Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 99 (2026), pp. 233-238

ISSN: 1989-4651 (electrónico)

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RODRÍGUEZ CASTRO, F. (2023). Determinismo y contingencia. Una perspectiva evolucionista. Madrid: Catarata.

Las que andamos a vueltas con el pensamiento español, seguimos atentamente las novedades que van apareciendo, sean quienes sean sus autores/as y procedan o no del ámbito universitario. El actual pensamiento filosófico en castellano dista de ser un asunto sencillo, que se pueda despachar con escuetas y secas referencias a la obra de unos y otras, máxime cuando se trata de un autor extra muros como al que nos vamos a referir. Existen también, cosa de agradecer, los investigadores solitarios, los académicos con escuela, pero sin capilla y los librepensadores rigurosos y honestos, como es el caso del profesor Fermín Rodríguez Castro (en adelante citado como FRC), cuyo libro nos honramos en comentar. Una vez cursados sucesivamente los estudios de Magisterio, Filosofía y Sociología, y prolongados durante tres años con beca de investigación en la UCM, concedida por la Dirección General de Universidades, ejerció la docencia fundamentalmente en centros de Secundaria y Bachillerato, labor compatibilizada con una intensa actividad sindical y política. Aparte de numerosos artículos en revistas y libros colectivos relacionados con la filosofía, el libro de FRC recientemente publicado tiene la voluntad de representar, frente a cierta univocidad y monologismo de la investigación al uso, al pluralismo y dialogismo de la razón filosófica que nunca ha sido ni es en la actualidad ajena al progreso científico. En este sentido, Determinismo y contingencia, desde su mismo título quiere pensar y reflexionar sobre un asunto científico, las condiciones de posibilidad de los procesos evolutivos, desde un enfoque epistemológico, que siempre es difícil de circunscribir con precisión y rigor.

La investigación científica de carácter académico que se lleva a cabo en España, que tantos y tan buenos resultados viene cosechando desde hace un buen número de años, adolece de un severo defecto, derivado de la compartimentación del saber en áreas de conocimiento. El prurito de distinguirse y sobresalir sobre colegas que comparten los mismos textos y fuentes ha atomizado la investigación filosófica. Esto se hace especialmente evidente en las áreas que se escindieron del área matriz, que sigue llamándose “filosofía” a secas, que es probablemente la única a la que no espanta, ahuyenta ni aleja temas como el que ocupa al profesor FRC, que aborda en este libro más que interesante y de lectura más que recomendable para filósofos y científicos. Viene a cuento recordar una anécdota según la cual el maestro José Luis Pinillos Díaz (1919-2013) recomendaba a los futuros filósofos que no dejaran de prestar atención muy especial a la biología evolucionista, porque esta disciplina ha venido cambiando radicalmente lo que nuestros contemporáneos han pensado en el pasado y presente. Ni que decir tiene las decisivas consecuencias del evolucionismo para lo que llamamos la naturaleza humana, sea lo que sea lo que entendamos por ella, a despecho del desabrido y a todas luces ideologizado enfoque sociobiológico de Wilson y Dawkins. Paradójicamente, ambos han quedado como marco teórico del singular nuevo gurú Kurzweil, pero esas consecuencias distan mucho de haber sido pensadas a fondo. Por todo esto, el libro de FRC resulta, amén de interesante y de amena lectura, altamente oportuno y pertinente.

