Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 98 (2026), pp. 224-226

ISSN: 1989-4651 (electrónico)

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GALVÁN, V. (2024). Así habló Juan de Mairena: cantares de un filósofo. Granada: Editorial Comares, 164 pp.

Si la grandeza de Antonio Machado como poeta está fuera de discusión, su estatuto de filósofo constituye en cambio un asunto controvertido. La nutrida bibliografía al respecto, muy marcada por el estudio decisivo de Pedro Cerezo, Palabra en el tiempo: poesía y filosofía en Antonio Machado (1975) se reparte entre los que resaltan la existencia de un filosofar machadiano original y representativo de las maneras especulativas hispánicas y los que minimizan su alcance, considerando incluso, como sugería Dámaso Alonso, que su poesía es excelsa a pesar de sus nocivos devaneos filosóficos. Pues bien, esta monografía del profesor Valentín Galván, conocido principalmente por sus excelentes investigaciones sobre la recepción española de Michel Foucault, parece terciar definitivamente esta disputa proponiendo no ya una tentativa sistematizadora del pensamiento machadiano, como hizo Cerezo, sino una lectura machadiana de la Historia de la Filosofía que revela a la vez el eco de su estilo intelectual más allá del propio Machado, en maestros recientes y poco conocidos como Juan Blanco de Sedas, glosado en el apéndice que acompaña a este libro.

Esta recuperación filosófica del poeta se lleva a cabo además sin estridencias, sin esa “pedantería” que tanto ridiculizó Juan de Mairena, sin academicismos impostados, pero con un conocimiento amplísimo de la obra de Machado, de sus comentaristas y del contexto histórico en el que vivió, con una escritura sobria, elegante y amena, con mucho ingenio a la hora de titular las distintas secciones.

La propuesta de Valentín Galván se divide en tres partes. En la primera (“Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales”) se hilvana la trama vital de Antonio Machado, su educación en el marco de la Institución Libre de Enseñanza, su antiacademicismo y la trabazón en su obra de poesía y pensamiento, tratando de desentrañar en este recorrido biográfico su aproximación a la filosofía. Esta es asumida, no como un quehacer teórico sino como una forma de vida y se sigue de cerca su familiarización con los clásicos del pensamiento, en particular con Platón, Leibniz y Kant, y sobre todo su proximidad a Bergson, al que pudo escuchar en el Collège de France parisino en 1911. Los años de Baeza, entre 1913 y 1919, fueron en este sentido particularmente fecundos, frecuentando, además de a los autores mencionados, a Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Eduard Le Roy y Benedetto Croce, entre otros. De este periodo es la composición Proverbios y Cantares, una construcción poética que refleja las inquietudes filosóficas de esa época, como sucede también con ese conjunto heteróclito de escritos que compone Los complementarios. El periodo que abarca de 1919 a 1924 supone una renovación de sus lecturas filosóficas, dando lugar a la creación de esos personajes apócrifos que operan como alter ego especulativo de Machado: primero Abel Martín, en el Cancionero apócrifo; Juan de Mairena posteriormente -en el único libro en prosa del poeta, publicado en 1936- y finalmente Jorge Meneses. De Juan de Mairena, el más conocido de los tres, se siguen los avatares tras el fallecimiento del poeta; su discusión en la literatura oficial franquista y su revival en la obra y la vida de Agustín García Calvo. Se dedica entonces un capítulo a la glosa de estos tres protagonistas apócrifos y, al hilo de esa travesía, Valentín Galván se interroga por el estatuto disputado de la condición filosófica de Antonio Machado, un asunto enmarañado, incluso después de la celebración y recuperación de su obra en las postrimerías del franquismo y en el curso de la Transición. El desafío encarado por esta monografía consiste precisamente en rescatar esta vertiente machadiana, donde la filosofía consiste, no en un discurso acerca de las ultimidades sino en un arte de existir, entroncando así la “escuela popular de sabiduría” formada por la tríada de apócrifos, con la tradición de las escuelas morales del mundo antiguo.

