Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 98 (2026), pp. 211-214

ISSN: 1989-4651 (electrónico)

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Ramas, C. (2024). El tiempo perdido. Contra la Edad Dorada. Una crítica del fantasma de la melancolía en política y filosofía. Barcelona: Arpa.

Se acaba de publicar el último libro de la filósofa Clara Ramas: El tiempo perdido. Contra la Edad Dorada. Una crítica del fantasma de la melancolía en política y filosofía, en la editorial Arpa. El libro comienza con la reconstrucción de una famosa escena del episodio piloto de Los Soprano donde el protagonista, Tony Soprano, acude por primera vez a la consulta de su psicoanalista después de haber sufrido un ataque de pánico. Para la autora, esta escena de la mítica serie de mafiosos muestra sin ambages el momento en el que nos encontramos: un tiempo epitomizado por la incertidumbre y la desazón, donde la ciudadanía se encuentra en un estado de profunda orfandad de valores, peleada con el presente y sin atisbar senderos alternativos en el futuro.

Así, el punto de partida de este libro es la desorientación y el sentimiento generalizado de orfandad y pesadumbre que se cierne sobre los seres humanos del siglo XXI. El objetivo principal consiste en cartografiar la estructura de sentimientos de nuestra coyuntura histórica y reflexionar sobra la imperiosa necesidad de retorno que nos asola insistentemente en un contexto crepuscular y agónico. En este libro, la autora más que reflexionar sobre el pasado como un momento petrificado al que podemos acceder con el bisturí del presente, trata de arrojar luz sobre «lo perdido», debido a que el ser humano se encuentra continuamente en un estado de pérdida o desorientación, de búsqueda de un origen: «y por ello tenemos la tendencia permanente a mirar atrás y adelante en busca de certezas, que sin embargo nunca podrán devolvernos del todo a un ansiado estado de plenitud originaria, porque nunca lo tuvimos» (p. 19).

La autora denomina «Edad Dorada» al estado de plenitud anhelado, pero inexistente en términos históricos. Con el término de Edad Dorada se trata de pensar el tiempo perdido caracterizado por un estado de abundancia sin agujeros y grietas, un tiempo que nunca ha existido tal y como lo imaginamos, y que su defensa con tesón y sin titubeos nos conduce solo a la reacción y el resentimiento, es decir, a pelearnos con nuestro presente y buscar en las semillas de un pasado inexistente todas las respuestas a nuestra desorientación actual. Quienes se encuentran en la búsqueda de la Edad Dorada presentan un rasgo peculiar, que, por otro lado, será una de las características fundamentales para comprender nuestra realidad: la melancolía.

Dicho esto, este libro está compuesto por una breve introducción, doce capítulos y las conclusiones. En los dos primeros capítulos se fija el objeto del libro. Se señalará que la desorientación es el rasgo más marcado de nuestro momento histórico, donde se ha cancelado la experiencia y el contacto con el mundo, de la relación orgánica entre el ser humano y la naturaleza sin la mediación de la forma abstracta de la mercancía. La pérdida de nuestra experiencia y contacto con los otros se explica por diferentes variables que se retroalimentan: la crisis ecológica, el capitalismo en su fase actual, la financiarización de la vida, la inestabilidad geopolítica, las guerras, los avances tecnológicos o las continuas crisis económicas.

Por todos estos motivos nos encontramos en un estado de desorientación y caos, donde se ha producido, según Ramas, la erosión permanente del significado (p. 33). Dentro de este estado de incertidumbre los viejos códigos y valores han perdido todo su significado; nos hallamos, en un sentido nietzscheano, en la última fase del nihilismo. Volviendo a las apreciaciones de Nietzsche en la II Intempestiva, hemos perdido el contacto productivo con el pasado, el presente se nos muestra vacío y carente de sentido y somos incapaces de vislumbrar las posibilidades de un futuro diverso. El resultado de esta incapacidad para experimentar el tiempo presente y atisbar posibilidades de futuro es un malestar cultural ante la ausencia de todo proyecto alternativo: «Un futuro cancelado y un pasado que echamos de menos. Un presente que se nos escurre entre los dedos. Esta es la verdadera cancelación del siglo XXI» (p. 34).