El libro se estructura en seis capítulos, que conforma dos secciones, la primera hasta la página 148 supone en conjunto un fructífero diálogo que su autor sostiene con tres reputados científicos, tan poco conocidos en nuestros lares como necesitados de que volvamos a leerlos. Se trata del bioquímico, biólogo y teórico de la ciencia Faustino Cordón Bonet (1909-1999), su discípulo y colaborador Chomin Cunchillos (1950-2015) y el amigo de ambos y difusor de sus obras, el antropólogo y filósofo francés, Patrick Tort (1952), propulsores de una biología evolucionista, que más que propuesta parece un paradigma para interrelacionar los tres niveles en que se estudia la evolución de la vida, apuntando una proyección epistemológica más general sobre el conjunto de los niveles de integración a los que ha dado lugar el desarrollo de nuestro mundo energético-material, así como el método en coherencia con una perspectiva evolucionista (explicación de ser o fenómeno por su proceso de origen). Si observamos la historia del darwinismo desde El origen de las especies (1859) y El origen del ser humano (1871), ha tenido dos campos de permanente aplicación: el mal llamado “darwinismo social” con Spencer y el socialismo de Marx y Engels, que vieron en Darwin la confirmación a nivel biológico y antropológico de que la naturaleza humana es producto de un llegar a ser a partir de otras especies de mamíferos, todo lo cual es reactualizado y reinterpretado, dicho sea de paso, por Dawkins con la ayuda de la genética moderna. El otro campo es el psicológico con Pinker a la cabeza, que sostiene que las criaturas humanas son producto del desarrollo de las capacidades cerebrales en continua evolución. Por cierto, en la época de los estudios en la Complutense de FRC, junto a otros profesores conocidos como Jerez Mir (amigo y difusor de las teorías de Cordón), José Luis Pinillos Diaz (1919-2013), insistía en que sin la teoría de la evolución no es posible entender nada de la mente humana. El propio Pinillos tenía una fotocopia encuadernada del libro El origen de la conciencia humana, de Alexander Georgyevich Spirkin, como si fuese un libro antiguo, que prestaba a sus estudiantes distinguidos y de confianza con la promesa de devolución, pues como libro soviético estaba rigurosamente prohibido por la censura franquista. En este y otros libros muchos militantes antifranquistas aprendieron a vincular de manera indisoluble el evolucionismo darwiniano y la filosofía marxista, lejos de aquel Diamat de infausto recuerdo. A partir de estos antecedentes, hemos de situar tanto la línea de investigación de Cordón Bonet y sus discípulos (también condenados al ostracismo académico), como esta exposición de FRC. Porque no podemos olvidar que, junto a escuelas de pensamiento científico-filosófico cerradas sobre sí mismas, no sólo no ha desaparecido, sino que renace de continuo cierto fundamentalismo religioso, negador de la teoría de la evolución y postulador de un creacionismo desfasado y atávico, defensor del terraplanismo, negador de las vacunas y del cambio climático.

Por otro lado, lo cierto es que el estricto planteamiento de la ciencia moderna, que debemos a Descartes, sostiene que Dios no está sometido ni atado a verdades eternas de carácter racional, lo que nos permite un amplio punto de vista en relación con la compatibilidad o no de la creencia religiosa y la verdad científica. Pero tenemos que reconocer que, en este sentido, la productividad científica del programa darwiniano no tiene parangón si lo situamos en la famosa triada foucaultiana que forman Marx, Darwin y Freud, dado su alto impacto no sólo en las disciplinas científicas, especialmente las biológicas, sino, lo que es más importante, en todo el ámbito de las ciencias sociales y humanas. El libro del profesor FRC se sitúa en el centro del terremoto epistemológico que ha producido y sigue produciendo la revolución darwiniana.

El universo no es solo regularidad y simetría, permanencia e identidad, sino también y en la misma medida, variabilidad, cambio, excepcionalidad e impredecibilidad; junto al patrón de medida (métron) se encuentra lo mesurado (métrion), siempre disponible para conocer los asuntos humanos. Lo múltiple y diverso del cosmos corre a la par de lo regular y previsible, desde los orígenes del pensamiento racional. FRC exhuma con acierto el término aristotélico endejómenos, como lo no necesario pero posible o lo potencial posible. Debemos felizmente a Aristóteles esa sabia mezcla de necesidad y contingencia para explicar los fenómenos naturales y sociales. Según el de Estagira nos seguimos moviendo, por así decirlo, entre la necesidad del mundo supra lunar y la contingencia del infra lunar o humano. El objeto que el libro de FRC es claro al respecto: revisitar y reformular la teoría evolucionista darwiniana, que ha socavado históricamente el modelo de Laplace del determinismo clásico, supliéndolo por un modelo evolucionista que no renuncia a la explicación causal de los fenómenos (p. 45). Ni que decir tiene qué el título del libro alude a una polémica que atraviesa el pensamiento occidental desde sus orígenes griegos, a la vez que a un indeterminismo radical, incompatible con la ciencia, que desde Aristóteles es explicación de seres y fenómenos por sus causas. Así las cosas, la tarea que el libro se propone es estudiar la posibilidad de que el orden y la causalidad sean compatibles con procesos que, como en el caso de la biología evolucionista, abran paso a la viabilidad de la contingencia, fruto de la interacción de múltiples agentes que permite la apertura de diversos caminos evolutivos dentro de un abanico limitado de posibilidades y resultados, y con distintos grados de probabilidad. Una categoría ésta, la de la causalidad contingente, que se opone tanto al determinismo estricto, lineal y necesarista, como a la indeterminación. El libro, escrito en un lenguaje sencillo y claro, aun no exento de profundidad, es recomendable para profesores y estudiantes universitarios de ciencias y de humanidades, en especial para biólogos y filósofos.

