particulares. Las 84 unidades construidas -divididas en dos
bloques separados por un pasaje- eran independientes unas de otras, distintivo
que establecía concretas diferencias con una de las modalidades habitacionales
de los sectores populares: los conventillos. Aunque en éstos había cuartos
independientes unos de otros, se compartían patio, letrinas y cocina; y muchos
de esos cuartos eran a su vez habitados por más de un grupo familiar. En este
punto la propuesta de Revol revela una disparidad con el plan de casas para
obreros construido unos años antes por Torcuato de Alvear en Buenos Aires,
donde se buscó, antes que una renovación tipológica, un diseño que sirviera de
modelo a otras casas de inquilinato con alquiler de cuartos, centrándose en
mejorar la calidad constructiva y los servicios sanitarios y reducir las áreas
comunes[35].
En
fin, la tipología de las casas municipales de Córdoba suponía un modelo de
co-residencia que se alejaba del conventillo, esto es, un único grupo familiar
habita una casa sin compartir espacios con otras familias. En otras palabras,
la vivienda unifamiliar. Ese modelo, se alegaba, propendía a evitar la
promiscuidad y el hacinamiento, caldo de cultivo de enfermedades físicas y
morales. En pos de ello también eran vitales la provisión de agua corriente y
sumideros, materialidades preponderantes en la producción de condiciones
mínimas de salubridad. Este proyecto, con su tipología específica, no solo
apuntaba a proveer una vivienda a familias de los sectores obreros, también
buscaba, pensamos, introducir un modelo de habitación familiar, enseñar a los
sectores populares una manera de habitar que fuera higiénica y moral. Se
esperaba, acaso, que las casas municipales funcionaran también como un modelo,
como estructura edilicia y forma de habitar a imitar por el resto de los
vecinos.
El
plano que sigue (representa la mitad de lo proyectado, la sección sur) habilita
un recorrido por estas casas: ingresamos por un pasillo que conectaba la calle
con la vivienda y era, a su vez, compartido por cuatro unidades diferentes. Una
vez franqueada la puerta, accedemos a la casa a través de una habitación-zaguán
que da al patio. Este se erige como una suerte de centro estructurador del
espacio pues en torno a él se ubican los diferentes cuartos: dos dormitorios,
un comedor, la cocina y la letrina.
Fig. 1: Plano de las casas municipales de Pueblo Nuevo. Fuente:
Memoria del Intendente Municipal correspondiente al ejercicio de 1888, Córdoba,
1889, p. 112
La
tipología habitacional propuesta tiene puntos de contacto con la tradicional
casa de patios cuyas habitaciones se disponían en torno a un patio central. En esa estructura, la cocina y
letrina no estaban incorporadas al cuerpo interior de la casa, sino que tenían
lugar por fuera de éste. Así, el trayecto entre un dormitorio y la cocina o la
letrina, suponía, forzosamente, atravesar el patio. A su vez, el diseño de Revol tuvo en cuenta,
además de los servicios sanitarios y la independencia de cada casa, otro punto
central de los discursos higienistas de la época: el ingreso de luz y la
circulación de aire dentro de la vivienda así como su conexión con espacios
verdes. En virtud de ello, una hilera de casas tenía las ventanas de los
dormitorios mirando a la vereda y la calle, y los dormitorios de la otra hilera
daban a un espacio verde que separaba un bloque de viviendas de otro.
La
zona de Pueblo Nuevo donde se ubicaron estas casas, creció por fuera del casco
histórico de manera sostenida y desordenada desde mediados del XIX. Personas y
familias que llegaban de otras localidades, muchos ligados a la población
nativa o afrodescendiente, se instalaban allí en ranchos y casas de
inquilinato. El barrio fue adquiriendo un carácter popular, mientras
evidenciaba cierto rezago en el acceso a obras de infraestructura –como el
alumbrado público, el suministro de agua, mantenimiento de calles y transporte–
que habían sido priorizadas en el centro de la ciudad. Un escenario aún más
singular presentaba el sector ubicado al oeste del arroyo La Cañada conocido
como “El Abrojal”, espacio agreste que remitía menos a la ciudad que al monte.
El paisaje barrial presentaba un terreno irregular y, por partes, escarpado;
barrancas soberbias y un arroyo que a veces se desbordaba y arrasaba con lo que
tenía a su paso. Las calles se fueron amoldando a ese suelo más o menos
desnivelado acusando subidas, bajadas, curvas y cortadas. Las viviendas,
algunas de ladrillo, otras de adobe y paja, tenían sus frentes sobre las
diferentes calles y otras tantas estaban dispuestas de manera dispersa,
formando, aquí y allá, pequeños grupos. Así, las casas de Revol –con su tamaño,
la ocupación de una manzana completa, la tipología habitacional específica y
diferente de las existentes– contrastaron con la fisonomía de la zona a la vez
que devinieron en punto de referencia: “calle Belgrano, frente a las casas de
inquilinato” o bien “las casas de inquilinato de Pueblo Nuevo” era una manera
de señalar por ejemplo, dónde había tenido lugar determinado acontecimiento o
dónde residía una persona.
Una
vez construido el complejo, los interesados en acceder a una unidad
habitacional debían concurrir a Contaduría Municipal, la oficina encargada de
gestionar el ingreso de los inquilinos[36].
Sin embargo, las casas
demoraron en ocuparse en su totalidad, tal es así que en ocasión de la
inundación de La Cañada de 1890 familias damnificadas fueron ubicadas en las
unidades que aún estaban desocupadas[37]. Quizás
su limitada ocupación tuvo que ver con la crisis del 90 que frenó los trabajos
en el barrio Nueva Córdoba, llevando a los obreros a buscar sustento en otros
lugares; o con las dificultades que atravesó la gestión del intendente Revol,
quien luego de desacuerdos con el Consejo Deliberante fue destituido en octubre
de 1891. Lo cierto es que luego de un trayecto inicial con diversas críticas
sobre los materiales de construcción, el rol “empresario” del municipio y el
deterioro de las casas producto del descuido de sus inquilinos, se nombró en
1905 una comisión para controlar que los residentes de las casas municipales
fueran efectivamente obreros, que no padecieran enfermedades contagiosas, que
no subalquilaran cuartos, que mantuvieran buena conducta y que cumplieran con
el pago del alquiler[38]. Más
adelante, y luego de un nuevo intento fallido de cesión total de las casas, el
intendente José M. Saravia se amparó en un informe técnico de Salud Pública
para ordenar el desalojo de todas las unidades. Corría el año 1907. Sin
detenernos en los detalles de un conflicto que resultó complejo, y ya fue
analizado por Blanco[39],
mencionamos que las razones que se esgrimían para apoyar el desalojo apuntaban
hacia tres frentes: el estado ruinoso de las construcciones y, con ello, el
peligro higiénico y sanitario que suponían; los motivos económicos, esto es, el
gasto excesivo que conllevaría para el Municipio tratar de arreglar los
problemas edilicios; y finalmente el hecho de que los residentes no eran, según
planteaban algunos, precisamente obreros. La prensa de la época denunciaba que,
en lugar de alquilar las viviendas a los sectores proletarios, se lo hizo “al
vecindario pobre que no podía pagar el alquiler”[40]
y mucho menos estaría en condiciones de afrontar la compra de las unidades. No
obstante, existía un desconocimiento de la población que allí residía, lo cual
nos lleva a preguntar ¿quiénes eran y qué hacían las personas que habitaron
estas casas en su primer momento?
3.
Un perfil de los habitantes de las casas municipales
El
censo de 1895 tiene diferenciados algunos sectores o barrios de la ciudad como
Pueblo General Paz o el Pueblito, pero ningún distrito aparece señalado como
Pueblo Nuevo o El Abrojal[41], por lo
que para tratar de ubicar a los habitantes de las casas municipales comenzamos
por fuentes muy diferentes: expedientes policiales correspondientes a la
Comisaría Tercera en los que constan los nombres de muchos habitantes de la
zona. Nos sumergimos en ellos con algunos nombres como hilos conductores de la
búsqueda[42] e hicimos
la prueba de rastrear alguno de ellos en la base de datos del censo de 1895[43]. Así
encontramos, por ejemplo, a Virginio Genovés, un italiano dueño de un billar,
que habitaba las casas municipales.
En
este punto cabe aclarar que los censistas colocaban en el margen izquierdo una
marca que separaba un grupo familiar de otro y se consignaba junto a esa marca
el tipo de vivienda: una “A” correspondía a una casa de azotea, es decir, con
un techo enladrillado; una “P” a una casa con techo de paja (rancho). El número
que acompañaba esa letra daba cuenta de la cantidad de plantas de la casa. Así,
“A1” aludía a una casa de azotea de una planta. Virginio Genovés fue censado
junto a su hermano y dos compatriotas, también comerciantes. Parecen habitar la
misma casa de azotea junto a muchas otras familias. Si en otros casos el
registro de varias familias dentro de una misma casa alude a un inquilinato
tradicional, tipo conventillo, en el caso de Genovés, por la cantidad de
familias, sumado al dato del archivo policial, sugiere que se trata de las
casas municipales de Pueblo Nuevo. Confirmamos que se trata de estas viviendas
al identificar, dentro de ese conjunto de familias, a personas que durante el
conflicto por el desalojo ordenado en 1907 firmaron las solicitadas en las que
pedían la suspensión de la medida[44].
Con
los datos recogidos del censo trazamos un perfil de quienes habitaron las casas
municipales, distinguiendo diferentes grupos familiares y formas de
co-residencia; se atendieron los oficios que tenían hombres y mujeres; se
identificaron sus nacionalidades y se registró el grado de instrucción de
adultos y niños. Lejos de etiquetas rígidas y números acabados, se buscó
esbozar una imagen de los habitantes de estas casas. Algunas cifras o
porcentajes nos aproximan a un conocimiento del conjunto[45]
que será enriquecido al poner la lupa sobre casos concretos. Articulamos estos
fragmentos con las historias que asoman de los expedientes policiales, los
juicios de desalojo de 1907 y las notas de la prensa local. De esta manera, la
instantánea que nos devuelve el censo, esa “foto” de la población, fue
dinamizada a partir de tal cruce de fuentes.
