Daimon. Revista Internacional de Filosofía, nº 97 (2026), pp. 197-210
ISSN: 1989-4651 (electrónico) http://dx.doi.org/10.6018/daimon.570371
Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 España (texto legal). Se pueden copiar, usar, difundir, transmitir y exponer públicamente, siempre que: i) se cite la autoría y la fuente original de su publicación (revista, editorial y URL de la obra); ii) no se usen para fines comerciales; iii) si remezcla, transforma o crea a partir del material, no podrá distribuir el material modificado.
El Recuerdo: La huella de lo eterno en el hombre en el pensamiento de Søren Kierkegaard
Recollection: The Human Being´s Footprint of Eternity in Kierkegaard´s Thought
CATALINA ELENA DOBRE*
Recibido: 17/05/2023. Aceptado: 14/08/2023.
* Profesora Investigadora. Actualmente realizando una estancia postoctoral en la Universidad Tecnologico de Monterrey, Escuela de Humanidades y Educación, México. Contacto: dobre@tec.mx. Líneas de investigación: filosofía de Søren Kierkegaard, filosofía existencial, antropologia filosófica, ética. Actualmente está trabajado el proyecto: “Persona, cultura y sociedad, en el ámbito de la intertextualidad e interculturalidad discursiva para un mundo inclusivo. Un diálogo transversal de las humanidades”. Las más recientes publicaciones son: 1. La belleza ética como realización del telos interior en Kierkegaard (Revista Portuguesa de filosofia, vol. 78, no. 4/2022), 2. La filosofía existencial como ´vox clamantis in deserto´. La lectura shestoviana de la filosofía de Kierkegaard (Revista Thémata, no. 65/2022).
Resumen: Si bien el tema del recuerdo no llama la atención de manera tan recurrente cuando se trata de la filosofía de Søren Kierkegaard, nos damos cuenta de que el filósofo menciona con sutileza, pero con frecuencia, tanto el concepto de memoria como también el recuerdo. Esto indica que el recuerdo no es solo un movimiento opuesto a la repetición, como a veces nos limitamos a pensar, sino que hay una importancia y una potencia del mismo en el desarrollo de la individualidad en la presencia de lo eterno en el tiempo. En estas páginas me propongo una incursión en el pensamiento de Søren Kierkegaard, con el objetivo de analizar y comprender la “fuerza del recuerdo” y su relación con la repetición, el arrepentimiento y la eternidad, para enfatizar su relevancia en la narrativa de la singularidad.
Palabras clave: recuerdo, memoria, repetición, arrepentimiento, temporalidad, eternidad.
Abstract: Although the concept of recollection does not draw attention so recurrently when it comes to the philosophy of Søren Kierkegaard, we realize that the philosopher subtly, but frequently, mentions both: the concept of memory and the recollection in its authorship. This proves that memory is not only a movement opposed to repetition, as we sometimes limit ourselves to think, but that it is important and has a particular potency in the development of individuality in the presence of the eternal in time. In these pages I propose an incursion into the thought of Søren Kierkegaard, with the aim of analyzing and understanding the “force of recollection” its relationship with repetition, repentance, and eternity, emphasizing its relevance in the narrative of singularity.
Keywords: recollection, memory, repetition, repentance, temporality, eternity.
Introducción
Abordado siempre desde las categorías más inquietantes como la angustia, la desesperación, la fe, el tiempo y la eternidad, el concepto de recuerdo en la filosofía de Kierkegaard sigue pasando desapercibido, excepto pocos estudios1. Desde mi punto de vista, existe en Kierkegaard un modo de comprender el concepto de recuerdo que tiene implicaciones muy relevantes para su antropología cristiana.
El recuerdo es la manifestación de la memoria y el olvido su aniquilación; a este último, San Agustín lo comprendía como “una privación de la memoria” (1997: 31). El olvido representa una forma de evasión; es decir, evadir una responsabilidad, evadir nuestros recuerdos que nos interpelan y nos invitan a tomar una decisión; sin embargo, contra el olvido, el recuerdo es siempre la salvación.
El filósofo danés Søren Kierkegaard afirmaba que recordar no es acordarse de algo, sino que el recuerdo tiene el poder de evocación y de creación de un sentido y de una identidad. Mediante los recuerdos somos presencia, ya que recordar significa dar continuidad, integrar el pasado en nuestro presente y sentir que pertenecemos, que tenemos sentido. El que no quiere recordar, el que no se quiere vincular con su pasado es un ser humano fragmentado, nivelado. Esto significa que un recuerdo no es un mero retorno al pasado, sino que está presente en la narración de uno mismo en su presente. La memoria es tan importante para el ser humano, que en el momento en el cual empieza a desvanecerse la persona pierde su identidad, y no sabe ya quién es2.