En este sentido, el objeto se fija sobre un pasado inexistente, pero que debemos defender como guardianes del tarro de las esencias. Así es como surgen los melancólicos, aquellos que se encuentran en la búsqueda del objeto perdido, es decir, de la Edad Dorada. El estado de la nueva melancolía radica en la recuperación del Edén, del objeto perdido, de la esencia de nuestra identidad. En palabras de la autora: «Quien se sitúa en esta posición se convierte así en guardián del objeto, vigilante del tesoro, protector del anillo. La vieja guardia melancólica. Solo ellos son leales al objeto. Solo ellos salvan al objeto. Solo ellos aman al objeto. Solo ellos aman a la patria, a la familia, a la política» (p. 42).

De todo esto se desprende que la melancolía es la forma predominante de relacionarse con los demás y la naturaleza, la única forma posible de lealtad ante el objeto perdido, a la Edad Dorada, allí donde nos encontrábamos en estado de pureza y satisfacción plena. En los siguientes tres capítulos (tercero, cuarto y quinto), se presenta el marco filosófico para comprender el fenómeno predominante en el campo de los afectos en la actualidad: la melancolía. El objetivo de estos capítulos consiste en exponer los rasgos de la melancolía y su relación con lo perdido. Esta sensación de pérdida es inherente a la condición humana en tanto que tenemos la posibilidad de emplear el lenguaje. El lenguaje nos permite encontrar salidas en el campo de lo simbólico. El empleo de las palabras nos arroja a estar siempre en un estado de incansable búsqueda, de dotar de sentido aquellas grietas que observamos en nuestra condición de seres incompletos, en buscar las razones de nuestro origen.

Para Ramas, los seres humanos nos hallamos siempre en un estado de búsqueda que consiste en que vivir es sinónimo de abandonar el origen. A partir de esta constatación, la única salida para no acabar arrastrados a la melancolía propia del reaccionario como último guardián del tarro de las esencias es narrar la pérdida, ser conscientes que la pérdida está ahí y que su existencia depende de una condición de partida a la que no podremos llegar como si nada, pues nunca ha existido en la misma medida que la pensamos.

La melancolía surge cuando no somos capaces de aceptar que no podemos manejar a nuestro antojo el objeto amado. Cuando nos consideramos defensores de un objeto perdido que satisface nuestra identidad presente. Un melancólico es alguien que no sabe perder, que no asume e integra la pérdida, que no es capaz de vivir con la certeza de que no podrá encontrar aquello que anhela, que todo acto de integrar la pérdida es visto como alta traición. El melancólico no quiere olvidar la pérdida, dado que es todo aquello que le insufla ganas de continuar, que completa todos los vértices de una identidad cerrada e intransigente, es decir, hablamos de alguien que no busca transcender la pérdida: «El melancólico sustituye la autoconciencia y la capacidad creativa hacia el presente y el futuro por la pretensión de autenticidad» (p. 90).

Entre los capítulos sexto y noveno se delinea el retrato de los rasgos políticos y culturales de los nuevos melancólicos. Es importante advertir en este punto que somos hijos de una Modernidad que se impuso tras el derrumbe del mundo épico medieval y del cristianismo como asidero que daba una respuesta clara a la sensación de zozobra por encontrar el origen. Ser modernos supone no poder volver atrás, ya que, como bien señalaron Marx y Nietzsche, la Modernidad consiste en la disolución de lo sólido. Así, el mundo moderno está desencantado, algo en lo que incidió un asiduo lector de Marx y Nietzsche, el sociólogo Max Weber. El mundo que habitamos los modernos es un mundo sin Dios, sin un relato claro del origen y el fin de la humanidad y sin vida después de la muerte.

