Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 97 (2026), pp. 232-234
ISSN: 1989-4651 (electrónico)
Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España (texto legal): Se pueden copiar, usar, difundir, transmitir y exponer públicamente, siempre que: i) se cite la autoría y la fuente original de su publicación (revista, editorial y URL de la obra); ii) no se usen para fines comerciales; iii) si remezcla, transforma o crea a partir del material, no podrá distribuir el material modificado.
FERNÁNDEZ AGIS, D. (2022). La voz y el eco de la ternura, Granada: Aliar Ediciones (128 pp.)
En los últimos tiempos, las ciencias cognitivas buscan la unidad de las dimensiones afectiva y racional. Considerando la ética como el vínculo entre el saber y su uso, tanto la emoción como la razón fueron siempre los dos polos sobre los que se estableció la pertinencia de cada filosofía. En Platón el auriga domina las emociones, en Descartes la res extensa, en Hume la impression, Kant la sensibilidad, Hegel su Espíritu, Nietzsche el kataklismòs. Fernández Agis pretende hacer confluentes y sinérgicos los significados afectivos, así una madre y su hijo, o un jardinero con sus plantas, la aceptación del otro ser como el mí mismo es el germen de este ensayo. A partir del trabajo de Julien Offray de la Mettrie y su Métaphysique de la tendresse, Fernández Agis intenta desvelar los vínculos mereológicos y las connotaciones, las íntimas conexiones del conocimiento mostrando la universalidad compartida. Con un ritmo tierno y poético, aunque en ocasiones estrictamente racional el autor incide en «un recorrido exploratorio e incitador» a lomos del tiempo filosófico describiendo la sensibilidad.
En sus capítulos despliega la historia, desde el arraigo silente de un bulbo hasta el florecimiento luminoso del color; una forma diferente, en ocasiones excesivamente densa: a partir de la expiración y la disolución de la energía vital de “L´homme Plante” nos lleva al panteísmo espinosista; el control de la energía vital como formas de poder nos evoca a Byung Chul-Han o a Sloterdijk; una disquisición leve pero profunda acerca de la naturaleza del alma humana, en la que la ternura es una forma de orar, «para quienes han encontrado un resquicio a través del que consolarse del dolor que produce el abrumador peso del silencio celestial», nos conduce al aprendizaje y a la educación.
El profesor Fernández Agis vincula, en un ejercicio voluntarista, la conciencia de la subjetividad a la educación y al sufrimiento animal como consecuencias de la miseria humana, pues el profesor Agis, integrante de diversos comités de bioética para el bienestar animal, iguala a este con el ser humano en su sensibilidad, revelando profundos aspectos morales de gran actualidad en nuestra sociedad. Agis nos sugiere, a partir del pensamiento de la Mettrie, pensar la trascendencia del alma humana, no con respecto a su corporeidad y materialidad, que tanto Mettrie como él sostienen, sino con respecto a qué sea la inteligencia. El ensayo mantiene un constante diálogo con diversos autores: el automatismo de los brutos cartesiano, la conciencia del Yo de Fichte, el lenguaje como débil órgano del sentimiento, o la neutralización de la introspección más nihilista.
Pero es la corporeidad, la aporía del conocimiento y del saber que mejor refleja la idea de este ensayo, la indisolubilidad de los aspectos emocionales y del sustrato fisiológico del que surge. El lector aquí queda interpelado, la ternura es lo vívido y vivido, irreductible. ¿Y qué es sino otredad el sentido de Derrida, la compasión de Lévinas, la vida buena griega? Agis pretende dar su voz a la ética, interpretando a la Mettrie alineado en el sentir epicúreo. Pinceladas polícromas colorean a la Mettrie como eje narrativo: la razón panteísta y de vuelta a Spinoza, de la virtud, del “gnothi seauthon”, de la subjetividad, “tan solo la educación ha mejorado la organización”, quizá sea posible oponerse con él a Rousseau.