Entre
los oficios ejercidos por los habitantes de las casas municipales no predominan
los vinculados a la construcción -más precisamente, a las grandes obras
urbanas- que era el perfil –si no el único, uno destacado– que Revol tenía en
mente al elaborar el proyecto. Sí había algunos albañiles, pero no eran la
mayoría. Los oficios más frecuentes entre los hombres de las casas municipales
eran los de comerciante y zapatero. Algunos de los primeros tenían sus negocios
en el mismo lugar en el que vivían y venían a sumarse a un nutrido conjunto de
almacenes, billares y boliches –en su mayoría, con despacho de bebidas– que
había en Pueblo Nuevo y el Abrojal, espacios de compra y venta, pero también,
de sociabilidad y conflicto[46].
El
de zapatero, por su parte, era un oficio bastante extendido en Córdoba.
Conformaban la mano de obra de las fábricas de calzado que se instalaron en la
ciudad hacia finales del siglo XIX. Establecimientos que constituyeron una de
las cuatro grandes ramas industriales cordobesas en la etapa inicial de
crecimiento fabril[47]. Algunas
de esas fábricas, como la de los hermanos Farga, tenía cierta envergadura, con
considerable capital invertido y numerosos empleados que trabajaban a partir de
dos modalidades: en el local o a domicilio. Más adelante, con la incorporación
de maquinaria, comenzaron a hacerlo exclusivamente en el establecimiento[48]. Los
zapateros cordobeses fueron parte de un proceso común a centro urbanos
latinoamericanos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX: la transición
de la producción artesanal a la fabril[49].
Ese proceso impactó, entre otras cosas, en la jornada laboral. Sobre esta
informaba Bialet Massé (1904) que llegaba a extenderse por once horas con
apenas dos descansos de 15 minutos; se trabajaba de lunes a sábados, pero
quienes debían reparar máquinas o preparar materiales para el lunes estaban
obligados a presentarse también los domingos. Los espacios de trabajo eran
estrechos y mal ventilados con escasas condiciones de seguridad e higiene y las
letrinas eran “pozos inmundos”, cuyo uso estaba sujeto a un pago[50].
Pero
además del oficio de zapatero detectamos muchos otros. Diversidad que
contribuía a la conformación de un perfil heterogéneo de los habitantes de las
casas: había carpinteros, carreros, cigarreros, cocheros, empleados públicos,
empleados ferroviarios, labradores, peones, jornaleros, panaderos, peluqueros,
sastres, tipógrafos y vigilantes.
Las
mujeres que habitaban las casas municipales se desempeñaban, en su mayoría,
como costureras, lavanderas y sirvientas. Las primeras trabajaban en algunas de
las fábricas textiles que se abrieron en Córdoba hacia finales del siglo XIX,
muchas de las cuales eran un híbrido entre comercios y fábricas, es decir,
establecimientos que importaban textiles y en algún momento devenían en
productoras de ropa hecha, delegando ese trabajo en costureras y modistas que
retiraban en el local los cortes de tela y se los llevaban a su domicilio para
coserlos[51]. Existía
cierta especialización entre las costureras –algo que el censo no especifica–:
estaban las que confeccionaban chalecos, otras eran pantaloneras, algunas
realizaban trajes para niños y muchas se abocaban a la hechura de camisas. El
trabajo a domicilio era la constante, con jornadas laborales que se extendían
de sol a sol e, incluso, durante las horas nocturnas. Algunas contaban con la
“colaboración” de hijas u otras parientes jóvenes que, en general, no percibían
ninguna retribución por ello. Que las condiciones de trabajo y vida de estas
trabajadoras eran duras da cuenta la manera en que J. H. Ludewin, en su
informe, describía el estado de salud de estas mujeres: “enfermizo”, “pálido” o
“regular”[52].
Las
lavanderas, por su parte, venían a engrosar el ya dilatado rubro de
trabajadoras domésticas formado también por sirvientas, cocineras y
planchadoras. El servicio doméstico era un oficio extendido en la ciudad de
Córdoba, lo ejercían en su gran mayoría mujeres y niños. Era también inestable:
algunas abandonaban un trabajo para colocarse en otro, y ese nuevo empleo
tenía, asimismo, carácter temporal. Estas mujeres no solo trabajaban para
familias acomodadas sino que la demanda de servicio doméstico también se
extendía a familias de sectores populares y “algunas decididamente pobres
contaban al menos con una sirvienta”[53].
Así, algunas de las sirvientas que habitaban las casas municipales estaban,
efectivamente, trabajando allí al servicio de alguna de las familias del
complejo habitacional. Ello de manera voluntaria o bien, luego de haber sido
colocadas de manera forzosa[54]. Por su
parte, otras mujeres registradas como sirvientas vivían en las casas
municipales con su familia y trabajaban en otro lado. Entre éstas, por ejemplo,
Fermina Moyano, que vivía con su madre, su hija y otro menor. No sabemos dónde
se desempeñaba como sirvienta, pero sí sabemos que vivió bastante tiempo en las
casas municipales y que participó del petitorio elevado en 1907[55].
Las
mujeres también realizaban otros trabajos: eran alfareras, cigarreras,
cocineras, dulceras, maestra (un caso), tapiceras, tejedoras y zapateras. Estas
últimas trabajaban en los mismos establecimientos fabriles que los hombres pero
con salarios menores. Mientras ellos cobraban entre uno y cuatro pesos, las
mujeres percibían entre cincuenta centavos y un peso con cincuenta[56]. Esta
desigualdad salarial se extiende también a los niños zapateros, cuyos salarios
eran, asimismo, más bajos[57]. Las
precarias condiciones laborales de las zapateras no se reflejaban solo en sus
salarios, padecían las mismas privaciones espaciales y sanitarias que sus
compañeros varones. Sus cuerpos también experimentaban el cansancio de estar
todo el día paradas o sentadas. A los dolores en talones, pies, piernas,
caderas y muslos se sumaban los de espalda y nuca que eran resultado de tantas
horas en posición encorvada[58].
Hasta
aquí observamos que quienes habitaban las casas municipales en tiempos del
segundo censo nacional eran personas que conformaban esos sectores populares
que trabajaban en condiciones precarias y durante largas jornadas, con salarios
que muchas veces no alcanzaba a cubrir el sustento de su familia. Situación
vulnerable a la que se sumaban las dificultades ya señaladas, para acceder a la
vivienda. En un escenario de inestabilidad laboral y gran movilidad de los
trabajadores, era habitual la alternancia de períodos de ocupación con otros de
desempleo. Por ello no sorprende que la prensa, al señalar el “fracaso
económico” del proyecto de las casas municipales, describiera a sus residentes
como familias pobres o como personas que no eran, estrictamente, obreras[59]. Lo
cierto es que esas personas sí tenían oficios y trabajaban, pero también
atravesaban etapas de desocupación y debían desplegar distintas estrategias
para sobrevivir. Una situación común a los sectores populares de la época[60].
Quienes
practicaban estos oficios, en general, daban a sus casas un uso mixto, es decir
que ésta no sólo era un espacio del devenir familiar “íntimo”, sino también
espacio de trabajo. Las costureras, lavanderas, los sastres y zapateros, por
ejemplo, llevaban a cabo en su domicilio las tareas propias de su oficio. Tal
es el caso de Jesús Escalante, vecino de una de estas casas de inquilinato,
donde también trabajaba en el armado de zapatos el dependiente Segundo González[61]. Estas personas se instalaban en dormitorios,
comedores o patios para coser, lavar o armar zapatos. Así, muchas habitaciones
devenían polifuncionales, albergaban diversidad de objetos, prácticas y sujetos
que remitían a actividades muy distintas unas de otras: dormir, comer,
trabajar, etc. Sobre ello se expresó, con evidente preocupación, Juan H.
Ludewin en su informe: “como el cuarto en que se trabaja sirve generalmente
también de vivienda, dormitorio y hasta cocina, es claro que resaltan peligros
sanitarios”[62]. Estas
situaciones contribuían a alejar la casa del perfil de vivienda moderna que
para la época se insinuaba de manera incipiente, tendiente a la especialización
de las habitaciones, y la separación del lugar para vivir del usado para
trabajar[63]. Cabe
señalar, como lo expresaron algunas voces durante el conflicto por desalojo,
que si las casas municipales eran, según las miradas críticas, poco higiénicas
y en ellas tenían lugar escenarios de hacinamiento y promiscuidad, ello no
distaba del escenario general del habitar popular en Córdoba[64].
Respecto
de la nacionalidad de los habitantes de las casas, se observa una abrumadora
mayoría de argentinos y solo once inmigrantes, entre los que predominan nueve
italianos, muchos de los cuales se dedicaban al comercio. Uno de ellos, el ya
mencionado Virginio Genovés, regenteaba un billar que funcionaba en la misma
casa en la que vivía[65]. La única
persona de nacionalidad inglesa, Luis Cassia, también era comerciante y Pedro
Peralta, uruguayo, trabajaba como oficinista. Algunos de estos hombres, casi
todos, contrajeron matrimonio con mujeres argentinas. Pacífico Grengini, de 30
años, por ejemplo, se casó con Lucía,
una cordobesa de 22, con quien tuvo una hija. En su casa vivía, además,
José Luque, un joven sirviente de 16 años. Por su parte, el italiano Alejandro
Maserati, 24 años, viudo, se casó en segundas nupcias con Eufemia Cooper, una
cordobesa de 17 años. Era un matrimonio joven, pues hacía poco más de un año
que se habían casado cuando fueron censados viviendo en las casas municipales[66]. Al igual
que la familia Grengini, tenían personal de servicio que vivía con ellos, en
este caso, Mercedes Ferreira de 15 años. Pablo Babini, de 28 años, otro
comerciante italiano, había enviudado hacía pocos meses cuando en 1893 contrajo
matrimonio con la joven Consuelo Peralta de 15 años de edad[67],
y fue ella misma la encargada de atender el negocio familiar de despacho de
bebidas[68].