En esta nota sólo haremos referencia al elemento esencial de la teoría evolucionista de la biología, que promovido por Faustino Cordón y su escuela, ha sido tematizado brillantemente por el profesor FRC. El contexto de la propuesta que el libro vehicula tiene que ver con la necesidad de que los científicos de la vida asuman un punto de vista global y totalizante, más allá del tratamiento meramente compositivo que divide en compartimentos estancos al protoplasma, la célula y el resto de los seres vivos. Nos referimos a la hipótesis/programa de investigación según el cual la unidad de todo ser vivo se delimita como foco de acción y experiencia, que supone posicionarse frente a la tesis que entiende el organismo como simple sistema de las partes que lo constituyen. Si todos y cada uno de los seres vivos son acción y experiencia, esto nos lleva a delimitar el concepto de nivel de integración que, más allá de la reconocida complejidad creciente, nuclea, en número y relación jerárquica, lo que podemos entender como evolución biológica a través de sucesivos estratos de organismos, como unidades definidas por nuevas y emergentes propiedades que las diferencian de las correspondientes al nivel anterior a la vez que las integran. Pudiera parecer un despropósito atribuir experiencia, por ejemplo, al protoplasma o proteínas globulares (denominación última adoptada por Cordón), como un primer nivel de los seres vivos, a partir de las cuales se genere la célula; pero qué duda cabe que es una hipótesis plausible para explicar la evolución de la vida hasta llegar a la formación de los organismos unicelulares y las criaturas pluricelulares más complejas. Sin necesidad del recurso a la teleología o a la teleonomía, la capacidad de acción y experiencia en su interacción con el medio, atribuida a los seres vivos, sea probablemente aquello que les proporciona cierto quantum de autonomía, conciencia, intencionalidad y “libertad”. Estas características han sido atribuidas al ser humano desde el comienzo del pensamiento occidental hasta su fundamentación en Kant. El filósofo regiomontano, el Tartarín de Königsberg que, según Antonio Machado, todo lo llegó a saber, sostuvo que la vida contiene dos modos de libertad, el de la naturaleza orgánica en general y el de los seres humanos en particular. Los biólogos siguen sin aprender la distinción kantiana entre condición y determinación, entre la condicionalidad material que impone la naturaleza a todos sus productos, y la determinabilidad, obra de la voluntad humana en orden al conocimiento y la acción. Esta postulación kantiana autoriza y acredita para hablar de una acción natural motivada por la libertad, de la que gozamos los humanos, pero que compartimos, en distinto grado, con el resto de los seres vivos. Esta distinción capital entre condicionamiento y determinación nos permite escapar del férreo determinismo clásico que niega la libertad humana y cualquier primordio anterior o paralelo. De manera que, aunque parezca paradójico, los seres humanos, condicionados por nuestra naturaleza biológica, podemos autodeterminarnos por efecto de la variabilidad necesaria para sobrevivir como especie en tanto seres intencionales y libres. El sesgo determinista que caracteriza las neurociencias y el cognitivismo en general viene requerido por su aplicación a las TIC, que pretenden suplir con un acúmulo descomunal de información, en forma de cerebro conectado a una memoria externa, al raciocinio natural de tanta utilidad para la vida práctica.