Lo moralmente conveniente lleva a lo justo, sin ignorar el utopismo de la armonía, Fernández Agis relee al filósofo de Caen para quien la relación entre lo moral y lo jurídico condiciona, pero ordena lo social. Spinoza está presente desde la primera página, en ocasiones recurrente, para dar cohesión armonizando la naturaleza con lo bello, lo voluptuoso, desde un materialismo consecuente y displicente con la divinidad, como el filósofo que piensa sensualmente y crea su propia mística, su “metafísica de la ternura”. Moral del rebaño, espíritu del enjambre, sociedad líquida, consumo masivo, nos hablan del riesgo del totalitarismo interpretativo, de la reificación y el adiestramiento, de la perversión distópica y la domesticación. Llevan al provincianismo y al desuso de las capacidades intelectivas.
En un ensayo sobre la ternura, no podía faltar el capítulo más civilizado y tierno de la ética griega, la amistad como paradigma de relación en la que el otro es lo ideal del mí mismo. La dificultad de la verdadera amistad aparece ya en Hesíodo, dioses y hombres se traicionan entre sí cuando la existencia les urge, y se forja en la convivencia, el respeto mutuo, la responsabilidad para con el amigo. No debe ignorarse el número de amigos humanamente posibles, quiénes son potencialmente amigables; en todo caso, queda cristalina la tendencia del hombre a completarse en el otro, cuidándonos y cuidando a los demás.
Se llega al momento más importante del ensayo, culminado con el buceo en aguas densas y profundas, ejercicio arriesgado que no siempre puede ser expuesto con la claridad suficiente, tratando con las ideas de Heidegger acerca de la otredad y su relación con el Ser. La distancia con el mí mismo es previa al reconocimiento de lo otro, la reflexión sobre el ser es como el lenguaje en Nietzsche, retórica de sentido emergente que actúa, no desde el silencio sagrado del concepto, sino de la identificación con lo otro que reconozco en mí mismo. Heidegger con su complejidad y elitismo disciplinar, ha quedado durante largos períodos expuesto al etiquetado de sus aspectos más célebres y polémicos, pero este ensayo aporta una interpretación académica con sentido de divulgación, quizá pretendiendo valorar su contribución a la metodología metafisicista de la fenomenología y descuidando su conexión con el eje central del ensayo. A partir de su análisis y valoración, Agis interpreta a Heidegger en la comprensión del ser humano, prudente con el tratamiento del otro, como adjetivaba Lessing su ilustración “considerada”, objetivo similar a la aportación del profesor Fernández Agis. El puerto de la ternura contrasta con la metáfora vívida y constante del mar y evoca el reposo del navegante de aguas profundas, un reposo en el que la grandeza del océano conecta con el sentido mismo de la particular existencia humana.
La pena y la angustia, formas extremas de miedo, hacen del “ser-ahí” el atrezo de la existencia, en la que «incluso la frecuente y árida indiferencia afectiva son apertura existencial», donde la continuidad indiferenciada se transforma, a partir de la emotividad y la voluntad de comprensión del otro, en una disposición afectiva, antesala de la razón significativa que evoca las ideas de Uexhüll, de Blumemberg y su relato metaforológico, o del mismo Kant en el que las cuatro dimensiones fundamentales de toda razón práctica quedan en la intuición. Para Agis, siguiendo el relato de Heidegger: “lo que llamamos libertad será […] algo que solo puede existir tomando en cuenta esa previa disposición emocional”.
Dejo al lector que corone las ideas vertidas en esta recensión, que complete el cuadro fragmentario que he dispuesto y valore este trabajo del profesor Fernández Agis. El ensayo es filosofía pura, ordenado escolásticamente en su apariencia de heterogeneidad, en él se reflexiona sobre la naturaleza, sobre el alma humana y animal, sobre la sociología como modo de relación entre los seres vivos y el mundo, acerca del Derecho, de la ciencia y sus fronteras epistémicas, de la otredad, la corporeidad, el Ser y la amistad. Su densidad requiere conocimientos previos que desarrollen el potencial inspirador del ensayo, pero su lectura es en ocasiones profunda y espesa, en otras sosegada y tierna.
Fermín Valerón Hernández
(Universidad de La Laguna)