Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 98 (2026), pp. 220-223
ISSN: 1989-4651 (electrónico)
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ROOSEVELT, Franklin D. (2024). Discursos políticos en los años de la guerra, edición, traducción y estudio introductorio de José María Rosales. Madrid: Tecnos.
Este volumen contiene una selección de 24 discursos, conferencias, proclamaciones y extractos de Franklin D. Roosevelt comprendidos entre enero de 1937 y abril de 1945. El último discurso, del 13 de abril de aquel año, un día después de su muerte, nunca llegó a pronunciarse. Conjuntamente, esas intervenciones dan cuenta tanto de las continuidades como de los ajustes graduales en la retórica presidencial de Roosevelt durante sus tres últimos mandatos: enero de 1937–enero de 1941, enero de 1941–enero de 1945, enero de 1945–abril de 1945.
En Discursos políticos en los años de guerra, José María Rosales presenta al 32º presidente de los Estados Unidos a través del tipo especial de argumentación política que caracterizó su presidencia. El carácter pedagógico de las intervenciones de Roosevelt y su cortesía diplomática en las misivas a otros líderes políticos no ocultan ni errores de percepción en su evaluación del riesgo de entrar en guerra ni su inteligencia práctica, que la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial puso de manifiesto. El hecho de que su gobierno optara por una política de rearme durante el período de entreguerras es indicativo de los temores justificados de un nuevo conflicto bélico a escala mundial.
En ese sentido, la presente selección de discursos tiene una finalidad doble: por un lado, de carácter histórico, centrada en distintos momentos del mandato de Roosevelt reflejados en documentos relativamente desconocidos, antes y después de la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial; por otro lado, de carácter analítico, prestando especial atención a los rasgos que distinguieron sus esfuerzos diplomáticos de neutralidad con respecto a Alemania, Italia y Japón, y tras el fracaso de esos intentos, su carácter resolutivo durante la guerra (pp. XXV–XXVI).
Las conexiones retóricas y temáticas con el anterior volumen también editado por el mismo autor en la editorial Tecnos, Discursos políticos del New Deal (2019), son patentes. De hecho, las necesidades más acuciantes durante cada uno de los mandatos presidenciales de Roosevelt son visibles diacrónicamente, es decir, desde el punto de vista de la evolución temporal de dos fenómenos cruciales: la crisis económica derivada del crac de 1929 y la Segunda Guerra Mundial. A través de sus intervenciones políticas es posible entender cómo, siguiendo el clásico análisis de Max Weber, pueden aunarse liderazgo carismático y liderazgo legal-racional en proporciones extraordinariamente infrecuentes.
Ambos volúmenes reflejan las tensiones constitucionales constantes que los fines reformistas y electorales de Franklin D. Roosevelt, no siempre distinguibles, produjeron. El liderazgo político de Roosevelt antes y durante la guerra permite contrastar la exteriorización de un optimismo solo aparente y una medida cordialidad respecto a sus interlocutores internacionales que en gran medida se orientaban a afianzar una relación de confianza parcial, aunque recíproca. Las declaraciones públicas y comunicados presidenciales hacen patente su profunda desconfianza hacia los emergentes líderes totalitarios y el fracaso de esa estrategia.
La neutralidad y la negociación como estrategias diplomáticas tienen vigencia hasta finales de 1941, cuando la paz resulta insostenible. El estudio introductorio de José María Rosales destaca que en el ámbito internacional Roosevelt adopta un voluntarismo trufado de irrealismo desde su llegada a la presidencia (p. XXV). El riesgo de que una guerra a escala mundial agravase aún más la crisis económica que padecía el país impidió una estrategia de oposición abierta frente a Alemania, Japón e Italia. El expansionismo de estos dos primeros países dinamitó el equilibrio de fuerzas en Europa: la invasión de China por parte del Imperio de Japón (1937), la anexión (Anschluss) de Austria (1938) y la ocupación de Checoslovaquia (1939) evidenciaban un punto de no retorno en el equilibrio internacional de fuerzas.