Entre
quienes figuran como argentinos, algunos procedían de Santa Fe, Catamarca, San
Luis y Santiago del Estero, mientras que en su mayoría eran de Córdoba, sin
precisiones de la localidad de nacimiento. Si bien muchos eran de la ciudad,
otros tantos habían venido del interior de la provincia. Pabla Sorrentino,
antigua vecina de barrio Güemes, recuerda que su abuelo materno oriundo de
Falda del Carmen, llegó a la ciudad “siendo muy chico, cuando había quedado
huérfano”. Su abuela materna, por otro lado, también vino del área serrana de
Córdoba, específicamente, de Calamuchita. Ambos, con sus “costumbres serranas”,
según apunta Pabla, vivieron, desde finales del siglo XIX, en la zona del
Abrojal[69]. Un
recorrido semejante fue el que siguieron los antepasados de Pablo Reyna
–integrantes de la comunidad indígena de San Marcos– quienes migraron en los
primeros años del siglo XX desde el norte de la provincia hacia el Abrojal[70]. La
manera de registrar el lugar de procedencia que establecía el censo –esto es,
como dato principal la nacionalidad y si la persona era argentina, solo se
informaba la provincia en que había nacido– impide captar las trayectorias de
las personas que vinieron a la ciudad desde el interior de Córdoba. Trasladarse
del campo a la ciudad en busca de trabajo, en algunos casos expulsados de su
terruño en el marco de las expropiaciones de tierras pertenecientes a
comunidades indígenas[71], o de la
expansión agropecuaria, formaba parte del horizonte de mucha de la población
rural de la provincia de Córdoba.
Si
hablamos de alfabetización entre los mayores de 14 años[72]
que vivían en las casas municipales, un 37% sabía leer y escribir. Proporción
que replica los números globales del censo para la provincia de Córdoba que
establece una población alfabetizada del 36%. Bajos porcentajes si lo pensamos
desde nuestro presente, pero significativos para la época, pues se había
experimentado un crecimiento respecto del censo anterior (1869)[73]. Estas
nociones de lectoescritura, intuimos, resultaron cruciales en el marco de los
juicios por desalojo de 1907, pues permitió a los vecinos acceder a información
y, acaso, expresarse en los petitorios firmados.
4.
Compartir y producir las casas
El
término vivienda es, como señalan Liernur y Ballent, moderno. Acuñado en el
siglo XX resulta ser de aplicación más restringida pues se relaciona con su
sentido político y su provisión por parte de poderes estatales o públicos.
Antes bien, el término tradicional “casa” alude a la relación humana con los
espacios destinados a las funciones de reproducción de la vida cotidiana y pone
el acento en su carácter de protección, albergue o cobijo[74].
Las casas municipales pueden pensarse en el cruce de ambos términos: eran la
materialización de una política estatal a la vez que su carácter de “casa” era
producido en el marco de la interacción familiar con ese escenario de lo
cotidiano. ¿Cómo eran esos grupos familiares y co-residentes que produjeron
estas casas?
Un
grupo importante de las familias que habitaban las casas municipales, cercano
al 29%, estaba conformado por mujeres viudas, solteras o casadas –pero cuyos
maridos no estaban censados en la misma casa– que vivían junto a sus hijos y,
en ocasiones, con otras personas –emparentadas o no–, y eran, además, el sostén
del hogar. Juana Godoy, por ejemplo, era una lavandera de 26 años que vivía con
su hijo Pedro de 3. Frente a la pregunta por su estado civil, dijo estar casada[75], sin
embargo, tal vez por motivos laborales, su marido no residía con ella en ese
momento. El rol de Juana como responsable del hogar no solo se manifestó en el
ejercicio de su oficio de lavandera, que le permitía sostenerse a ella y a su
hijo, sino que también ocupó un lugar en el reclamo que los vecinos realizaron
para evitar el desalojo anunciado en 1907[76].
Faustina, de 33 años y viuda, trabajaba como costurera y vivía junto a sus diez
hijos. Dos de ellos, de 16 y 17 años, también trabajaban –como comerciante el
varón, como costurera, la mujer– por lo que el sostén del hogar era compartido
con ellos. Por el contrario, los hombres sin pareja –ya fueran viudos, solteros
o casados pero sin que la esposa figure en el censo– que vivían junto a sus
hijos eran, por cierto, casos aislados. Atilio Baney era uno de ellos. Este
comerciante italiano de 34 años vivía con su hijo Crespín de 10 y dos
compatriotas que también eran comerciantes.
Otros
grupos familiares de cierto peso numérico, casi un 28%, eran las familias que
se acoplaban de alguna manera al tipo de familia nuclear, esto es, las parejas
conyugales con o sin hijos. En el caso de haberlos, éstos podían ser niños[77] o adultos
solteros que tenían algún oficio y aportaban a la economía familiar. Félix
Ludueña, por ejemplo, vivía con su esposa Virginia y no se registra que
tuvieran hijos. Los esposos se dedicaban al rubro textil: él era sastre, ella,
costurera. Entre las familias conformadas por la pareja conyugal e hijos se
encontraban, entre otros, Pedro y Eusterofila Álvarez junto a sus cinco hijos.
Tanto los padres como el hijo mayor de 17 años se dedicaban al ramo textil. El
caso de familias enteras compartiendo el mismo oficio se repetía. Los Burgos,
por ejemplo, eran zapateros. Faustino, el padre de la familia, ejercía esa
actividad desde hacía ya bastante tiempo[78]
y compartía labor con Eloisa, su esposa y las hijas mayores de 16 y 18 años,
ambas solteras. Completaban ese grupo familiar cuatro niños más que contaban
entre 0 y 9 años. Esta familia suponía la convivencia de hermanos y
medio-hermanos, pues Faustino ya había enviudado dos veces antes de casarse con
Eloisa y tenía hijos de los primeros matrimonios que cohabitaban con los
habidos con su última esposa[79].
La
diversidad de grupos co-residentes sigue: había hogares unipersonales –como
Casimir López, un hombre viudo de 62 años que trabajaba como jornalero y vivía
solo– y familias más amplias que incluían otros parentescos, como por ejemplo,
abuelos o tíos. Tal es el caso de la familia Garay conformada por Alberto y
Josefa –él, empleado nacional y ella, lavandera– su hijo Francisco de 15 años y
la abuela Carolina, madre de Alberto, viuda de 48 años y también lavandera. La
planchadora Tránsito Urquiza, por su parte, vivía con su hijo e hija, ambos
zapateros, y su nieto de 5 años. Los tres hermanos Villarreal compartían la
misma unidad: Jesús[80], una de
las hermanas, vivía allí con su marido y sus dos hijos; Teresa, residía en otra
de las habitaciones con su hija; y Rafael, el hermano, compartía quizás cuarto
con Francisco Núñez, un albañil de 20 años también censado en esa casa.
Si
consideramos los 112 grupos familiares que pudimos relevar y los relacionamos
con las 84 unidades habitacionales que componían el complejo, es evidente que
más de una familia compartía una misma casa. En esta línea, podía suceder que
individuos no emparentados con el grupo familiar estuvieran censados como parte
del mismo hogar, es decir, personas que alquilaban una habitación, o dos,
dentro de la casa[81]. Ocurría
así con Virgilio Flores, Eulogia Heredia y Manuel Godoy, quienes no compartían
el mismo apellido entre ellos ni con la familia principal, los Olguin (formada
por Santiago, su esposa y sus hijos). Estas situaciones que contribuían a
acrecentar los escenarios de hacinamiento y contrariaban el ideal de vivienda
unifamiliar eran resistidos, señalados y reprendidos por las elites. Fue un
argumento reiterado por quienes defendieron el desalojo y venta de las casas.
Cuando en 1905 se constituyó una Comisión para administrar y controlar que los
habitantes cumplan con los requisitos de trabajo, salud, buena conducta y pago
del alquiler, se subrayó, además, la prohibición de subalquilar las unidades
como medida para evitar el hacinamiento y la promiscuidad[82].
Había
también una escena que se repetía: la de menores que cohabitaban con grupos
familiares con los que no estaban emparentados. Muchos de ellos aparecen
apuntados como sirvientes o sirvientas, y otros no tienen consignado oficio
alguno, sin embargo, es probable que también se desempeñaran como tales. Así,
por ejemplo, junto a la familia Ledesma –compuesta por los padres, Cruz y
Anita, y sus dos hijos, Francisco y Josefa– vivía y trabajaba Margarita
Brizuela, una niña de 10 años, la sirvienta. Remedi ha señalado la concluyente
presencia de menores trabajando en el servicio doméstico en la Córdoba de esa
época. Los vemos en expedientes judiciales, crónicas policiales y avisos de
empleo como aquel publicado por el diario El Progreso: “Se necesita un sirviente
de diez a doce años de edad”[83].
Margarita entonces se inserta en un escenario más o menos extendido de niños
sirviendo como domésticos. Veamos otro ejemplo. Aquilino Escudero, un vigilante
de la Policía de 36 años vivía junto a su esposa Remigia, una lavandera de 24.
A cargo de esta pareja estaba la menor Ana Guzmán, cuyo padre, desde la
localidad de San Francisco, recomendó a los Escudero la custodia de su hija. La
joven de 17 años en 1901 se fugó de esa casa para, según se denunció, ejercer
la prostitución. Inmediatamente Remigia solicitó a la Policía la detención de
la menor y su regreso forzado[84].