El gran mérito del libro que comentamos lo constituye la lúcida exposición de la teoría de Faustino Cordón referida a los niveles de integración energético-material, la reivindicación del paradigma evolucionista en biología, y las consecuencias que todo ello tendría para la función socio-política de las ciencias, hoy en manos de tecnólogos, que sólo consideran los resultados y el rendimiento como paradigma universal. Oigamos a Cordón para que el lector de esta nota tenga claro qué representa esta reivindicación de la biología evolucionista: “la característica esencial de los niveles de integración, a la que deben su nombre, es que surgen y sostienen continua y directamente los unos en los otros (…), de modo que todo gran conjunto de todos los individuos de uno de ellos se extiende por todo un ámbito que constituye uno de los grandes estratos de realidad (niveles) trabado por un dinamismo perpetuo, que enlaza los modos peculiares, los conjuntos de individuos de nivel inferior de cuya cooperación surgen (los niveles superiores)” (FRC, p. 162). De manera que ni indeterminismo, ni teleología ni azar inexplicable, sino condicionamiento que no excluye la determinación, llamada por Epicuro clinamen y por Kant determinación por libertad, de la que no se encuentra excluida la naturaleza inorgánica, biomolecular ni orgánica. El modelo de la libertad en la naturaleza no puede venir definido solo por las acciones humanas, sino por la emergencia de condiciones y seres nuevos a partir de determinaciones que hacen posible la variabilidad que tiene como consecuencia la supervivencia de unos seres en detrimento de otros. Entre distintas opciones, todas ellas condicionadas por causas naturales, no hay un determinismo estricto, sino que funciona a modo de carácter contingente y selectivo entre las distintas opciones. En filosofía no hemos pensado con suficiente radicalidad, como propuso Hegel, la noción de diferencia que alude a la separación de lo diverso y no excluye la unidad en la diferencia. De aquí que, como filósofos, nos veamos en la disposición de sostener con Hegel que “este movimiento dialéctico que la conciencia ejerce en ella misma, tanto en su saber como en su objeto, en la medida que, a partir de él, brota ante ella un nuevo objeto verdadero, es propiamente lo que se llamará experiencia” (Hegel. Fenomenología del espíritu. Ed. A. Gómez Ramos, pp. 156-157). ¿Justifica esta referencia la compatibilidad entre la dialéctica y los niveles de integración energética y material, que postula Cordón? Por nuestra parte, dejamos el interrogante planteado, para volver sobre él en mejor ocasión.

Aun teniendo en cuenta lo anterior, el libro de FRC tiene otra virtualidad para justificar y recomendar su lectura. Porque el problema de todo planteamiento evolucionista en ciencia y filosofía es el problema de la agencia. ¿Qué o quién es el sujeto agente de la evolución? La solución adoptada por la teoría evolucionista es que las unidades de integración son los agentes responsables del movimiento de la realidad toda y de su evolución. Si las unidades de integración son los principios de la acción/movimiento, también lo son de las experiencias que todo ser integra en sí mismo. En el caso concreto de los seres vivos, si las unidades de integración, unidades de acción-experiencia y de su integración-apropiación por los individuos, son la clave para entender toda realidad, se debe a la interacción con el medio, a la captación de recursos para seguir actuando, todo lo cual viene a parar en la alimentación (captación de una fuente energía y su metabolismo), campo en el que Cordón no solo fue pionero, sino que sus trabajos siguen siendo referencia obligada en este dominio científico.

En definitiva y para concluir conviene resaltar que las unidades de integración en las que consistimos los seres vivos, con su capacidad de acción y experiencia que los mantiene en la existencia, “implica un cierto grado de conciencia y, por tanto, de espontaneidad, intencionalidad y contingencia en sus respuestas, como propiedades equivalentes dentro de la esfera biológica”, así como la capacidad de rectificación de las respuestas fallidas (FRC. Determinismo y contingencia, p. 166). Ni que decir tiene que la teoría de Cordón no tenga limitaciones, en especial las referidas al paso entre los niveles molecular, celular y animal, que requieren estudios exhaustivos que puedan ratificar la hipótesis de los niveles de integración, esto es, estudios empíricos y experimentales que validen la hipótesis de partida. En especial, trabajos que ratifiquen la tesis de que la conciencia y la libertad, evidentes en la naturaleza humana, debe ser supuestas, como primordia, en todos y cada uno de los niveles de integración biológica, así como su base en la contingencia que atraviesa todos los procesos evolutivos, incluso a nivel cósmico (contingencia imposible de que emergiera en el estrato biológico, si su antecedente evolución físico-química estuviera sujeta a leyes estrictamente deterministas: de la necesidad no puede surgir la contingencia).

La mayor amenaza para el progreso de estos trabajos viene de la retaguardia, en este caso, de las neurociencias que han entrado a saco en el campo de la conciencia con la pretensión de explicarla desde sus mecanismos neuronales. Frente a estos intentos, el delgado hilo de la contingencia que proporciona la biología evolucionista no deja de ser una buena hipótesis para hacer frente a la discontinuidad/discontinuidades que a buen seguro se presentan. En resumen, en un universo contingente, habitado en un instante fugacísimo y en un minúsculo rincón del mundo conocido, por seres sumamente eventuales, hemos de saludar con optimismo y alegría este ensayo sobre la noción de contingencia, que no desaprovechará cualquier lector, circunstancia que ganará partidarios a la causa de los que, manteniendo el raro ejercicio de la lectura, no quieren tirar por la borda la hipótesis de la libertad del género humano.

Amada Cesibel Ochoa Pineda
(Universidad de Almería, España)