Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 99 (2026), pp. 259-263
ISSN: 1989-4651 (electrónico)
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LEIVA BUSTOS, J. (2024). Una teoría de la acción malvada. Barcelona: Herder.
El mal no nos resulta una realidad ajena, insólita u oculta. Quien no lo haya sufrido, bien puede haber sido testigo de él. En consecuencia, no puede decirse que el mal no sea cuestión de actualidad —cabría incluso preguntarse si alguna vez no fue cuestión de actualidad—; y, por ello, emerge la urgencia de pensarlo, esto es, de elaborar las herramientas teóricas necesarias para enfrentarlo, combatirlo y ser capaces de prevenirlo. Esa urgente necesidad es la que recoge Javier Leiva en su libro Una teoría de la acción malvada, quien coge así el testigo de aquel pronóstico arendtiano —al cual se hace referencia en el propio «Prefacio»— según el cual el problema del mal iba a ser «la cuestión fundamental de la vida intelectual de posguerra en Europa» (Arendt, 2005, pp. 167-168). El propio autor no se muestra muy optimista a la hora de afirmar el cumplimiento de dicho pronóstico, pues, ciertamente, no ocurrió tal cosa tras las contiendas del pasado siglo. Sin embargo, esto no se debe, ni mucho menos, a que el mal haya desaparecido tras el fin de dichos conflictos bélicos. Nada más lejos de la realidad. El mal ha seguido muy presente y, tal y como se reitera en el libro en varias ocasiones, siempre seguirá estándolo en la medida que es imposible erradicarlo por completo. No obstante, en este ensayo el mal adquiere ese primer plano en la reflexión filosófica que, según Arendt y Leiva, le corresponde, a pesar de que le hubiera sido negado por la tradición filosófica anterior.
Así las cosas, encontramos en Una teoría de la acción malvada una reflexión que nos sitúa frente al mal proporcionando las herramientas teóricas necesarias para comprenderlo y ayudar, a su vez, a combatirlo y prevenirlo. El autor, pues, no aspira a quedarse en el plano teórico, más bien pretende que sus palabras sirvan de guía a la praxis, pues tales actividades de lucha y prevención no pueden llevarse a cabo desde la ignorancia de aquello a lo que se enfrentan; esto sería poco más que dar palos de ciego. Por el contrario, se trata de, en palabras de Javier Leiva, «comprender el mal —que no perdonarlo— y entender cómo es para poder combatirlo» (p. 42). A fin de llevar a cabo esa tarea de comprensión del mal, toma como trasfondo de toda su reflexión uno de los casos más paradigmáticos de maldad, un «paradigma de la atrocidad» —expresión que toma de la pensadora Claudia Card (p. 38)—: el totalitarismo nacionalsocialista. Las deleznables acciones cometidas por el nacionalsocialismo permiten identificar con mayor claridad los rasgos y peculiaridades del mal, los cuales hubieran sido más difíciles de vislumbrar en las pequeñas acciones malvadas más cotidianas. La tremenda escala en la que acontece la barbarie del nazismo actúa a modo de lupa, ayudando a identificar con claridad los atributos de la maldad (pp. 36-39). Esto explica los recurrentes ejemplos de casos, tanto reales como ficticios, vinculados al nacionalismo que van ilustrando la reflexión a lo largo de todo el ensayo. De esta forma, por ejemplo, a la hora de reflexionar acerca de la posibilidad o no de que el remordimiento exima de responsabilidad al agente de una acción malvada, Javier Leiva trae a coalición el caso de Franz Stangl (p. 127) —comandante del campo de exterminio de Treblinka, quien reconoció haber sentido posteriormente remordimientos por su labor allí realizada—; o, también, al plantear el hipotético caso de dos médicos nazis que realizando los mismos experimentos obtienen muy diversos grados de placer en su ejecución, critica aquellas teorías que se apoyan en el grado de placer obtenido por el agente a la hora de calificar o no un acto como malvado (p. 133).