En
la casa de Mamerto Cortéz, quien vivía con su madre y su hija, habitaban
también dos niñas, Elvira Gómez de un año y María Oviedo de 12. Sus apellidos
nos impide ligarlas de plano al grupo familiar, antes bien, parecen ser menores
que, como en el caso anterior, estaban al cuidado de esa familia. Sabemos que
era una práctica habitual, promovida por el Estado a través de la justicia o la
policía, o también gestionada por instituciones de beneficencia o los propios
padres o tutores. Algunos menores, ya fueran huérfanos, hijos de familias sin
“medios suficientes para proveer a su subsistencia y educación” o provenientes
de entornos considerados de “vida licenciosa y desarreglada”[85], eran
colocados en hogares donde se les proporcionaría alimento, vestido e
instrucción, a cambio de su servicio doméstico o trabajo artesanal que
aprendían en esa casa. A la enseñanza de un oficio, se sumaba la instrucción en
principios de moral y religión y nociones de lectoescritura. Las historias de
menores colocados distan de ser apacibles, están hechas de situaciones
conflictivas de diverso tenor. Junto con el de la mencionada Ana Guzmán, el
recorrido de Casiano Vaca, de 8 años, resulta ilustrativo al respecto. Su
madre, muy pobre y, según dijeron algunos, “de mala conducta”, no podía tenerlo
con ella por lo que, a una edad temprana, el menor fue colocado en la casa de
Lucio Valdez, un vecino de Pueblo Nuevo. Algo díscolo, el niño resultó
inmanejable para Lucio, quien alegó que por las “malas costumbres de ratero” de
Casiano, no podía seguir haciéndose cargo de él y lo puso a disposición de la
Policía[86]. He aquí
uno de los tantos niños que circularon por el barrio cuya historia nos pone en
contacto con la realidad de los menores que eran colocados en otras familias.
Los
niños constituían el 38% de la población de las casas municipales, una magnitud
significativa. Éstos habitaban junto a sus familias o, como ya expresamos, en
varios casos lo hacían con adultos con los que no estaban emparentados,
permaneciendo a su cuidado, o bien, a su servicio. Asimismo, otros niños podían
ser zapateros, costureras o cigarreras, aunque en la mayoría de los casos no se
consignó oficio alguno. Esto no quiere decir que no trabajaran, más bien podría
tratarse de un subregistro originado en las propias instrucciones que debían
seguir los censistas, esto es, considerar el dato de “ocupación” de las
personas que contaban 14 años o más[87].
Con todo, muchos niños también iban a la escuela. Más de 60% de los que estaban
en edad escolar -entre 6 y 14 años- asistía a una institución educativa y una
gran parte de éstos sabía leer y escribir.
Del
archivo policial asoman niños de diferentes edades que transitaban por el
barrio, solos o en grupo, jugando, peleando, agrediendo y siendo agredidos. La
pequeña Teresa García, de siete años, caminaba por la calle Revol (el pasaje
que divide un grupo de casas municipales de otro) a las 6 de la tarde cuando
fue atacada por un perro que la mordió en una pierna. La llevaron al Hospital
de Niños mientras avisaban a su padre adoptivo lo acontecido[88]. He aquí
otro de los personajes que hacían al paisaje barrial: los perros. Callejeros o
con dueño, ocupaban un lugar en el barrio y sus huellas nos llegan a partir de
alguno de estos ataques que cometían[89].
La
mirada institucional capturó otras historias que revelan la cotidianidad de los
niños. Una tarde de marzo se vio correr por las calles de Pueblo Nuevo al joven
Rafael de 13 años. Huía a toda prisa para escapar de lo hecho: había herido a
su amigo Raymundo con quien remontaban barriletes cerca del puente de La
Cañada. Forcejearon a causa de un cortaplumas y la disputa terminó con un corte
en la palma de Raymundo y Rafael huyendo[90].
Algunos niños también se movían en grupos que contaban, incluso, con sus
propios líderes. Estos encabezaban ciertos desórdenes que tenían lugar en la
vía pública. La policía estaba atenta a estas niñeces desacatadas y presta a
sujetarlas[91].
Volviendo a las formas de co-residencia, podemos
decir que una heterogeneidad de formas familiares habitaba las casas
municipales. Reconocemos unidades densamente habitadas y otras algo menos
pobladas. A fin de cuentas no todas respondían al modelo de vivienda
unifamiliar establecido, pero tampoco podían considerarse casas sobrepobladas,
donde convivían multitud de familias o personas.
5.
Entre el complejo habitacional y el vecindario
Un
barrio no es una sumatoria de casas y calles así como una casa tampoco es una
entidad autónoma. Hay, por el contrario, un entrelazamiento de diferentes
territorialidades, donde los límites entre los espacios son más bien fluidos y
se vuelve central cómo es vivido y transitado el entramado
casa-calle-vecindario. En el caso de un complejo habitacional como el que nos
ocupa, la trama de vínculos personales, familiares, materiales y espaciales, se
vuelve aún más densa.
Como
observamos en el plano de las casas, el ingreso a cada unidad se efectuaba por
un pasillo que conectaba la calle con la vivienda y era, a su vez, compartido
por cuatro unidades diferentes. De este modo, el propio diseño –donde cuatro
viviendas compartían un mismo ingreso– favorecía, en tanto espacio común, a
múltiples cruces, encuentros, charlas y conflictos. Podemos pensar en esos
pasillos como espacios “entre” un adentro y un afuera, donde también tenían
lugar las prácticas cotidianas. Tales espacios y paredes compartidas permitían
el ir y venir de ruidos diversos. Así, una pelea familiar con diferentes grados
de violencia, como el “altercado” con uso de arma blanca que Antonio Caballero
sostuvo con su esposa Mercedes, en el que también intervino su hijo Ignacio[92], bien
podía oírse en las casas contiguas o en los pasillos de entrada. Por otra
parte, aquellas casas habitadas por diferentes grupos familiares tenían el
patio, la cocina y la letrina como espacios comunes, compartidos; lugares de
convivencia en los que se replicaban similares dinámicas a las producidas en
conventillos y otras casas de inquilinato.
Los
intercambios entre vecinos también ocurrían en los establecimientos comerciales
con despacho de bebidas que pululaban a lo largo del barrio o bien, en el mismo
complejo habitacional. Sabemos, por ejemplo, del ya referido billar de Virginio
Genovés. Allí concurrió una noche Miguel Urquiza, un vecino de las casas
municipales que vivía con su madre viuda y sus dos hermanos en una casa aledaña
al billar. Luego de haber bebido bastante y “sin que mediase ningún
antecedente” comenzó a golpear a otro hombre, Crescencio Aguirre. Ello derivó
en su detención y traslado a la comisaría en la que, lejos de calmarse,
arremetió contra los propios agentes[93].
Nada extraordinario: otro trayecto posible de una noche cualquiera que empezaba
en casa, seguía por un almacén del barrio y podía terminar en la comisaría o en
el hospital.
Los
zapateros, muchos de ellos compañeros de trabajo y vecinos, frecuentaban los
almacenes y boliches en los que, de manera habitual, protagonizaban o
atestiguaban alguna pelea que incluía agresiones verbales o físicas. En éstas,
el propio cuchillo usado para su trabajo podía ser el arma de ataque o defensa[94].
Imaginemos esta escena: una tarde de diciembre y bajo un calor espeso, Laureano
Toranzo salió de su casa en el Abrojal, cruzó La Cañada y siguió rumbo al
billar que funcionaba en una de las casas municipales. Allí se encontró con
José Ramallo con quien compartía el oficio de zapatero. Intercambiaron algunas
palabras que fueron, de a poco, subiendo de tono. Como solía ocurrir, el
altercado se trasladó a la calle para transformarse en contienda física y José
echó mano de su cuchillo de zapatero para herir a Laureano. El tajó fue
profundo. El herido sangró tanto como para manchar las ropas de Ramallo. La
policía intervino enviando a uno al hospital y al otro, a la comisaría[95]. El
escenario bien podía invertirse en otra ocasión. Así, encontramos a Laureano en
una confitería en el Abrojal envuelto en una contienda con otro zapatero, Juan
Ceballos. En esta oportunidad, fue Laureano quien hirió a su contrincante y
terminó en la cárcel de detenidos.
Descubrimos
relaciones de vecindad a lo largo del tiempo compartido en los despachos, donde
se conversaba, bebía y a veces surgían conflictos. Veamos un encuentro en la
confitería de Reginaldo Díaz (calle Tercera y Belgrano en las casas
municipales) una noche de 1907. Allí varios vecinos “departían amigablemente
bebiendo copas”, hasta que uno de ellos comenzó a hacer ademanes con su
cuchillo e hirió a otro. Si bien el expediente policial se centra en ese motivo
del arresto, a su vez nos permite observar las relaciones jocosas y, a menudo
riesgosas, que entablaban estos vecinos en sus momentos de ocio: “Interrogado
Franco acerca del hecho que se acusa declara que tal actitud observada por él
respondía a una broma y que involuntariamente hirió a Alfaro. Declaración esta
que coincide a la de los testigos presenciales Nicanor Mansilla, Abraham
Granado y el dueño de casa aludida quienes afirmaron que no hubo el menor
disgusto”[96].
Por
otra parte, y más allá de los conflictos y momentos recreativos, los vecinos de
las casas municipales dieron muestras de organización y acción colectiva
cuando, en 1907, se determinó la desocupación del complejo y se iniciaron
juicios por desalojo a todos los habitantes. En dos ocasiones, los vecinos
elevaron un petitorio en el que respondían a algunas de las razones de orden
higiénico que el Estado municipal esgrimía y solicitaban al Intendente que
suspendiera el desalojo. Podemos, acaso, imaginar esos pasillos comunes o las
propias veredas de las casas como escenarios de charlas entre algunos
residentes que intercambiaban preocupaciones, ideas e información sobre la
marcha del conflicto en el que, como señala Blanco, fue clave el apoyo de
sectores de influencia como la prensa católica[97].
Otra
forma de resistencia fue la negativa a firmar las notificaciones de desalojo,
tanto por parte de la persona a quien iba dirigida –que estaba, o simulaba
estarlo, ausente en el momento en que llegaba la misiva– como por parte de sus
vecinos. En diciembre de 1907, por ejemplo, llegó la notificación de desalojo
dirigida a José Medina, quien se encontraba oportunamente ausente de su hogar y
tanto su esposa como sus vecinos se negaron a recibir la comunicación, por lo
que el mensajero la fijó a la puerta[98].