Es verdad que los filósofos griegos, sobre todo Platón3, hablaban más de anámnesis (ἀνάμνησις) un tipo de rememoración de un pasado remoto, mediante el alma (razón) que era inmortal y tenía la capacidad de recordar lo antes conocido en un mundo suprasensible y eterno (Platón). Sin duda, se refería a una memoria con una función epistemológica, descuidándose por completo la capacidad de recordar y evocar un pasado individual.
A pesar de esta interesante postura de Platón con relación al significado de la ἀνάμνησις, es a partir de San Agustín que se recupera el sentido individual de la memoria, por lo que se vuelve el vínculo originario con lo eterno en el hombre, con lo duradero en el tiempo; es lo que le da una identidad propia en la narración de una historia singular. La memoria sostiene la durabilidad de nuestras vivencias en el tiempo. Su esencia está en su capacidad de despertar el recuerdo y, mediante él, hacer presente nuestra memoria. Un ser humano puede vivir toda la vida sin saber quién es, pero, en un momento dado, surge algo insignificante y despierta lo que había almacenado en el abismo de su alma. Esto significa que, sin darnos cuenta, nos narramos en el tiempo, nuestra historia no se disipa en el pasado, no se pierde, sino que se hace presente; y así entendemos de dónde venimos y quiénes somos. El recuerdo está siempre separado de la acción presente: como en el caso del personaje proustiano (Proust, 2013: 67-68) cuyo recuerdo se empieza a deslizar del acto de comer en sí, y lo conduce hacia algo que ya no tiene presencia en el tiempo real, pero tiene presencia en el tiempo interno (y eterno).
Cuando recordamos, en nuestra mente se representa algo ausente; y esta ausencia se hace presencia, ofreciendo un sentido, por lo mismo “la relación entre ausencia y presencia constituye el tronco común entre la imaginación y la memoria” (Kierkegaard, 2009: 102). Sin la memoria la vida será una total ruptura, un cúmulo de fragmentos aislados imposibles de unir, puesto que el recuerdo hace esta labor de hilar nuestra memoria y de crear una narración de nosotros mismos.
Vladimir Jankélévitch, afirmaba que “la memoria es más el ejercicio de un poder que el acercamiento de un haber, y es más la recreación activa del pasado que el registro de este pasado” (2006: 18). Por lo mismo, la memoria nos ayuda a recrear todo aquello que somos y tiene un valor significativo para nuestra existencia. El recuerdo tiene que ver con el ser en el tiempo, con una presencia que viene del más allá de la memoria inmediata; tiene que ver con el hecho de que somos espíritu y no una mera conexión biológica entre cuerpo y mente.
Cuando se trata el tema de la memoria, en la historia de la filosofía, siempre señalamos a filósofos como San Agustín, Henri Bergson o Paul Ricoeur que, si bien tienen páginas enteras dedicadas al sentido y a la fuerza de la memoria, olvidamos la aportación de Søren Kierkegaard en este sentido. Su pensamiento está enfocado al tema de la relación entre la temporalidad y el ser singular, el individuo, como un eje central de su escritura. Esta relación implica un marco de categorías que nos ayudan en esta narrativa kierkegaardiana del tiempo y de la identidad personal (como devenir espíritu): elección, repetición, instante, memoria, recuerdo, desesperación, angustia, eternidad, Dios, libertad, contemporaneidad, fe, etcétera.
En estas páginas no voy a analizar la relación del recuerdo y la memoria con todas estas categorías, sino que me interesa comprender la “fuerza del recuerdo” y su relevancia para la narrativa de la singularidad, aunando la idea de que, sin el recuerdo, sería imposible entender nuestra relación con lo eterno. Para esto, iniciaré especificando la diferencia entre memoria y recuerdo, que hace Kierkegaard, enfatizando en la importancia que el recuerdo tiene en el proceso de devenir sí mismo y en la conciencia de la identidad. Otro punto importante que quiero demostrar es que la repetición4 y el recuerdo no son categorías opuestas, así como se considera, sino que el recuerdo es un proceso importante en la realización de la repetición junto con el arrepentimiento. Y, por último, trataré de demostrar la relación entre el recuerdo y lo eterno en el corazón del hombre.
1. “Recordar es un verdadero arte”: Memoria y recuerdo en la filosofía de Kierkegaard
Es difícil ubicar con precisión cuándo aparecen, por primera vez en la obra kierkegaardiana, las reflexiones en torno a la memoria y el recuerdo. Aunque las identificamos a partir del escrito O lo uno o lo otro, Etapas en el camino de la vida o en algunos Discursos edificantes, es posible que, en los escritos anteriores a 1843, aparezcan ideas apuntadas en sus Diarios. No me propongo hacer una indagación histórica y estadística del concepto. Pero sí es cierto que podemos identificar en la escritura del danés una verdadera filosofía de la memoria en la Modernidad y, por lo mismo, reflexiones originales en torno al sentido del recuerdo que, desde la antigüedad griega5, pasando por San Agustín y John Locke, cayeron en el olvido, hasta Kierkegaard y luego han sido retomadas por varios pensadores del siglo XX.