Todo esto no quiere decir, en modo alguno, que el autor deje de lado los males más pequeños y cotidianos, aquellos que muchos han vivido y viven en su día a día. La teoría del mal que se plantea aquí aspira a poseer un carácter universal —motivo por el cual, señala, tal teoría habrá de ser a su vez laica, no apoyada en creencias religiosas (p. 19)—, es decir, ofrece un marco teórico con el que poder pensar desde las mayores atrocidades inimaginables, hasta los males a menor escala y más cotidianos; reconociéndose en la propia obra la posibilidad de gradaciones dentro de la acción malvada (pp. 221-228). Ahora bien, el autor rechaza entrar en las dinámicas comparativas entre unos males y otros, pues «debe huirse del cinismo que supone realizar este tipo de comparaciones como si de una competición de maldades se tratase; que uno posea un alcance mayor no le resta gravedad al otro, sino que ambos son acciones malvadas y, como tales, merecen nuestra más firme oposición y condena» (p. 170).
Sin embargo, como se señalaba antes, no es menos cierto que a cuanto mayor escala acontezca el mal, con mayor visibilidad se mostrarán los rasgos propios de la acción malvada. En concreto, de entre todos esos males a gran escala, al centrarse el autor en el caso del nazismo, ejerce también una importante labor de lucha contra el olvido. Al recordar las atrocidades del nacionalsocialismo se está también tratando de evitar que acaben volviéndose, como ya advertía Primo Levi, en «cosa ajena a las nuevas generaciones de Occidente (…) cosas de sus padres (…) cosas de sus abuelos: lejanas, desdibujadas, “históricas”» (Levi, 2012, p. 647). En el ya mencionado «Prefacio», Javier Leiva desarrolla a su vez cómo fue variando el interés por la cuestión del mal que suscitó la barbarie nacionalsocialista. Desde el silencio y el tabú que provocó el shock inicial de aquella, hasta un mayor interés a finales del siglo pasado, pasando por momentos de reavivación de la cuestión a medida que surgían polémicas derivadas de los juicios que se llevaban a cabo y el auge de cada vez más testimonios. Con miras a que la conciencia del terror del nazismo no pierda fuerza, se recoge en estas páginas el testigo de la reflexión en torno a esta cuestión y se pregunta, como hicieran tantos otros, cómo podía haber sucedido aquello; adoptando la respuesta a esa cuestión la forma de una teoría propia del mal.
No obstante, resulta más que pertinente señalar que la teoría del mal de Javier Leiva va más allá de la obra aquí reseñada y abarca no sólo Una teoría de la acción malvada, sino también Sociogénesis del mal. Sobra decir que se recomienda encarecidamente la lectura de ambas a todos aquellos que quieran adquirir una visión completa de la teoría del autor. Como bien se explica en la «Introducción» del primero de los libros, este nos proporciona una teoría al respecto de la acción malvada, mientras que el segundo se centra en la explicación de la personalidad malvada y de las instituciones malvadas. El orden del análisis no resulta baladí, pues el propio autor recalca en varias ocasiones (p. 18; pp. 164-168) que no ya sólo es que las personas antecedan a las instituciones —que en última instancia están conformadas por personas—, sino que el análisis de la acción malvada es lógicamente previo al de la personalidad malvada, en la medida que, si bien todo aquel con una personalidad malvada comete acciones malvadas, no todas las acciones malvadas que acontecen son cometidas por personalidades malvadas —¡y menos mal!—.
Centrándonos en Una teoría de la acción malvada, cabe empezar destacando muy favorablemente cómo, al comienzo de este libro, lejos de lanzarse el autor directamente a construir su teoría, establece el marco previo necesario para ello o, dicho con otras palabras, se asegura de poner unos cimientos seguros sobre los cuales poder empezar a construir. De este modo, la primera de las dos partes que componen esta obra se centra en acotar el campo de estudio, plantear una reflexión metodológica para abordarlo —ambas tareas desarrolladas en el Capítulo 1— y elaborar una defensa de la pertinencia del concepto de «mal» —Capítulo 2—.