Si no podemos concluir de estas acciones una consciencia colectiva dispuesta a
luchar contra desigualdades o reivindicar derechos, sí podemos atisbar
estrategias organizadas entre algunas familias para ejercer su facultad de
peticionar ante las autoridades y conseguir la ayuda de sectores con cierto
poder[99].
Uno
de los firmantes del petitorio de 1907 fue Abraham Granado, un empleado textil
con actividad gremial manifestada en el papel jugado en la huelga de sastres de
ese año[100]. Tal
ejercicio sindical debió jugarle a favor a la hora de organizarse junto a los
vecinos para accionar frente a las órdenes municipales que amenazaban dejarlos
sin techo. Abraham llevaba más de una década residiendo en las casas
municipales. Ya en tiempos del censo de 1895 ocupaba una de las viviendas junto
a su esposa Gabriela, costurera, y la madre de ésta, Ramona, también dedicada
al rubro textil. El vínculo de Abraham con el barrio se remonta mucho más atrás
en el tiempo, a su infancia. Sus padres, Telésforo y Cayetana, vivían en Pueblo
Nuevo desde al menos 1869[101]. Él era
labrador, ella costurera, y habitaban un rancho de paja en esa zona de la
ciudad que mantenía un carácter en parte urbano y en parte rural.
Junto
con Granados, otros vecinos habitaron las casas municipales por un período
significativo de tiempo: Juana Godoy, Rafaela de Ceballos, Rosalía de
Rodríguez, Santiago Olguin, Faustino Burgos, Eusebio Acosta y Fermina Moyano,
vivían allí junto a sus familias desde tiempos del segundo censo nacional y se
mantuvieron, al menos, hasta el conflicto de 1907. Ello evidencia que en el
complejo hubo una población más o menos estable que, estimamos, estableció
vínculos más fuertes entre sí y con la casa. Decimos población estable pero sin
desconocer los dinamismos propios de los ciclos vitales familiares: algunos
nacían, otros morían, otros se iban. Santiago Olguín y su esposa Ermenciana,
por ejemplo, tuvieron al menos cuatro hijos más desde que fueron registrados en
el censo de 1895[102]. Por
otra parte, vale la pena señalar que aunque algunas de estas personas vivían en
las casas municipales hacía tiempo, la comisión nombrada en 1905 les hizo
firmar un contrato de arrendamiento con la finalidad de formalizar y ordenar
las condiciones jurídicas de su ocupación[103].
Más
allá de esa población estable, también hubo cierta movilidad entre los
habitantes de las casas. Vemos familias que firmaron el petitorio de 1907 pero
no estaban presentes en tiempos del censo de 1895, es decir, en algún momento
entre una y otra fecha llegaron a habitar ese lugar. Sabemos también de otras
personas, como Pascual Sorrentino, que en tiempos del censo vivía con su
familia en la zona céntrica y cinco años después los encontramos residiendo en
las casas municipales[104]. Otros
habitantes fueron más fugaces. En febrero de 1894 una torrencial lluvia
destruyó varios ranchos de la zona y los afectados fueron a ocupar algunas de
las casas municipales[105].
Desconocemos cuánto tiempo se quedaron viviendo allí. No era la primera vez que
el edificio de Revol servía de refugio a las familias damnificadas por una
inundación, como ya mencionamos con las familias cuyas viviendas, en general
ranchos, fueron arrastradas por la corriente de la Cañada en diciembre de 1890.
¿Cuántas de estas familias siguieron habitando las casas municipales hasta la
época del censo de 1895? Del conjunto poblacional que venimos analizando
¿cuántos llegaron a vivir allí luego de que la fuerza de la naturaleza los
despojara de sus viviendas?[106]
6. 1968 en América Latina.
En
las casas municipales de Pueblo Nuevo se concretó la primera política pública
habitacional de la ciudad de Córdoba. No solo su carácter primigenio la vuelve
una edificación relevante sino también su excepcionalidad en el marco
ideológico de la época en que fue proyectada. Estas casas fueron punto de
confluencia de los discursos higienistas y moralistas que circulaban desde las
elites políticas y médicas; voces que sostenían que el modelo de habitación de
los sectores populares era la casa unifamiliar e higiénica que debía impedir la
reproducción de los escenarios de hacinamiento, promiscuidad e insalubridad
propios de ranchos y conventillos, vistos como un peligro sanitario y moral
para sus habitantes en particular, y para la sociedad en su conjunto.
Durante
la primera etapa de la trayectoria de esta construcción, entre su inauguración
y el conflicto de 1907, se habló y escribió mucho. Funcionarios opositores,
médicos y buena parte de la prensa se pronunciaron sobre el proyecto
habitacional, la baja calidad de los materiales con que estaba construido y el
papel “empresario” del municipio. También se expresaron sobre los habitantes de
las casas, alegando que no eran los obreros que se suponía debían habitarlas,
que hacían un mal uso, casi destructivo, de las instalaciones sanitarias, que
vivían de manera hacinada y que eran tan pobres que jamás podrían pagar el
alquiler correspondiente. Frente a este repertorio de características
negativas, era momento, pensamos, de preguntarse quiénes, efectivamente, habitaron
las casas municipales en esta etapa primera.
El
análisis de los libretos del censo de 1895, articulado con fuentes
parroquiales, periódicas, judiciales, orales y policiales nos aproximó al
conocimiento de las personas y grupos que vivían allí. Se trataba de individuos
y familias de sectores populares que tenían oficios diversos que los alejaban
del perfil obrero al que Revol aludía en el proyecto, esto es, personas que
trabajaban en las grandes obras de urbanización que se desarrollaban en Córdoba
por ese entonces. Esas familias obreras que el intendente refirió eran, más
bien, una figuración que tendía a homogeneizar un colectivo heterogéneo y no
tenía asidero en un conocimiento concreto de la situación laboral, salarial y
familiar de la población a la que iba dirigida la propuesta. Se ignoraban, por
ejemplo, datos relativos al salario o las propias dinámicas laborales que
incluían inestabilidad y movilidad de un trabajo a otro, que se alternaban con
períodos de desempleo. Además, se pasó por alto el funcionamiento de las
economías familiares en las que el sostén del hogar era una mujer y en las que
se contaba con el trabajo de los niños. Toda esta información, relevante para
estimar las posibilidades de pago de un alquiler mensual, no fue considerada a
la hora de avanzar con la obra. Es probable que Revol proyectara, además, un
crecimiento urbano ininterrumpido que iba a mantener constante la oferta
laboral para esos obreros que él pensaba, habitarían las casas municipales.
Nada más lejos de la realidad pues al año siguiente de la inauguración de la
obra, la severa crisis económica de 1990 detuvo, entre otras cosas, la obra de
construcción del barrio de Nueva Córdoba, ícono del proyecto urbanizador y
modernizador de la época.
El plan de construcción de casas para obreros
de Torcuato de Alvear en Buenos Aires experimentó problemas análogos. Ya
señalamos las diferencias tipológicas entre una propuesta y otra, pero ambas
comparten el haber sido proyectos precursores que implicaron un desconocimiento
por parte de sus propulsores, de datos básicos relativos a los salarios y poder
adquisitivo de las familias a las que estaban destinados esos complejos
habitacionales. En los cálculos realizados para el proyecto porteño se
consideró el costo del alquiler por metro cuadrado lo cual resultaba en un
alquiler inferior al de los cuartos de inquilinato céntricos. Es decir, el
alquiler era más barato si tomamos en cuenta la relación costo - superficie,
pero no era así al considerar la magnitud en términos absolutos. En esos
cálculos se encuentran, según Yujnovsky, las causas del fracaso de la obra en
relación con sus objetivos, pues, un relevamiento realizado tiempo después de
su inauguración expone que los habitantes de este complejo no eran de los
sectores obreros sino empleados municipales que, aunque de jerarquía modesta,
podían afrontar el pago del alquiler.[107]
También en las casas municipales de Pueblo Nuevo advertimos una trayectoria
problemática. Ya señalamos las críticas vertidas por la prensa y la oposición
respecto de los materiales de construcción y el papel “empresario” de la
Municipalidad a lo que se sumaron las denuncias relativas a los habitantes de
estas casas, de los que se señalaban su pobreza, su falta de trabajo y la
imposibilidad de pagar el alquiler; además de acusarlos de subalquilar cuartos
y destruir las instalaciones.
Con
todo, los proyectos de Revol y Torcuato de Alvear fueron pioneros en materia de
construcción pública de casas para obreros. Adelantaron discusiones y
directrices que fungirán en proyectos posteriores como el de vivienda obrera de
Garzón Maceda presentado en la Legislatura de Córdoba en 1906 o el aprobado a
nivel nacional impulsado por Juan Cafferata en 1915. El carácter higiénico y
unifamiliar que vimos plasmado en las casas de Revol será también un elemento
clave en las propuestas a debatirse en las primeras décadas del siglo XX.
Referencias a la ventilación y conexión con espacios verdes, así como a
instalaciones sanitarias apropiadas que aparecen en el proyecto de las casas
municipales de Pueblo Nuevo, actuarán, asimismo, en las discusiones y planes de
vivienda posteriores. En este sentido, a pesar de sus críticas, este proyecto
cumplió un rol referencial para las futuras discusiones sobre habitación
popular como política pública.
Sumado
a ello, observamos el lugar central de otro actor clave en todo este proceso:
sus residentes. Con procedencias y ocupaciones heterogéneas, pero compartiendo
también una situación de subalternidad respecto a los sectores dominantes,
ellos y ellas no sólo “ocuparon” el complejo, sino que lo habitaron en toda su
extensión material y simbólica. A partir de sus prácticas y percepciones fueron
relacionándose con ese nuevo lugar y desde luego, con los demás moradores.