Para el filósofo danés, el recuerdo deja de ser anámnesis de un mundo de las ideas eternas (ideales); y deja de tener una función meramente epistémica (metafísica), tomando una faceta totalmente existencial, plasmando un acercamiento ético-antropológico, que tiene que ver con el devenir sí mismo (individualidad) que es un proceso de continuo crecimiento, que refleja la conciencia de ser en el tiempo.
Cuando hablamos sobre el tema del recuerdo en Søren Kierkegaard pensamos de inmediato en el apartado In vino veritas del escrito Etapas en el camino de la vida, donde afirmaba con toda razón: “el recuerdo es como un buen vino que, aunque embotellado, todavía conserva el aroma de lo que fue” (Kierkegaard, 2009: 24), enfatizando claramente que recordar no es acordarse de algo en la inmediatez de nuestra vida; sino que el recuerdo tiene el poder de evocación y de creación de un sentido y de una identidad. Recordar significa dar continuidad a la personalidad, a la vida, integrar el pasado en el presente y sentir que nos pertenecemos, que tenemos una historia.
Etapas en el camino de la vida es el texto en el cual profundiza Kierkegaard sobre la memoria y el recuerdo. En la primera parte, llamada In vino veritas. Un recuerdo, el autor seudónimo, Wilhem Afham hace esta distinción entre at huske y at erindre (traducidos por acordarse y recordar); donde acordarse tiene que ver con cosas casuales de la vida (me acuerdo esto o aquel, me acuerdo de una persona, de un lugar, etcétera); mientras que el recordar “está relacionado con lo eterno en el hombre” (Kierkegaard, 2009: 25), porque es un proceso que implica internalización. Lo que es recordado ya no existe exteriormente, sino que se transforma en un objeto ideal de la conciencia (Stephen, 199: 232).
Al hacer esta distinción, Kierkegaard separa la memoria del recuerdo; es decir, el recuerdo no es una potencia de la memoria (como era en San Agustín); sino que “la memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo siempre es reflexivo, por eso recordar es un verdadero arte” (Kierkegaard, 2009: 31). Dicho de otro modo, la memoria, aunque trae detalles del pasado, está relacionada más con la inmediatez; mientras que el recuerdo está en elación a lo eterno, como lo veremos.
Patrick Stokes (2015) sostiene que, con relación a esta diferencia, la memoria es involuntaria y el recuerdo es voluntario. Claro que la memoria aporta al recuerdo porque conserva las vivencias; sin embargo, recordar no se reduce solo a la actividad de la memoria; es decir, el recuerdo pertenece a la memoria, pero no es en su totalidad memoria porque no reproduce exactamente los eventos guardados. El recuerdo evoca una vivencia, no la reproduce; por lo mismo, es activo y creativo es, como dice Kierkegaard, “reflexión a segunda potencia”.
Si bien memoria y recuerdo son manifestaciones de la conciencia, el recuerdo no es un proceso mecánico, sino que se trata de una “actitud ante la vida” como afirma Nordentoft (1980, p. 76); es un vivir desde el espíritu. El recuerdo implica unas fluctuaciones, un “juego de contraste de estados de ánimo”, como dice Kierkegaard (2009: 32).
Relacionado con esto, sostengo que el recuerdo juega un papel importante en el proceso de devenir espíritu en Kierkegaard; es decir, procesado por la memoria, mira al pasado, pero implica también crear la interioridad en su devenir hacia el futuro. En otras palabras, recordar es traer del pasado aquello que tiene un significado esencial para la creación (el desarrollo) de la interioridad, además de ser un proceso abierto al futuro. Esto es el significado ético y antropológico del recuerdo, ya que evoca y crea la constitución de la identidad propia de la personalidad.
Considerando lo que dice Stokes, de que en la Modernidad la filosofía se reorganiza con relación al tema de la conciencia (Stokes, 2015: 12); sostengo que Kierkegaard mismo reorganiza su filosofía alrededor del problema de la conciencia que es dinámica y dónde la elección, el arrepentimiento, la repetición (Gjetagelsen) la memoria y el recuerdo, representan manifestaciones de esta dinamicidad que marcan el sentido de la temporalidad.
El filósofo danés comprende la conciencia como relación. No es una conciencia estática, constituida por la identidad consigo misma, sino que se trata de una conciencia como relación de contrarios; es el espíritu, es el devenir como un reconstruir (repetición); un devenir no necesario, sino desde la libertad. En este proceso, el recuerdo (Erindring) tiene un papel muy importante porque aparece para reconstruir y recrear. ¿Qué debe recrear?