La presente selección de discursos puede dividirse, a grandes rasgos, en dos partes: una primera parte que cubre los cuatro años de su segundo mandato presidencial, desde el Mensaje Anual al Congreso del 6 de enero de 1937 hasta el del 6 de enero de 1941, caracterizado por la búsqueda de alianzas con otros países y los esfuerzos de neutralidad (p. 15); y una segunda parte comprendida entre la Llamada al Emperador Hiroito para evitar la guerra en el Pacífico, del 6 de diciembre de 1941, hasta el discurso no pronunciado para el Día de Jefferson, previsto el 13 de abril de 1945, en los que se justificaron la entrada en la guerra y los esfuerzos bélicos subsiguientes.
En el primer período, la retórica presidencial mantiene un carácter eminentemente práctico, que prioriza los problemas económicos domésticos al mismo tiempo que se vale de la diplomacia para lidiar con la creciente amenaza de la Alemania nazi, el Japón imperial y la Italia fascista. La idea de que regímenes antidemocráticos aceptaran las reglas de juego del ámbito internacional no solo resultó impráctica e ilusoria, sino perjudicial para los intereses de los países democráticos. De hecho, la política inicial del presidente Roosevelt – y del propio Winston Churchill en Reino Unido durante sus primeros meses de mandato – permitió a las potencias del eje fortalecerse política, militar y diplomáticamente al mismo tiempo que la crisis del parlamentarismo europeo se agudizaba en Europa.
Las Fireside chats (charlas junto a la chimenea) emitidas en la radio reflejan una retórica presidencial franca y cercana. La del 3 de septiembre de 1939, tras la invasión alemana de Polonia, sirve a Roosevelt para justificarse ante la ciudadanía estadounidense. En esa charla comenzó lamentando los hechos acaecidos para inmediatamente a continuación defender sus esfuerzos diplomáticos por la paz a pesar de que su fracaso es ya evidente (p. 75). Se trata de una comunicación contradictoria: al mismo tiempo que hizo ver la inevitabilidad de la guerra a escala mundial optó por mantener la neutralidad de Estados Unidos (p. 77). El presidente reconoció la lesión de los intereses internacionales de Estados Unidos, de las democracias parlamentarias europeas y de los países soberanos de Asia debido al uso indiscriminado de la fuerza por parte de las Potencias del Eje y la violación de las normas del derecho internacional. Sin embargo, Roosevelt siguió defendiendo la neutralidad de los Estados Unidos sin argumentos de peso.
Señalar abiertamente a los culpables de la guerra, Alemania, Japón e Italia, y admitir las consecuencias desastrosas de la guerra para la economía fueron argumentos insuficientes para romper la política de neutralidad de los Estados Unidos. La estrategia diplomática del gabinete presidencial hacia 1939 era ya a todas luces infructuosa para conservar la paz. A pesar de ello, incluso cuando la entrada de Estados Unidos en la guerra era ya inevitable, el presidente estadounidense trató de preservar una imagen pública de hombre resolutivo y prudente: con frecuencia dos perfiles difícilmente conciliables que a esas alturas resultaban parcialmente contradictorios.
El carácter excepcional de las medidas adoptadas por Roosevelt y la extensión de las facultades del poder ejecutivo afectaron a los pesos y contrapesos del estado constitucional, muy especialmente a la eficacia del Tribunal Supremo como contrapoder. El recurso constante a la emergencia de las medidas económicas, políticas y bélicas adoptadas fue a menudo injustificado desde una perspectiva estrictamente constitucional. Para sortear esas dificultades, Roosevelt llevó al límite sus facultades legales, convirtiendo así la excepcionalidad en la norma de actuación durante sus sucesivos mandatos presidenciales.
La retórica argumentativa del presidente cambia desde una política de neutralidad afín a Reino Unido, Francia y el resto de países aliados, hasta defender la necesidad moral de entrar en guerra. El argumento principal de Roosevelt no consiste en apelar a los intereses efectivos de la nación, sino en destacar la unidad cívica y política mediante la defensa de la libertad común de estadounidenses y europeos. Frente a una retórica nacionalista, el presidente Roosevelt reivindica constantemente las virtudes del esfuerzo, el sacrificio, la solidaridad y la determinación como pilares civilizatorios de la sociedad norteamericana, compartidos también por todas aquellas naciones que luchaban contra la barbarie.