Entre
pasillos, pasajes, calles, almacenes o despachos de bebida cercanos, los
residentes de este complejo habitacional fueron reconociéndose habitantes y
vecinos de las casas de inquilinato municipal. Escuchando los sonidos
procedentes de casas vecinas; trabajando, jugando, encontrándose y conversando
en los ingresos a las casas; compartiendo momentos de distracción o siendo
parte de diversos conflictos. En tal sentido, a lo largo de este texto
recogimos e hilvanamos las huellas dispersas y fragmentadas que dejaron los
inquilinos de esa etapa primera de las casas municipales. Vimos que en su hacer
cotidiano se ajustaban a las formas de sus viviendas, pero a la vez proponían
nuevos usos y acomodamientos a ese habitar. Allí se cohabitaba con familiares o
bien, se sumaban otras personas como menores “a cargo”, o adultos que subalquilaban algún cuarto o
cama. En estas casas muchos espacios y objetos no conocían límites entre lo
íntimo y lo laboral; se experimentaba una intimidad ampliada, un adentro y un
afuera que eran parte de lo mismo. En ese marco, estos vecinos fueron
aprendiendo a pensarse como habitantes de una política estatal singular –un
complejo tan novedoso como resistido–, activando lazos comunitarios frente a
críticas externas, enunciando petitorios, rechazando concretas amenazas de
desalojo; y constituyéndose lentamente en actores decisivos de dicha política.
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[1] Este trabajo se enmarca en el proyecto SECYT-UNC Categoría Consolidar
2023-2027 “Córdoba Moderna: la casa como dispositivo. Instituciones,
saberes, políticas, imaginarios, en las transformaciones de las culturas del
habitar moderno en Córdoba, 1880-1980”.
[2] Entre los dos primeros censos nacionales (1869 y 1895) la población de
la ciudad de Córdoba aumentó un 58%. Por su parte, la población extranjera
aumentó diez veces en ese período. BOIXADÓS,
Cristina, Las tramas de una ciudad. Córdoba entre 1870 y 1895. Elite
urbanizadora, infraestructura y poblamiento. Córdoba: Ferreyra Editor,
2000, pp. 227-234.
[3] ADAMOVSKY, Ezequiel, Historia
de las clases populares en Argentina. Desde 1880 hasta 2003. Buenos Aires:
Sudamericana, 2012, p. 6
[4] CARRIZO, Marcos, Córdoba
en carnaval: modernización, hegemonía y resistencia (1880-1910). Tesis de
doctorado en Historia, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad
Nacional de Córdoba. 2023. 262 p.
[5] GIGLIA, Ángela, El
Habitar y la cultura. Perspectivas teóricas y de investigación. Barcelona:
Anthropos editorial, México: División de ciencias sociales y humanidades,
Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa. 2012, p. 104.
[6] Ibidem.
[7] Emprendimientos como La Edificadora San Vicente (1887), la edificadora
Alta Córdoba (1889), el Banco Constructor de Córdoba (1887) tenían proyectos
destinados, en gran medida, a sectores medios. BOIXADÓS, Cristina. La vivienda como parte de las políticas
de salud del municipio de Córdoba a fines del siglo XIX y principios del XX, I
Jornadas de Historia Regional Comparada, 23 al 27 de agosto, 2000. Porto
Alegre, Brasil. [Consulta: 10-4-2024]. Disponible en: https://cdn.fee.tche.br/jornadas/1/s9a5.pdf
[8] Ibidem.
[9] El Interior, 23 de noviembre de 1887, Nº 2121, citado en Ibidem, p.
2
[10] El encarecimiento de las subsistencias. El Porvenir. 17 de
agosto de 1889.
[11] En 1869, el promedio de habitantes por vivienda era 6,9; en 1895, de
6,7 y en 1906 una casa habitación podía albergar 8,2 habitantes. BOIXADÓS, Cristina, La vivienda como
parte… Op.Cit. p.3
[12] Casas de inquilinato. El Porvenir. 30 de enero de 1889.
[13] YUJNOVSKY, Oscar.
Políticas de vivienda en la ciudad de Buenos Aires (1880-1914). Desarrollo
económico. 1974, vol. 14, n° 54, pp. 327-372. GUTIÉRREZ, Leandro. Condiciones de la vida material de los
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Historia de la vivienda social. Primera parte: del conventillo a las casas
baratas. Revista Vivienda y Sociedad. 2016, vol. 3, pp. 7-24.
[14] HARDOY, Jorge. La
vivienda popular en el Municipio de Rosario a fines del siglo XIX. El censo de
conventillos de 1895. En AA.VV. Sectores populares y vida urbana. Buenos
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[15] En 1891 el Consejo Deliberante rosarino sancionó una ordenanza sobre
las condiciones de higiene e inspección de los conventillos que establecía las
normas de construcción e higiene que debían cumplirse. HARDOY,
Jorge. La vivienda popular…
Op.Cit., p. 84.
[16] YUJNOVSKY,
Oscar. Políticas de vivienda…Op. Cit., p. 336.
[17] En la ciudad de Rosario se estableció, por ejemplo, la altura máxima y
mínima de las edificaciones, las normas técnicas que debía cumplirse para su
aprobación, se reglamentó la construcción de aljibes, cocinas y letrinas y se
prohibieron las construcciones de barro y madera en el centro de la ciudad. HARDOY, Jorge. La vivienda popular… Op. Cit. pp. 84, 85.
[18] Esta mirada coincidía con lo discutido en el Congreso Internacional de las Habitaciones
Baratas (París, 1889) donde se estableció que la falta de vivienda debía
resolverse a partir de emprendimientos individuales o asociación privada. ALCORTA Santiago. La república
argentina en la exposición universal de París de 1899. Las casas para
obreros, tomo II, París, 1890, pp. 857-58 Citado en: YUJNOVSKY, Oscar. Políticas de
vivienda… Op. Cit. p. 340. Asimismo, el ministro del Interior de Argentina,
Eduardo Wilde, afirmaba que “la acción de la autoridad pública en el
mejoramiento de las habitaciones para menesterosos o jornaleros, sólo debe
limitarse a la inspección de sus condiciones higiénicas, pero no a la
construcción de aquellas, porque todos los hombres que se han dedicado al
estudio de esta materia, rechazan la idea de que el estado se convierta en
empresario”. Cámara
de diputados: Arrendamiento de las Obras de Salubridad de la Capital, discurso
pronunciado por Eduardo Wilde, ministro del Interior. Imprenta de la Tribuna
Nacional, Bs. As., 1887, pp. 82, 83. Citado en: YUJNOVSKY, Oscar. Políticas de vivienda… Op. Cit. pp.
340-341.
[19] En 1898 la Municipalidad de Córdoba sancionó la Ordenanza n° 614 que
prohibía el establecimiento de ranchos y conventillos en el radio urbano
central, Archivo Histórico Municipal (en adelante, AHM), Digesto Municipal,
1898, Tomo III, Ordenanza n°614. Señala Maizón que una década antes, con motivo
de la epidemia de cólera, se había presentado un proyecto de demolición de
ranchos y la prohibición de construir nuevos.
MAIZÓN, Ana Sofía. La problemática de la vivienda popular en la
ciudad de Córdoba (1898-1930). [Tesis de Licenciatura en Historia]. Córdoba:
Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba, 2006, 123
p.
[20] BUSTAMANTE, Juana. La
vivienda social: teorías y prácticas en la modernización del hábitat. Córdoba
1880-1925. Revista Pensum. [en línea] 2018, vol 4, pp. 76-89. [Consulta: 25-4-2025]. Disponible
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[21] COCH, Federico. El estado
y el Desarrollo de políticas de vivienda en Córdoba, Argentina (1914-1920). Revista
de Ciencias Sociales. [en
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[22] Intendente de la ciudad de Córdoba entre mayo de 1887 y octubre de
1891.
[23] En 1882 el intendente Torcuato de Alvear solicitó a la Oficina de
Ingenieros Municipales se elaboración de un proyecto de vivienda para obreros
en Buenos Aires, el cual fue concretado de manera parcial. CRAVINO, Alicia. Historia de la
vivienda social… Op. Cit., p. 8.
[24] Liernur y Ballent sitúan la etapa de debates en torno a la vivienda
popular en Argentina en las primeras décadas del siglo XX, período en el que no
hubo una extendida construcción de casas, pero sí, discusiones y propuestas
respecto de las tipologías habitacionales que, en general, apuntaban a la casa
unifamiliar que debía reunir los principios de vivienda “higiénica”. Estos
debates influyeron en el período subsiguiente, el de la construcción masiva de
viviendas por parte del Estado. LIERNUR,
Jorge y BALLENT, Anahí, La
casa y la multitud. Vivienda, política y cultura en la Argentina moderna.
Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014. 698 p.
[25] Memoria del Intendente Municipal correspondiente al ejercicio de 1888,
Córdoba, 1889, p. 110.
[26] En relación con este asunto el diario El Porvenir habla de una
“Municipalidad negociante” en su editorial del 19 de julio 1888, y el 30 de
enero de 1889 señala que la construcción de casas de inquilinato “trae consigo
graves inconveniente que a su vez acarrearán innumerables abusos, por el hecho
solo de convertirse la municipalidad en administradora de casas de alquiler”.
En sus investigaciones, Boixadós y Blanco detallan lo expresado por la prensa
opositora y funcionarios posteriores a la intendencia de Revol respecto de ese
“rol empresario” y del deficiente estado material que tendrían las casas. BOIXADÓS, Cristina. La vivienda como
parte… Op.Cit. p. 7 y Vivienda y moral. La acción de la comisión Protectora de
los Artesanos de San José, 1900-1930. En: VIDAL,
Gardenia y VAGLIENTE, Pablo
(comps.) Por la señal de la cruz. Estudios sobre Iglesia Católica y sociedad
en Córdoba, siglos XVIII y XIX. Córdoba: Ferreyra editor, 2002. pp.