A esta pregunta contestaré con otra pregunta: ¿Qué es lo que debemos recordar? ¿Cuál es el objeto del recuerdo para Kierkegaard? De entrada, hay que decir que no se trata de una realidad arquetipal, como en Platón. El filósofo danés considera que este objeto es incomunicable, es un secreto que está fuera de las miradas profanas de la mundanidad y, por lo mismo, es lo esencial. Afirma Kierkegaard, a través de Wilhelm Afham, que “solo se puede recordar aquello que es esencial” (Kierkegaard, 2009: 29). Lo esencial es ser espíritu; entonces: ¿Qué debemos recrear? Aquello que es esencial; nuestra vida desde el espíritu manifestado en la personalidad entera. Lo esencial es lo eterno que ya está puesto en el corazón del hombre, como diría Kierkegaard, y como analizaremos más adelante.
A través de los recuerdos somos presencia, ya que recordar significa dar continuidad, integrar el pasado en nuestro presente y sentir que pertenecemos, que tenemos sentido. El que no quiere recordar, el que no se quiere vincular con su pasado es un ser humano fragmentado, nivelado ya que, como afirma David Lapoujade, “recordar es regresar, es despertar emociones que son el efecto que produce el fluir del tiempo en la sensibilidad” (2011: 7).
Kierkegaard no considera el recuerdo como un cúmulo de datos de hechos y vivencias almacenados; no es el recuerdo como hábito (como diría Henri Bergson6); al contrario, tiene esta capacidad creativa, reconstructiva. Cuando recreamos, el recuerdo trae a la superficie algo esencial para nosotros, algo que tiene un significado para nuestra identidad personal como espíritu. En este proceso, la memoria puede aportar algo específico; pero de ahí, el recuerdo empieza a tejer su historia, reescribiéndola.
Kresten Nordentoft, en su análisis de la categoría de recuerdo, llamado Recollection (Erindring), propone una separación que se tiene que hacer entre el recuerdo estético y el recuerdo ético, en la filosofía de Kierkegaard (Nordentoft, 1980: 76-77). Esto hace sentido si pensamos que el esteta vive en relación a una memoria poética, vive relacionado con un ideal, con una fantasía y, por lo mismo, el esteta vive en una retrospectiva, en el pasado, en un “amor-recuerdo”, como por ejemplo el Joven del escrito La repetición7. El recuerdo que lo estanca en un estado de ánimo desesperado. Al esteta le falta recrear su realidad presente mediante el recuerdo; le falta, como diría el Juez Guillermo, “memoria de su propia vida” (Kierkegaard, 2007:181).
En cambio, el recuerdo ético tiene que ver con el arrepentimiento y con el proceso de devenir sí mismo, de devenir espíritu, que implica un Erindring, un recuerdo de lo esencial.
2. Repetición, recuerdo, arrepentimiento
En el libro La repetición, Kierkegaard decía que:
Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el primer momento que empieza vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar esa muerte propia y convertirla en una vida auténtica. […] Esta forma de recordar es cabalmente la proyección retroactiva de la eternidad en el presente (2009: 39).
¿No es, por si acaso, esta proyección retroactiva de la eternidad en el presente, la repetición misma? ¿Será posible la repetición sin el recuerdo y sin el arrepentimiento?
El concepto de arrepentimiento aparecerá con recurrencia en la escritura kierkegaardiana, a veces sutilmente, para marcar el significado del perdón y, con ello, de la elección misma. Desde el Equilibro entre lo estético y lo ético, pasando por In vino veritas o los Discursos edificantes, el concepto viene a señalar que una vida auténtica (cristiana) es, en el fondo, la aceptación del pecado original (Synd), de la condición de seres caídos en el tiempo; y, a la vez, una reconciliación con la historia singular de cada individuo, con la que uno es, y esta reconciliación es arrepentimiento8. El pecado problematiza la conciencia de lo que somos y la coherencia de nuestras obligaciones éticas, como afirma Andrew Jampol-Petzinger (2019: 389).
No hay reconciliación si no hay recuerdo. Se trata de recordar quién es uno esencialmente para poder perdonar, ya que, como piensa Kierkegaard, arrepentirse profundamente significa a la vez perdonar y, a través del perdón, uno recibe la Gracia y, a la vez, se recibe a sí mismo. En el arrepentimiento se produce un actuar interno, que es posible mediante el recuerdo y, por lo mismo, la repetición, y esto sitúa al individuo en una relación con lo eterno. Cuando un ser humano se elige, en el fondo lo que hace es rescatarse a sí mismo del pasado, para devolverse a sí mismo en el presente, en el cual está también el futuro. Aquí entra la creatividad del recuerdo, que no solo trae en el presente lo esencial de uno mismo. Esto significa que recordar no implica traer a la memoria hechos; sino recordar lo que uno es como “herida” existencial (el pecado), intrínseca al origen del yo. En este proceso, uno se recibe a sí mismo como nuevo y así se reconcilia consigo mismo. Afirma Wilhelm Afham, en In vino veritas: “el arrepentimiento es un recuerdo de la culpa” (Kierkegaard, 2009: 34). No se trata de una culpa moral, sino de una culpa genuina, como dice Kierkegaard en su escrito El concepto de la angustia, una culpa que es el pecado (peccatum originale), la caída (Kierkegaard, 2012: 64)9.