Las intervenciones públicas de Roosevelt tuvieron un marcado carácter pedagógico e intercalaban apelaciones cívico-morales recurrentes con explicaciones detalladas sobre las motivaciones que le llevaron a tomar cada una de sus decisiones. Así, el recurso retórico a la responsabilidad individual de los ciudadanos se complementa con digresiones sobre el apoyo mutuo que los miembros de una nación libre se deben entre sí. Roosevelt hace coincidir el sacrificio y la abnegación de los estadounidenses, los lazos de ciudadanía y la protección de la libertad con los intereses efectivos de los Estados Unidos y sus aliados. Preservar la libertad de los países aliados, defender la democracia y la civilización, hacer valer la superación, abnegación y sacrificio del pueblo estadounidense, junto con la promesa de prosperidad en el futuro, se convierten en apelaciones recurrentes cuya repetición permitió a Roosevelt dirigir un mensaje claro que concitase el apoyo mayoritario de la ciudadanía.
Ya en el curso de la guerra, destaca la charla junto a la chimenea del 28 de abril de 1942. Tras una relación pormenorizada de los avances bélicos, Roosevelt apela a la laboriosidad y la capacidad de superación de la ciudadanía para enumerar a continuación las medidas económicas que pretende adoptar en siete pasos. Justifica la subida de impuestos, los límites de precio a bienes de primera necesidad y alquileres, junto con el estancamiento de los salarios y precios agrícolas, así como el racionamiento de recursos (p. 175). Se trata de medidas que contravienen directamente los intereses inmediatos del grueso de la población de los Estados Unidos.
Lejos de que la eficacia de esas decisiones para superar definitivamente la crisis derivada del crac de 1929 y la entrada en la Segunda Guerra Mundial fuese evidente, Roosevelt reconoció tácitamente sus deficiencias. Por ese motivo, argumentó con cierto nivel del detalle que, sin esos ajustes, acompañados del aumento de la deuda pública, los ciudadanos habrían tenido que asumir desigualmente sus costes. En ese sentido, Roosevelt se dirigió a hombres de negocios, medianos empresarios, pequeños comerciantes y asalariados admitiendo los costes directos que cada uno de esos grupos tendría que asumir sin ocultarlos o restarles importancia (p. 176). Su credibilidad política descansó en una relación fiduciaria con la ciudadanía estadounidense que cada victoria electoral había reforzado, pero que amenazaba con ampliar las facultades del poder ejecutivo a expensas del resto de poderes del estado.
La retórica presidencial, franca y pedagógica antes de diciembre de 1941 fue gradualmente reforzada desde entonces con elementos patrióticos no exentos de apelaciones a una ética compartida de la libertad y la prosperidad. Estadounidenses y europeos compartían a juicio de Roosevelt lazos políticos y morales que convertían la libertad y la democracia en bienes comunes. Consecuentemente, defenderlos por todos los medios posibles constituía una obligación tanto política como ética. De hecho, Roosevelt justificó la entrada en la guerra como una obligación de marcado carácter moral ante el fracaso de la diplomacia. De ese modo, la guerra era el último recurso para defender la civilización occidental y los valores compartidos por los estadounidenses frente a su amenaza exterior.
En ese sentido, los Discursos políticos en los años de la guerra dan cuenta de la capacidad argumentativa de Roosevelt en momentos críticos para los estados constitucionales. Ofrecen al lector una oportunidad para indagar en las conexiones entre argumentación y desempeño político democráticos desde una perspectiva eminentemente práctica. La épica presidencial es solo uno de los rasgos destacados dentro de un estilo argumentativo marcado por una retórica cívica donde la responsabilidad y el sacrificio son compartidos por gobernantes y gobernados. Roosevelt apeló al sentido del sacrificio y la responsabilidad de los ciudadanos porque había acumulado un capital moral y político notable ante la ciudadanía. Su éxito como presidente, por tanto, consistió en un estilo retórico depurado, en gran medida alejado del rigor académico, en el que combinó argumentos políticos, morales y económicos con un sentido de responsabilidad histórica con las generaciones venideras.
Francisco J. Bellido
(Universidad de Extremadura)