237-265. BLANCO, Jessica, Problemática
habitacional y conflicto de intereses: las casas municipales de Pueblo Nuevo a
principios del siglo XX. Córdoba: Emcor, 2010.
[27] AHM, Actas del Concejo Deliberante, año 1896, tomo A -1-22, 03/07/1896,
f. 346-356.
[28] BLANCO, Jessica.
Problemática habitacional… Op. Cit., p. 39.
[29] BOIXADÓS, Cristina. La
vivienda como parte… Op.Cit., p. 8.
[30] AMMAN, A. Beatriz. El discontinuo tejido urbano. Intervenciones urbanas y estrategias
discursivas en la transformación de Córdoba. Barrio Güemes de un fin de siglo a
otro. Córdoba: UNC, 1997, pp. 88- 93.
[31] BLANCO, Jessica.
Problemática habitacional… Op. Cit. 50 p. BOIXADÓS,
Cristina, La vivienda como parte… Op.Cit. pp. 1-18 BOIXADÓS, Cristina Las tramas de una ciudad. Córdoba entre
1870 y 1895. Elite urbanizadora, infraestructura y poblamiento. Córdoba:
Ferreyra Editor, 2000, pp. 261-264. AMMAN,
A. Beatriz, El discontinuo tejido urbano… Op. Cit. 168. p.
[32] Amman plantea que una pregunta crucial “que no resuelve ningún dato de
la época y ninguno de los documentos [analizados] es: ¿quiénes fueron los
beneficiarios reales del proyecto de Revol?” AMMAN,
A. Beatriz, El discontinuo tejido urbano… Op. Cit, p.51.
[33] En lugar de comenzar con los resultados publicados, tabulados y
ordenados del recuento de población, revisamos las fichas que los censistas
llevaban consigo en su recorrido por el territorio, cédulas en las que constan
nombres, edades, nacionalidad, oficios y tipo de vivienda de cada habitante.
Esta lectura pormenorizada hace posible identificar sectores específicos de la
ciudad, individualizar a cada sujeto y familia y de allí, seguirlos por otras
fuentes.
[34] Se relevaron 1211 expedientes policiales, específicamente, reportes de
detenciones llevadas a cabo en Pueblo Nuevo y El Abrojal, producidos por la
Comisaría Tercera de la Policía de Córdoba entre 1899 (año en que comienza el
fondo documental disponible) y el año posterior al conflicto de 1907. Archivo
Histórico de la Provincia de Córdoba (en adelante, AHPC).
[35] CRAVINO, Alicia “Historia
de la vivienda social…” Op. Cit., p. 8.
[36] Avisos publicados en Los Estados (17, 18 y 30 de septiembre de
1890; 12 y 16 de octubre de 1890) convocaban a los interesados a presentarse en
dicha oficina, además de detallar las características de la construcción y el
costo del alquiler (20 pesos).
[37] AHPC, Gobierno, Policía, 1890, tomo 15.
[38] AHM, Digesto Municipal, 1905, tomo X, 12/07/1905; Ord. N°1104.
[39] BLANCO, Jessica.
Problemática habitacional… Op. Cit., pp. 19-24.
[40] Los Principios, 10, 13, 17 y 20 de octubre de 1907.
Citado en BLANCO, Jessica,
Problemática habitacional… Op. Cit., p. 29.
[41] La ausencia de datos que señalen de manera precisa esta zona de la
ciudad es algo que ya habían apuntado otros investigadores como POCCA, Guillermo. Las condiciones
materiales de habitabilidad de la ciudad de Córdoba 1889-1895, Córdoba:
AHM, 2008. pp. 1-39 y BOIXADÓS,
Cristina. Las tramas… Op. Cit., p. 245.
[42] Tomamos la propuesta del “método nominativo” de Carlo Ginzburg. GINZBURG, Carlo. El nombre y el cómo.
Intercambio desigual y mercado historiográfico. En: GINZBURG, Carlo. Tentativas, Rosario: Prohistoria,
2004, pp. 57-67.
[43] FamilySearch [en línea].
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[44] Es el caso, por ejemplo, de Santiago Olguin o el de Rosalía de
Rodríguez que firmaron el petitorio publicado en el diario Los Principios el 1
de noviembre y el de 6 de diciembre de 1907.
[45] El censista identificó, según nuestro conteo, 101 grupos familiares,
pero a partir del rastreo de cada individuo y grupo co-residente nos inclinamos
por un número algo superior: había, por lo menos, 112 familias habitando las
casas municipales. Así, el conjunto poblacional bajo análisis estuvo
constituido por 112 familias compuestas por 451 individuos. Caben, sin embargo,
algunas aclaraciones: aunque los primeros censos nacionales avanzaron en la
producción de datos estadísticos por lo que el procedimiento para recoger la
información tendió a ser uniforme y homogéneo en todo el territorio, hay
posibles márgenes de error que escapan a nuestra mirada. Se sabe que puede
haber datos que se escabullen de esa lectura artesanal de cada individuo y cada
familia por lo que los números y porcentajes que se proponen no dejan de ser
estimaciones sobre ese conjunto de pobladores.
[46] Entre los expedientes policiales relevados para finales del siglo XIX y
comienzos del XX en la zona de Pueblo Nuevo y el Abrojal, destacan por su peso
numérico aquellos labrados a raíz de conflictos suscitados en estas casas de
negocio con despacho de bebidas. AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera,
1899-1907.
[47] ANSALDI, Waldo. Una
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[48] PIANETTO, Ofelia. Industria
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[49] VIEL MOREIRA, Luiz. Las
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interior argentino (Córdoba, 1861-1914). Córdoba: Centro de Estudios
Históricos Profesor Carlos S. A. Segreti, 2005. p. 244.
[50] BIALET MASSÉ, Juan. Informe
sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República Argentina.
Buenos Aires: Imprenta y casa editora de Adolfo Grau,1904. p. 199.
[51] ANSALDI, Waldo, Una
industrialización fallida… Op. Cit., p. 169.
[52] LUDEWIN, Juan.
Informe del estado actual del trabajo a
domicilio de mujeres y niños en la capital de la provincia. Oficina de
estadística de la provincia de Córdoba. Anuario. Año 1913. Citado en: MOREYRA, Beatriz; REMEDI, Fernando y ROGGIO, Patricia. El hombre y sus
circunstancias. Discursos, representaciones y prácticas sociales en Córdoba,
1900-1935. Córdoba: Centro de Estudios Históricos Profesor Carlos S. A.
Segreti, 1998, p. 176 y 178.
[53] REMEDI, Fernando. “Esta
descompostura general de la servidumbre”. Las trabajadoras del servicio
doméstico en la modernización argentina. Córdoba, 1869-1906. Secuencia. [en línea] 2012, n°84, pp.
41- 69. [Consulta:
12-5-2025]. Disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/3191/319128360003.pdf
[54] Según el Reglamento de Peones, Sirvientes y Oficiales de Taller de
1869, las personas que carecieran de medios para su subsistencia debían
conchabarse (colocarse) con un patrón. Las mujeres que no cumplían con esa
normativa serían depositadas en la Casa de Corrección y debían salir de allí
colocadas, generalmente, en el servicio doméstico. REMEDI, Fernando. Esta descompostura general… Op. Cit., p.
53, 54.
[55] 1907. Más sobre las casas de inquilinato. Solicitud de los inquilinos. Los
Principios, 1 de noviembre. 1907. Las casas de inquilinato. Petición que
debe satisfacerse. Los Principios, 6 de diciembre.
[56] BIALET MASSÉ, Juan.
Informe sobre el estado… Op. Cit., p. 197.
[57] PIANETTO, Ofelia. Industria
y formación… Op. Cit., p. 197.
[58] BIALET MASSÉ, Juan. Informe
sobre el estado… Op. Cit., p. 198.
[59] Los Principios, 10, 13, 17 y 20 de octubre de 1907. Citado en
BLANCO, Problemática habitacional… Op. Cit, p. 29.
[60] REMEDI, Fernando, “Esta
descompostura general…” Op. Cit., p. 45.
[61] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1904, tomo 2, exp. 24860.
[62] LUDEWIN Juan H. Informe del estado actual del trabajo a domicilio de
mujeres y niños en la capital de la provincia. Oficina de estadística de la
provincia de Córdoba. Anuario. Año 1913. Citado en: MOREYRA, Beatriz; REMEDI,
Fernando y ROGGIO, Patricia. El
hombre y sus circunstancias… Op. Cit,. p. 177.
[63] Ambos aspectos participan en procesos de larga duración que tienen
diferentes expresiones según las regiones, como advierte Braudel para las
ciudades europeas desde el siglo XVIII. BRAUDEL,
Fernand. Civilización material, economía y capitalismo, siglos XV-XVIII.
Tomo 1. Las estructuras de lo cotidiano: lo posible y lo imposible. Madrid:
Alianza, 1984. 493 p. Elias, por su parte, sitúa esos elementos en el marco de
un dilatado proceso de privatización en el que toma parte un creciente
aislamiento del individuo y el corrimiento de las barreras de la vergüenza y el
desagrado. ELIAS, Norbert.
L´espace privé, o Privatraum o “espacio privado”? En: ELIAS Norbert, La
civilización de los padres y otros ensayos. Bogotá: Norma, 1998, pp.
349-366. Mientras tanto, Ribczinky y De Jean analizan ese proceso en relación a
la idea de confort que cristalizaría a lo largo del siglo XVIII. RYBCZYNSKI, Wiltod. La casa.
Historia de una idea. Bs. As: Emecé, 1991. 254 p. DEJEAN,
Joan. The age of comfort: When Paris Discovered Casual and the Modern Home Began. New York, Berlin; London:
Bloomsbury, 2009. 432 p.
[64] Según Los Principios (periódico que se pronunció en contra del
desalojo de 1907) el estado de las casas municipales no era una excepción, ya
que el 60% de las viviendas de Córdoba no estaban en mejores condiciones
higiénicas (25, 26/10 y 1, 5, 14, 30/11) citado por BLANCO, Jessica, Problemática habitacional… Op. Cit., p.