Un ser humano es él y su historia a la vez; es su pasado, inclusive el heredado y, por lo mismo, es él y su culpa a la vez; es él y su condición de ser caído. Cuando se produce el acto de elección de sí mismo, uno debe tener la fuerza de arrepentirse: de sí mismo, de su pasado, de su familia, de su especie, “hasta que se encuentra él mismo en Dios” (Kierkegaard, 2007: 96). Por lo que, arrepentirse significa recordar y perdonar aquello que esencialmente somos, y de ahí poder redimirnos, reconstruirnos tras la repetición, que es un movimiento que implica no solo el pasado, sino el futuro y el presente simultáneamente, para que un hombre pueda nacer de nuevo ante Dios.
El recuerdo verdadero surge cuando el individuo se elige a sí mismo, y decide vivir éticamente su vida. Así, el individuo ético vive de igual manera con esperanza y recuerdo para poder estar en el presente. Su recuerdo es la expresión esencial de su arrepentimiento, como antes mencioné. Una vida ética genuina es posible cuando el individuo elige y acepta que su vida y sus acciones están arraigadas a algo que los sobrepasa, a la trascendencia cuya presencia le hace recordar su condición.
En el escrito La repetición, Kierkegaard, a través del seudónimo Constantin Constantius, sostiene que “repetición y recuerdo constituyen el mismo movimiento, pero en sentidos contrarios” (Kierkegaard, 2009: 27). El recuerdo y la repetición son como dos hojas que nacen del mismo tallo, solo que una crece en una dirección y la otra en el sentido contrario. Sin embargo, el tallo no puede formarse sin sus hojas. Así también el espíritu del hombre, el devenir sí mismo, no es posible sin la repetición y sin el recuerdo, ya que la repetición misma es recordar hacia adelante.
La advertencia de Constantius, en su libro, es no quedarse en el mero recuerdo, porque entonces uno se quedaría atrapado en un eterno pasado y esto “hace al hombre desgraciado” (Kierkegaard, 2009: 27); por eso el recuerdo debe traer consigo el arrepentimiento; para advertir al ser humano de que hay una tarea por hacer (recordad adelante); por eso, para que tenga fuerza, al recuerdo hay que revigorizarlo desde la repetición. Es así como el Joven poeta de La repetición, mientras vive solamente desde el recuerdo de su amor, vive en desgracia. Pero una vez que vive la tormenta, a través de Job; es decir, una vez que vive un arrepentimiento, elige y llega a ser sí mismo. Este devenir es la repetición: cuando el individuo “recibe por duplicado lo que antes poseía” (Kierkegaard, 2009: 202).
Nathan Alden Barczi, en su artículo Movement of the Soul: Platonic Recollection, Kierkegaardian Repetition and Covenant Invocation, sostiene que
la afirmación de Kierkegaard, de que el recuerdo no es más que la repetición hacia atrás indica su opinión de que el pasado no es menos contingente que el futuro. El movimiento de fe de creer que el mundo será restaurado en el futuro, es para Kierkegaard el mismo movimiento que la fe de creer que lo eterno ha entrado en el tiempo, en el mismo punto en el pasado (Barczi, 2011: 5).
La repetición es imposible sin el recuerdo porque se necesita de la memoria del pasado para poder abrir el flujo del futuro en el presente; esto hace que el individuo pueda devenir sí mismo como un ser consciente de su valor eterno. Ambos movimientos son importantes, aunque para Constantin Constantius la filosofía antigua enseñaba que todo se reduce a la reminiscencia (recuerdo), y la filosofía moderna enseñará que la vida es repetición. La oposición que pone Constantius entre recuerdo y repetición es para marcar que, en el pensamiento griego, la función del recuerdo era meramente epistémica y metafísica; mientras que la repetición es la nueva filosofía: la filosofía del espíritu del ser singular, del devenir sí mismo y de recibirse cualitativamente en esta singularidad que cada persona es. La existencia auténtica para Kierkegaard significa devenir y devenir significa el descubrimiento del yo en nuestra interioridad. El movimiento del devenir es la repetición (que necesita del recuerdo): se deviene lo mismo (lo esencial que se debe recordar); pero a la vez se deviene como nuevo.
Como sostiene Niels Eriksen, “en el recuerdo el devenir se remonta al ser; en la repetición el ser surge del devenir; en el recuerdo el ser precede al devenir mientras que en la repetición el devenir precede al ser” (2000: 50). Lo único constante en todo este proceso es lo eterno. Reiterando a Eriksen, podemos decir que en el recuerdo el espíritu se remonta a lo eterno; en la repetición, el devenir procede de lo eterno. Y, como diría Kierkegaard, el recuerdo – y, añadiría, la repetición-, tratan de mantener la continuidad de lo eterno en la vida de los hombres, asegurándole una existencia temporal (Kierkegaard, 2009: 25-26) y esto es el fundamento de la personalidad: “ser capaz de vivir en el tiempo como una persona irreductible a la biología o las determinaciones culturales, sociales” (Pattison, 2015: 253). Esto es posible a la doble estructura del tiempo (pasado y futuro) que piensa Kierkegaard, cuya unidad está puesta por lo eterno (el Instante).