Delimitar el campo de estudio es el primero de todos los pasos para una investigación rigurosa, aclarando de qué se va a hablar. En este caso, a pesar de que el autor reconozca una pluralidad de significados atribuibles a la palabra «mal», opta por centrarse en el mal en sentido moral y político, esto es, el más extremo de todos y con una mayor condena moral (p. 53). Una vez delimitado el campo de estudio, también elabora una justificación de las herramientas de las que se sirve para elaborar esta investigación, descartando otras —o, al menos, reconociendo que no pueden ser las únicas—. Así, Javier Leiva señala la insuficiencia de las intuiciones morales, que a todos nos brotan cuando se trata de hablar del mal, para sustentar por sí solas una teoría acerca del mismo; no significando esto, ni mucho menos, que las deje de lado, pues no resultan irrelevantes (pp. 60-61). A su vez, nos avisa del peligro que hay en emplear el lenguaje cotidiano como herramienta, pues fácilmente nos puede llevar a embrollos, siendo, pues, necesaria la elaboración de cuidadosas distinciones y ser prudentes en el uso de las palabras (p. 70). Seguidamente, y como último paso previo a la elaboración de su propia teoría, el autor enfrenta la que podría ser una enmienda a la totalidad para cualquier teoría del mal, es decir, enfrenta la crítica que sostiene que no existe algo así como el «mal» —evil—, tomado como realidad independiente y diferenciada de lo meramente «incorrecto» o «injusto» —wrongdoing—. En este contexto, elabora una completa y rigurosa reconstrucción del debate entre los «escépticos del mal» —contrarios al concepto de «mal» como algo diferenciado— y los que denomina «vindicadores del mal» —defensores de dicho concepto— (pp. 75-102). Mediante su crítica a los escépticos, Javier Leiva vence aquella oposición que atacaba a todo supuesto básico de una teoría del mal, poniendo con ello de manifiesto la necesidad del concepto de «mal» en el terreno moral y político.
Todas estas tareas previas —la delimitación del campo de estudio, la reflexión metodológica y la crítica a los negadores del propio concepto de «mal»— además de aportar sumo rigor, estabilidad y firmeza a la investigación, constituyen una perfecta puerta de entrada para el análisis de la acción malvada que llega tras ellas y que abarca la segunda parte de la obra. Primeramente —Capítulo 4— se aborda la cuestión de la naturaleza de la distinción entre acciones malvadas y acciones incorrectas. Se trata de discernir si tal distinción se asienta en criterios cualitativos o cuantitativos. Javier Leiva se decantará por esta última opción. Sin embargo, no sólo ofrece argumentos para su postura, sino que establece un enriquecedor diálogo con otros autores y autoras que defienden una distinción cualitativa (pp. 111-164). Expone tales posturas contrarias a la suya y elabora críticas y objeciones a las mismas, pero también es capaz de reconocer en ellas ciertos elementos valiosos para una teoría de la acción malvada. No porque otros pensadores sostengan una tesis principal opuesta a la suya se limita a exponer su rechazo hacia ellos; por el contrario, es muestra de su honestidad intelectual saber reconocer en esas otras posiciones, no sólo sus errores, sino también sus aciertos. Seguidamente —Capítulo 5—, el autor expone la que es su teoría propia de la acción malvada, en la cual trata de evitar todo enfoque reduccionista del que han pecado muchas de las teorías previas a esta. Es por esta razón que, a la hora de elaborar una comprensión de los actos malvados, lo hace desde una defensa de la multicausalidad del mal (pp. 176-191) y un enfoque global (pp. 191-203). A la hora de preguntar por las causas del mal, rechaza focalizarse en una sola raíz y aboga por tener en consideración la pluralidad de posibles causas que pueden originarlo. Al mismo tiempo, un enfoque global permite acercarnos a este fenómeno desde todas las perspectivas posibles —la del perpetrador, la de la víctima y la del espectador—, no limitándose a una sola y reconociendo la importancia de los componentes en los que cada una de ellas hace hincapié. De nuevo aquí, al hablar de las causas del mal y la perspectiva desde la que se ha de abordar, el autor no se limita a criticar aquellas teorías que resultan reduccionistas a la hora de abordar tales cuestiones, sino que es capaz de ir recogiendo de todas ellas elementos valiosos y necesarios para elaborar una teoría de la acción malvada que tenga todas las herramientas necesarias para ser universal, para dar cuenta de todas y cada una de las acciones malvadas. Finalmente, Javier Leiva nos ofrece una explicación propia de la acción malvada, señalando en ella tanto los elementos necesarios —inmoralidad, responsabilidad, daño y condena moral—, como aquellos que, siendo frecuentes, no son siempre necesarios —no-justificación moral, motivación malvada e intención malvada— (pp. 203-221).