La segunda parte del volumen (“Los miradores eternos de la filosofía”) propone un original itinerario por la Historia de la Filosofía de la mano de Antonio Machado. De sus consideraciones metafísicas, éticas, epistémicas y antropológicas. Este paseo se hace por tanto en compañía de los apócrifos intelectuales del poeta: Abel Martín, Juan de Mairena y Jorge Meneses. El recorrido se inicia con la filosofía antigua: la relación entre ser y pensar (Heráclito y Parménides); el escepticismo y el relativismo sofísticos y su impugnación socrática; la dialéctica platónica del amor y el logro ético de la felicidad (Séneca, Epicuro leído a través de Quevedo y los cínicos). La siguiente parada corresponde a la filosofía moderna, puesto que el asunto central del pensamiento medieval, el problema de la existencia de Dios se abordará en la tercera parte. Este momento moderno, que orbita en torno al problema del conocimiento, se escande en tres escalas: el diálogo de Machado con la monadología de Leibniz, articulado a través de la música de Mozart; el contraste de la duda poética con la duda metódica cartesiana y la confrontación de Juan de Mairena con la filosofía de Kant, a través de ese pintor kantiano avant la lettre que fue Velázquez. El diálogo más extenso es el entablado con algunos representantes de la filosofía contemporánea. Se le dedica un amplio apartado al marxismo, que Machado afrontó en parte a través de Unamuno. El encuentro con Schopenhauer también aparece mediado por otros compañeros de la generación del 98, destacando además la recuperación machadiana de la teorización del humor. Más reticencias guarda Juan de Mairena con la transmutación nietzscheana de los valores, aunque haya una proximidad respecto a la escritura aforística. El pensador que sin duda encuentra más complicidad en Machado es Bergson, al que denominó “filósofo definitivo del siglo XIX”. Su abordaje de la temporalidad, la memoria y la intuición nutren la obra del poeta mucho más que la meditación de Heidegger sobre el ser, a pesar del habitual avecinamiento de Machado a las reflexiones de Ser y tiempo y a pesar de que las consideraciones heideggerianas sobre la temporalidad de la existencia y la muerte no le resultaran ajenas al poeta.

En el tercer bloque de la monografía (“El folklore metafísico de nuestra tierra”), la recuperación filosófica de Antonio Machado se extiende al pensamiento español coetáneo, adentrándose después en las propias contribuciones del poeta a propósito de los problemas metafísicos que más le ocuparon. Lo primero se lleva a cabo contrastando las lecturas que Unamuno, Ortega, María Zambrano y Machado llevaron a cabo acerca de Don Quijote. Esta confrontación con la obra cervantina permite desentrañar los rasgos peculiares del filosofar hispano: su rechazo del formato académico, su opción por una racionalidad sintiente y su imbricación con la expresión narrativa y poética. Los tres capítulos siguientes pasan revista al tratamiento machadiano de otros tantos problemas metafísicos que atraviesan su obra: la temporalidad, la muerte y la existencia de Dios. Viene después una honda e informada reflexión sobre el papel desempeñado por la Institución Libre de Enseñanza y su proyecto pedagógico en la propia trayectoria de Machado y en la articulación, a través de Juan de Mairena, de una filosofía que aprende del “pueblo” y de una política vocacionalmente republicana. El bloque se cierra con un capítulo que trata de cernir las singularidades del estilo intelectual exhibido por Juan de Mairena: un pensamiento dialógico que se encuentra a gusto en el ejercicio de la paradoja y donde la búsqueda racional de la certeza se arraiga en la vitalidad de la sabiduría popular encarnada en el lenguaje.

El apéndice que cierra el volumen (“Juan Blanco de Sedas, el último discípulo de la escuela popular de sabiduría”), es precisamente la visita inesperada y en buena medida el descubrimiento, de un ejemplar viviente, el último quizás, de esa estela de apócrifos (Martín, Mairena, Meneses) que compuso la machadiana “escuela popular de sabiduría”. Valentín Galván concierta así una cita con Juan Blanco de Sedas, filósofo sevillano nacido en 1928 y fallecido en 2002. Sucede en este apéndice como en un relato de Borges, como si el sueño machadiano que engendró a Mairena y a sus pares hubiera dado a luz a un filósofo de carne y hueso. Se reconstruye con maestría la vida y la obra, se mencionan los seguidores apasionados y se recoge el eco -en pensadores tan renombrados como Manuel Sacristán- de este “Sócrates andaluz” que solo podía enseñar a pensar mediante la palabra viva del diálogo y que Valentín Galván, junto a la larga saga de sus discípulos, ha ayudado a salvar del olvido.

Francisco Vázquez García

(Universidad de Cádiz)