3. La fuerza del recuerdo como huella de lo eterno en el hombre
George Pattison en su escrito llamado Eternal God. Saving Time, sostiene con razón que Kierkegaard crea un contraste polémico entre el tiempo y la eternidad (Pattison, 2015: 247) sin el cual sería difícil comprender la estructura del yo, la elección, la vida ética, la existencia en sí, la repetición, la libertad, el amor, la fe o la contemporaneidad. Para el filósofo danés, a través de nuestra existencia temporal podemos alcanzar la eternidad hacia adelante, como hemos visto a través de la repetición y el recuerdo, ya que, “existir como espíritu, significa existir como abierto al futuro, en relación con lo eterno” (Pattison, 2015: 252), y para poder hacer esto, uno debe cultivar en su corazón la relación con lo eterno.
En el año 1847, Kierkegaard publicaba, entre otras obras, Un discurso ocasional, conocido también como La pureza del corazón, que invita a la reflexión en torno de ¿cómo logramos purificar el corazón? Esta pregunta gira alrededor del concepto de Individuo (Den Enkelte) que representa la columna vertebral de toda su escritura, porque este individuo es sinónimo con espíritu, con interioridad. La constante preocupación de Kierkegaard fue concientizar el peligro que representa la multiplicidad del mundo y el autoengaño para la interioridad, como resultado de una falta de elección de sí mismo auténtica que surge de no querer conocer y asumir la verdad de la propia existencia; por eso, hay que purificar el corazón. Partiendo del Eclesiastés (7, 3) Kierkegaard está convencido de que “el corazón puede cambiar para mejorar” (pero esto depende de la disposición, de una honesta confesión ante sí mismo en silencio para escuchar la propia conciencia como individuo singular. Kierkegaard cita a Juan (4, 24): “Un hombre no puede engañosa e insinuantemente mantenerse cerca de Dios con la lengua mientras su corazón está alejado”.
En este proceso de purificación, un papel importante lo tiene el recuerdo. El que no quiere recordar, vivirá con un corazón dividido, ya que los seres humanos pueden vivir toda la vida sin saber quiénes son. Pero en un momento dado, en un Instante, como dice Kierkegaard puede pasar que algo insignificante despierte lo que en la memoria se había almacenado. Kierkegaard parte de la idea que “Dios ha puesto la eternidad en el corazón de los seres humanos” (Eclesiastés 3, 11). Con esta idea, el sentido del tiempo cambia totalmente. El hombre no solo “tiene” un tiempo como una dimensión abstracta, sino que “vive” en el tiempo que cobra la dimensión de la temporalidad en el cual lo eterno es el fundamento.
El problema del tiempo, que es un muy complejo10, se transforma, para nuestro filósofo, en un debate ético y antropológico, dado que la eternidad define en esencia la estructura de lo que el hombre es. Por eso, en la Enfermedad mortal, dice que el espíritu del hombre no es un yo puro; es una relación, una síntesis de necesidad y libertad; cuerpo y alma, eternidad y temporalidad (Kierkegaard, 2008: 33). A partir de aquí lo eterno en el corazón del hombre es lo que da sentido a lo temporal.
Kierkegaard delimita así una diferencia entre tiempo y eternidad. El tiempo es la sucesión lineal, abstracta, de momentos sucesivos, de causas y efectos; que divide nuestra vida en (infancia, juventud, y vejez) y que mide el cambio. Mientras que la existencia se vive en términos de eternidad —ya que el devenir espíritu (un ser singular) se da en el momento que lo eterno (instante) está en el tiempo—, que se vive como un permanente salir de la condición finita. “El instante es esa cosa ambigua en la que entra en contacto el tiempo y la eternidad —con lo que queda puesto el concepto de temporalidad— y, donde el tiempo está continuamente seccionando la eternidad y esta continuamente traspasando el tiempo, solo ahora empieza a tener sentido la división aludida: el tiempo presente, el tiempo pasado y el tiempo futuro”, afirma Kierkegaard a través de Vigilius Haufniensis en El concepto de la angustia (Kierkegaard, 2012: 163).
El presente, el pasado o el futuro, sin lo eterno carecen de sentido. Cuando lo eterno está en el corazón del hombre, el futuro se vuelve el tiempo de la existencia; es decir, se vuelve posibilidad. Y, cuando toma conciencia de que el instante es la plenitud de la existencia, el hombre ya no es cualquier hombre, sino que vive un tipo de epifanía que le revela la singularidad de su ser; esta epifanía es el Instante, este “átomo de eternidad” (Kierkegaard, 2012, p. 162) que invita al hombre a una transformación de sí mismo, pero no una alteración, ya que la existencia está cargada de la posibilidad de descubrirse en su interioridad entendida por Kierkegaard como “el manantial que salta hasta la vida eterna y lo que brota de este manantial es precisamente seriedad” (Kierkegaard, 2018: 80).