Tampoco podemos comprender la Modernidad sin el nacimiento del capitalismo. Una vez que todo lo sólido se ha disuelto en el aire el sistema de producción capitalista sitúa al mercado como una utopía que ha de ocupar todos los espacios de la vida. De este modo, para la autora del libro, capitalismo y reacción melancólica son dos caras de una misma moneda, ya que, la abstracción del mercado ocupa todos los espacios de la vida y produce una deflación de la experiencia que genera estados de agravio, resentimiento y reacción. Por eso, el canto más común que escuchamos entre los nuevos melancólicos es el resentimiento. Están resentidos porque dentro de un mundo moderno en continua transformación ellos no ocupan ya el lugar que previamente atesoraban, lo que genera un sentimiento de odio contra todo aquello que se entiende como culpable de que las certezas y lugares heredados hayan desaparecido.

Llegados a este punto, podemos comprender que el movimiento de los nuevos melancólicos es siempre el mismo: dar por hecho que existió un origen, una Edad Dorada donde tocábamos al objeto amado, donde lo poseíamos: «Considera que ahora habitamos la decadencia y que lo que había antes era como debían ser las cosas. Considera que, pese a la desorientación de la sociedad actual, ellos pueden todavía realizar un matrimonio sagrado y directo con las cosas mismas» (p. 127).

Para Clara Ramas, los nuevos melancólicos aciertan en el diagnóstico, esto es, en que nos hallamos en un estado de pérdida, pero se equivocan en la solución. No podemos hacer como si nada hubiera pasado porque la Modernidad lo cambia todo y no permite la traducción en el presente de escenarios pasados, pues no existe nada al margen de la mediación de la mercancía. Sin embargo, todavía están prestos a defender la última de las trincheras, quizá la más preciada de todas: el orden del género eterno, binario y natural (p. 134).

En los tres últimos capítulos (décimo, undécimo y duodécimo) se apuesta por pensar el tiempo perdido de otra manera, mediante la clásica obra El tiempo perdido de Marcel Proust. El libro de Ramas pivota sobre la idea de que el surgimiento de esta nueva melancolía se produce como consecuencia de una situación de precariedad material y desorientación política y cultural. La autora afirma que todos tenemos nuestra potencial reserva de melancolía. Todos nos encontramos buscando algo que dé sentido al sentimiento de orfandad. No obstante, la autora propone reflexionar el tiempo perdido mediante una nueva lógica, aquella que se encuentra en la obra de Proust. Lo más valioso de la obra de Proust es que se da cuenta de que el pasado que anhelamos nunca ha existido. Todas las memorias valiosas son las que surgen súbitamente, sin que las evoquemos o las pronunciemos, sin esperarlas: «preservan el pasado con el aura de lo eterno, como lo que no fue dañado por ningún banal catálogo de los hechos, como, incluso, lo que nunca ocurrió» (p. 178).

La obra de Proust nos enseña que no existe ni ha existido algo así como la Edad Dorada, no hay objeto que poseer o recuperar, ya que, precisamente, todo lo que tenemos es el camino. La Edad Dorada solo existe como proyección hacia el pasado, no como un hecho objetivo, existe como un imperativo, por lo que el camino es todo lo que tenemos, es decir, la necesidad de encontrar un relato que otorgue sentido a lo caótico, sin necesidad de apresar y recuperar un Edén ideal. En última instancia, según Ramas, la obra de Proust nos invita a encontrar el sentido de lo que nos pasa: «El presente como tarea» (p. 197).

En definitiva, toda búsqueda de un origen no es otra cosa que ocuparnos de nuestro presente, es decir, de aprender a ver el mundo que nos rodea como la primera vez. Recobrar el tiempo perdido no es restituir una Edad Dorada desaparecida, pues el origen es una herida que nunca se cierra. Así pues, solo podemos convivir con la convicción de que la existencia de las cicatrices es toda nuestra verdad: «Aprender a envejecer es despedir la melancolía y reconocer que el mundo no está hecho para nosotros. Aprender a envejecer es la única salvaguarda frente al nihilismo negro de la melancolía» (p. 209).

David del Pino Díaz
(Universidad Nebrija)