Más allá de todos estos aspectos relevantes a mencionar en relación con el contenido de la obra, también cabe destacar algunos rasgos formales de la misma. Para empezar, la forma de escritura del autor brilla por su orden y claridad de exposición. Tanto la exposición de otras posturas, como la crítica hacia ellas o la defensa de tesis propias son elaboradas por el autor ordenada y meticulosamente. No nos encontramos, pues, con una prosa enrevesada y oscura, sino que, por el contrario, destaca por su claridad y distinción. A ello contribuyen en gran medida la abundante cantidad de ejemplos que impregnan la totalidad de la obra y mediante los cuales la argumentación es ilustrada, volviéndose más tangible. Tales ejemplos van desde los males más cotidianos —como un atraco a una tienda o una infidelidad (p. 141)—, hasta las grandes maldades del nazismo. Nos trae a colación el análisis de casos sacados de las noticias, como fue, por ejemplo, el asesinato en 1993 de James Bulger, de dos años de edad, a manos de dos niños de diez años, el cual le sirve al autor para reflexionar acerca de la importancia del grado de autonomía de los agentes a la hora de calificar un acto como malvado (p. 156). Pero, no sólo se sirve de la realidad sino también de la ficción —sobre todo audiovisual—, en la cual tantas veces ha sido el mal representado. A lo largo de la obra nos encontramos, por poner algunos ejemplos, con referencias a Breaking Bad, serie que le sirve para ilustrar cómo las buenas intenciones pueden conducir a acciones malvadas (p. 96); al personaje protagonista de El talento de Mr. Ripley, que ejemplifica una concepción demoníaca instrumental del mal, y a los villanos de Funny Games que ilustran una concepción demoníaca maliciosa (p. 104); o a El hombre de la máscara de hierro, donde encuentra ejemplos de realización de un acto malvado sin necesidad de obtención de placer por medio de ello (p. 135). Asimismo, Javier Leiva se vale de la multitud de representaciones audiovisuales circunscritas al periodo posterior al nacionalsocialismo y ambientadas en él. Así, La decisión de Sophie le sirve para mostrar un caso de mal necesario (p. 66); La lista de Schindler ejemplifica, a través de Amon Göth, la posibilidad de realizar acciones malvadas incluso siendo consciente de todas las consideraciones morales en juego (p. 130); o alguna escena de El pianista ofrece la ilustración de un mal que resulta «obligado» al evitarse con él otro mal mayor (p. 215). Toda esta pluralidad de ejemplos, tanto pertenecientes al ámbito de la realidad como de la ficción, ayudan al lector a comprender los conceptos que se presentan y facilitan el seguimiento de la argumentación.
Otro aspecto a destacar es la negativa del autor a caer en las ingenuidades en las que muchos se acaban deslizando a la hora de abordar el tema del mal. Deja de lado todo optimismo injustificado; por el contrario, reconoce que el mal es una realidad, que efectivamente lo hay mal en el mundo, y, además, muy extendido (p. 169). A su vez, admite la necesidad de, en ocasiones, combatir el mal con el propio mal (pp. 169-170). Claro que reconoce la importancia de los ideales de pacifismo como ideales a los que aspirar; pero, a nivel práctico, no siempre son la mejor herramienta de combate, y ya la historia nos da ejemplos de ocasiones en las que el mal sólo pudo ser vencido con la violencia. Asimismo, Javier Leiva se aparta de la idea del mal como algo incomprensible (p. 171); es más, todo el presente libro muestra que el mal puede ser comprendido. Relegar al mal al terreno de lo irracional no es sino una cómoda forma de desprenderse de la responsabilidad que tenemos de hacernos cargo de él —pues el mal es producto nuestro, de los seres humanos— y de librarse del esfuerzo que semejante tarea conlleva. Y para ejecutar dicha tarea, nuestro autor insiste sobremanera en la necesidad de mantener separadas acciones y personalidades malvadas (p. 171). No todo aquel que comete un acto malvado es un «monstruo moral», sino que personas corrientes, e incluso con razones, pueden perpetrar tales actos. Cualquiera puede cometer acciones malvadas, el mal es una amenaza constante, es radical en sentido kantiano, tal y como el propio autor reconoce (p. 230); razón por la cual, estudios como el que nos ofrece Una teoría de la acción malvada se vuelven necesarios y urgentes.
Se vislumbra, con todo, la manera en que una tematización del mal como esta nos ofrece una comprensión del mismo que dota de todas las herramientas teóricas necesarias para su combate y prevención. Esa es la esperanza que, como deja entreverse en las líneas de esta obra, impulsó al autor a escribirlas y que sigue impulsando a quien las lea a continuar esa lucha contra el mal.
Referencias
Arendt, H. (2005). Ensayos de comprensión 1930-1954. Caparrós Editores.
Levi, P. (2012). Trilogía de Auschwitz. El Aleph.
Ainara Quirós Castro
(Universidad Complutense de Madrid)