La eternidad es la medida auténtica de nuestra existencia, la que da sentido. A través de la eternidad el individuo se descubre como ser singular en su temporalidad, deviene consciente de lo que es; se asume en su existencia y se elige espíritu. Es así como a través de la eternidad, el pasado se transforma y el futuro también; los dos emergen en una plena vinculación a través del recuerdo y la repetición. Como dice el seudónimo Vigilius Haufniensis, “el instante y el futuro ponen a su vez el pasado” (Kierkegaard, 2012: 164). Por eso la eternidad no es lo que quedo atrás (como pensaban los griegos), sino lo que es. Por lo mismo, la eternidad no es sucesión, no es algo cuantitativo que se acumula; al contrario, es presencia (Instante). En cuanto hay eterno, hay futuro que se regresa como pasado y esto se traduce en “la plenitud de los tiempos” sin la cual no podía ser posible, desde un punto de vista cristiano, la redención, el arrepentimiento, la salvación o la resurrección (Kierkegaard, 2012: 166). En todo esto, el recuerdo es indispensable, porque para lograr esta plenitud, uno tiene que recordar lo esencial en su corazón.
Los seres humanos pueden vivir toda la vida sin saber quiénes son, pero, en un momento dado, en un Instante, como dice Kierkegaard, puede pasar que algo insignificante haga despertar lo que había guardado en el abismo del alma. Aquí es donde entra lo que el filósofo llama “la fuerza del recuerdo”. Este recuerdo está en relación con la verdad y, en el instante que menos esperamos, nos guste o no, nos revela quiénes somos de verdad. Por eso, el autoengaño se produce cuando ocultamos la memoria de aquello que somos esencialmente. Afirma Kierkegaard:
Tú sabías muy bien en tu corazón, y yo también, lo que debías arriesgar, y tú conocías cuál peligro se involucraba; ¿recuerdas que lo eludiste (para tu propia destrucción)? ¿Recuerdas? Sin embargo, lo estás haciendo muy bien en cuanto a que usas la medalla sobre tu pecho en recuerdo de que te evadiste para tu propia destrucción. ¿Te acuerdas de esa vez? Tú sabías muy bien en tu corazón y estuviste de acuerdo con mi solitaria voz en tu ser interior en lo que deberías elegir, pero lo eludiste, para tu propia destrucción (2018: 91).
En este momento “el recuerdo toca de forma amenazadora a la puerta del corazón dividido” (Kierkegaard, 2018: 90): Cuando el recuerdo nos visita debería uno estar alegre ya que esta es la verdadera y auténtica recompensa que se puede recibir. Y ¿qué hay que recordar? ¿qué debemos recordar? Recordar quiénes somos de verdad; recordar que en nuestro corazón está ya puesto lo eterno y esto nos ayuda a recuperar nuestra identidad y autenticidad para no desvanecer nuestro ser en la multiplicidad del mundo. En el proceso de recordar el espíritu, traer la eternidad en el tiempo, dando lugar a un salto cualitativo, un devenir en la posibilidad manifestado a través de la elección.
Kierkegaard afirma: “el tiempo piensa que la eternidad está muy lejos; pero la eternidad no es un nuevo mundo y tampoco lejano” (2018: 101). Dado que se tiene esta idea de la eternidad, el ser humano ocupa su vida con diferentes haceres (ocupaciones) y es en este momento donde se olvida de la eternidad, a través de pretextos para evitar la relación con lo eterno.
¿Estás viviendo de tal modo que seas consciente de que en toda relación en la que te relacionas externamente, en cuanto individuo singular, también te estas relacionando contigo mismo como individuo singular, que también en las relaciones que los seres humanos llamamos tan bellamente lo más íntimo, que recuerdes que tienes una relación todavía más íntima, la relación en la que tú como individuo te relacionas contigo frente a Dios? (Kierkegaard, 2018: 134).
Lo eterno es el fundamento, es Dios, es lo esencial en la constitución del yo y de la conciencia; el hombre y la conciencia son una, como diría Kierkegaard. Es verdad que es la temporalidad la que define al ser humano y esta temporalidad es signo de la Gracia (Kierkegaard, 2007: 225) es un regalo de lo divino, de lo eterno para el hombre, como afirma en el Equilibrio. Sin la temporalidad, el ser humano no tendrá ni una historia que hacer o contar; y tampoco tendrá dignidad. Como dice nuestro filósofo, “la dignidad eterna del hombre es que tiene una historia” (Kierkegaard, 2007: 225); es decir, tiene temporalidad sostenida por lo eterno. Y siendo lo eterno el que sostiene al hombre en su temporalidad, este es responsable de sí mismo y de los medios que utiliza para crear su vida; es decir la presencia de la eternidad nos hace responsables en nuestra condición finita. Ante la presencia de lo eterno en el corazón, uno no puede evadir, ocultarse, autoengañarse. Por eso, lo eterno (Dios) es lo que el hombre tiene que recordar, para esto se necesita profundizar en interioridad, como dice Kierkegaard.