31. Sobre las precarias condiciones de habitación de los sectores populares
cordobeses de la época puede consultarse: CAFFERATA,
Juan. La Vivienda obrera en Córdoba. Apuntes presentados al Congreso de
Ciencias Sociales reunido en Tucumán el 9 de julio de 1916. Revista de la
Universidad Nacional de Córdoba. [en línea] 1916, año 3, n°5, pp. 344-372. [Consulta: 10-2-2025].
Disponible en: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/REUNC/article/view/5659; y
El saneamiento de la vivienda en la profilaxis de la tuberculosis, Revista
de la Universidad Nacional de Córdoba. [en línea] 1917, año 4, n°10, pp. 355-445. [Consulta:
10-2-2025]. Disponible en: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/REUNC/article/view/4466 BIALET MASSÉ, Juan. Informe sobre el estado… Op. Cit., pp.
208, 209; GARZÓN MACEDA, Félix. La medicina en Córdoba. Apuntes para
su historia, Tomo III. Córdoba: Talleres Rodríguez Giles, 1917. pp. 495-499.
[65] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1900, tomo 2, exp. 10720.
[66] Arzobispado de Córdoba, Iglesia Catedral Matrimonios. Libro N°12, años
1891-1895. Consultado en familysearch.org
[67] Arzobispado de Córdoba, Iglesia Catedral, Matrimonios Vol 12, 1895.
Eustolia Lencina, la primera esposa de Babini, muere en julio de 1893.
Arzobispado de Córdoba, Iglesia Catedral, Defunciones. Consultado en
familysearch.org.
[68] Uno de los tantos conflictos suscitados en establecimientos de ese tipo
tuvo lugar en el “despacho de bebidas de Consuelo Peralta de Babini” quien
trató de echar del lugar al hombre que sin abonar lo que había consumido se
dedicó además a insultar al resto de los asistentes. AHPC, Policía de Córdoba,
Comisaría Tercera, 1899, tomo 2, exp. 4079.
[69] Entrevista a Pabla Sorrentino, Taller de Historia Oral Barrial de
barrio Güemes, Programa de Historia Oral Barrial. Oficina Historia y Memoria,
Municipalidad de Córdoba, 17/05/2004.
[70] REYNA, Pablo. Crónica
de un renacer anunciado: expropiación de tierras, procesos de invisibilización
y reorganización comechingón en Córdoba. Córdoba: Ecoval Ediciones, 2020,
pp. 270-276.
[71] En 1885 el Gobierno de la provincia de Córdoba promulgó la Ley nº 1002,
que autorizaba al ejecutivo a expropiar “por razón de utilidad pública” los
terrenos ocupados por las comunidades; política que venía tomando forma desde
1881 con la aprobación de la Ley que mandaba “medir las tierras ocupadas por
las Comunidades Indígenas” y facultaba al Departamento Topográfico a realizar
mensuras de dichas tierras en todo el territorio provincial. REYNA, Pablo, Crónica de un renacer… Op. Cit., p. 221-230.
[72] Tomamos esta edad para referirnos a las personas que según el censo
eran “útiles para el trabajo activo”, a diferencia de los infantes (0 a 5 años)
y niños en edad de escolaridad obligatoria (6 a 14 años). Segundo Censo de la
República Argentina, 10 de mayo de 1895, Bs. As., Taller Tipográfico de la
Penitenciaría Nacional, 1898, CI.
[73] La comparación de los datos de alfabetización del censo de 1895 con el
anterior (1869), arroja una mejora del 171 por mil para la provincia de
Córdoba. Segundo Censo Nacional 1895, Vol 2. p. LXXII. Bs As, 1898, p. LXXXI.
[74] LIERNUR, Jorge y BALLENT,
Anahí. La casa y la multitud… Op. Cit., p. 23, 24.
[75] Años después, durante los juicios de desalojo, Juana firma el petitorio
publicado en el diario con su apellido de casada: Juana Godoy de Britos: 1907.
Las casas de inquilinato. Petición que debe satisfacerse, Los Principios,
6 de diciembre.
[76] Ibidem.
[77] Se consideraban niños a las personas de hasta 14 años,
período vital que según A. De la Fuente, presidente de la comisión directiva
del Censo, se divide en infancia (0 a 5 años) y período de escolaridad
obligatoria (6 a 14). Desde los 15 se consideraba a la población “útil para el
trabajo activo”. Segundo Censo de la República Argentina, 10 de mayo de 1895,
Bs. As., Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1898, CI.
[78] En el censo de 1869 Faustino Burgos, de 25 años, fue
registrado como zapatero.
[79] Acta de matrimonio de Faustino Burgos y Eloisa Acevedo, 8 de enero de
1887. Arzobispado de Córdoba, Iglesia Catedral, Matrimonios Vol. 10, 1885-1887.
Consultado en familysearch.org
[80] De las cédulas censales y expedientes policiales surge que para esa
época los nombres Jesús, Carmen, Rosa eran utilizados de manera indistinta por
mujeres y varones.
[81] Presumimos que las habitaciones eran subalquiladas por quienes rentaban
la vivienda al municipio. Algo que no estaba permitido pero que, para estas
familias, se convertía en otro de los medios de subsistencia.
[82] BLANCO, Jessica,
Problemática habitacional… Op. Cit., p. 15.
[83] El Progreso 14 de noviembre de 1872, citado por REMEDI, Fernando. Esta descompostura
general… Op. Cit., p. 49.
[84] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1901, tomo 1, E. 16655.
[85] Lo relativo a la colocación de menores para el aprendizaje de un oficio
se estableció en el “Reglamento de Peones, Sirvientes y Oficiales de Taller de
1869”, El Progreso, 20 de marzo de 1869, pp. 2 y 3. Citado por REMEDI, Fernando. Esta descompostura
general… Op. Cit., p. 54.
[86] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1899, tomo 2, E. 4145.
[87] Segundo Censo de la República Argentina, 10 de mayo de 1895, Bs. As.,
Taller Tipográfico de la Penitenciaría Nacional, 1898, p. CXLI.
[88] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1908, tomo 2, exp. s/n.
[89] Más de una vez la policía intervino a causa de un perro que había
mordido a alguien. Otro caso, entre muchos, fue el de Rufino Contreras, un niño
que se aproximó a un perro que estaba atado y este lo muerde en la cabeza y una
mano. El episodio tuvo lugar en el patio de una casa de inquilinato de Pueblo
Nuevo. AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1900, tomo 1, exp. 10275.
[90] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1907 tomo 1, exp. s/n.
[91] Una tarde de invierno fueron detenidos en las inmediaciones de la Plaza
Vélez Sarsfield, al norte de Pueblo Nuevo, dos jóvenes de 15 años acusados de
“andar dirigiendo grupos de menores de los que resultaban desórdenes a cada
momento”. AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1899, tomo 2, exp. 4095.
[92] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1907, tomo 2, exp. s/n. La
familia Caballero habitaba en las casas municipales al menos desde el censo de
1895.
[93] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1900, tomo 2. exp.
N°10720.
[94] Entre los conflictos suscitados en esos establecimientos la gran
mayoría eran protagonizados por varones, muchos de ellos de oficio zapatero
que en algunos casos usaban como arma el
propio cuchillo que usaban para trabajar.
[95] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1900, tomo 2, exp.
N°10744.
[96] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1907, tomo 2, exp. s/n.
[97] BLANCO, Jessica. Problemática habitacional… Op.Cit. pp.
27-32.
[98] AHPC, Paz Letrado 2° nominación, 1907, Leg. 5.
[99] Blanco reconoce márgenes de maniobra de los individuos y grupos
damnificados que utilizaron los intersticios entre las normativas, las
decisiones judiciales y las falencias del control estatal. El apoyo de la
prensa católica y de grupos vinculados a ese sector de interés es evidente en
las notas del diario y la publicación de los petitorios, así como en el
evidente acceso a información nueva y relevante en el conflicto que tenían
algunos vecinos. BLANCO, Jessica.
Problemática habitacional… Op. Cit., pp. 33-37.
[100] La Voz del Interior, 19 de diciembre de 1907. Citado por BLANCO, Jessica. Problemática habitacional… Op. Cit.,
p. 36.
[101] Primer Censo Nacional, 1869, consultado en familysearch.org
[102] El 9 de marzo de 1901 nace Francisco José Olguín; el 27 de abril de
1903 nace Toribia Malvina Olguín; el 13 de agosto de 1905 nace Santiago Jacinto
Olguín y el 1 de diciembre de 1910 nace Andrés Cristóbal Olguín (Arzobispado de
Córdoba, Libro de Bautismos, consultado en familysearch.org) Al momento
del censo ya habían perdido una de sus hijas, Orfelia Olguín, fallecida el 21 de febrero de 1891 con un año y dos meses
de edad. Arzobispado de Córdoba, Iglesia Catedral, Libro de defunciones,
consultado en familysearch.org
[103] Rafaela de Ceballos, por ejemplo, que vivía en una Casa Municipal ya en
1895, firmó un contrato de arrendamiento en 1905 y en 1907 recibió la
notificación de desalojo. AHPC, Paz Letrado 2° nominación, Leg. 6.
[104] AHPC, Policía de Córdoba, Comisaría Tercera, 1900, tomo 1, exp. 10270.
[105] AHPC, Gobierno, Policía, 1894, tomo 1.
[106] 1890. La catástrofe de
anoche. Inundación en la ciudad. La Libertad. 20 de diciembre. Entre los damnificados que fueron asilados como menciona
esta nota en las casas municipales estaba una tal Petrona Aguirre. Mismo nombre que encontramos también en el censo de 1895. Sin la certeza de que se trata de la misma
persona, sí intuimos que algunas familias a las que se le dio refugio luego de
la inundación permanecieron en las casas municipales algún tiempo más.
[107] YUJNOVSKY, Oscar. Políticas de
vivienda…Op. Cit. p. 343.