El recuerdo se vuelve así una interrupción de lo común en la actividad del hombre, pero es una interrupción necesaria de regresar al inicio, de modo que se pueda volver a unir lo que se ha separado.
¡Oh, Tú que das tanto para comenzar como para acabar, concede la victoria en el día de la aflicción, para que el afligido en arrepentimiento pueda lograr lo que no pudieron hacer ni el que arde en deseo ni el resuelto en intención: solo querer una cosa! (Kierkegaard, 2018: 159).
Lo que el ser humano debe querer es no perder la relación con lo esencial en su corazón. Por eso necesita vivir un proceso de reintegración de su fragmentación a través de la elección de sí mismo, ya que, al perder la conexión con lo eterno, como dice George Pattison (2015: 256), el ser humano pierde inclusive la relación con lo temporal. Y, para Kierkegaard, este olvido de sí, el olvido11 de vivir auténticamente, lleva a la desintegración del espíritu; es como si este se diluyera y perdiera consistencia, dejando espacio a la desesperación. Así, los seres humanos empiezan a vivir como si la vida no fuera suya, porque no quieren relacionarse con lo eterno, no quieren elegirse a sí mismos y se dejan vivir por las circunstancias y las determinaciones. Es aquí, en este tipo de contexto, donde uno debe empezar a reconstruir su relación con lo eterno, porque este es el que nos permite tomar conciencia de que vivimos en el tiempo. George Pattison afirma:
Pero si el tiempo es el don de lo eterno y el don de lo eterno se encuentra solo en el tiempo, entonces no necesitamos resistir al tiempo para encontrar algo que permanezca en medio del cambio. El tiempo nos da la posibilidad de experimentar nuestras vidas, de otra manera y la posibilidad es, por lo tanto, el medio por el cual, en, con y bajo la limitación de la vida temporal, lo eterno se nos hace presente (2015: 280).
Kierkegaard no habla de que los seres humanos debemos negar la temporalidad para vivir en unión con lo eterno; al contrario, más conciencia del tiempo, más conciencia de lo eterno. Esta es la belleza de esta paradoja, como le llama Pattison y es debido a la temporalidad que nosotros podemos expresar y experimentar nuestra identidad simultáneamente (pasado, presente y futuro). Pero esta reconstrucción implica dejarnos educar por lo eterno.
Resistir a esta educación por lo eterno, significa reprobar en la escuela de la vida, como dice Kierkegaard. Si bien en lo temporal todo tiene su tiempo; desde la eternidad las cosas toman otra perspectiva: ahí el arrepentimiento, la conciencia, la responsabilidad tienen otra intensidad. Por eso, cuando la eternidad se presenta, el individuo tiene que recogerse hacia la interioridad; detenerse para que el corazón pueda hacer el movimiento interno y recordar lo esencial. El individuo singular tiene la capacidad de ver todo invertido; es decir, su mirada está con relación a lo eterno y no a lo temporal.
Uno puede evadir esta relación, puede mentir, justificarse etcétera, pero Kierkegaard advierte de que “hay un lugar en el futuro dónde no existe más evasión” (2018: 142). En otras palabras, viene un momento cuando ya no hay escapatoria y uno debe “rendir cuentas”, no ante los demás, sino ante sí mismo y, sobre todo, ante lo eterno. Este último es el “maestro” que viene a recordar al “alumno” (al ser humano), que tiene una tarea por cumplir: de darse luz a sí mismo, nacerse a sí mismo; de recordar que el telos de su existencia está ya puesto en su corazón.
Conclusiones
A través de todo lo expuesto, mi objetivo fue analizar cuál es el papel del recuerdo en la estructura antropológica del ser humano, entendido por Kierkegaard como una conciencia relacional (espíritu) en la cual la relación paradójica entre tiempo y eternidad es fundamental en el proceso de devenir sí mismo. Esto me lleva a las siguientes conclusiones:
El espíritu del hombre es el lugar en el cual se cruzan el flujo de lo temporal y lo eterno y en este proceso el recuerdo (acompañado por la repetición y el arrepentimiento, así como por la elección de sí mismo) es el que ayuda en la recreación de sí mismo.
El recuerdo, para Kierkegaard, no es una reproducción exacta de vivencias y hechos; es decir, no reproduce literal una realidad. En la re-creación las imágenes no son fijas, se mueven y crean algo esencial para nosotros y, a la vez, real porque tiene que ver con nuestra identidad personal, con lo que somos.
En el recuerdo nada se pierde, el pasado se vuelve presente y es así como el recuerdo nos devuelve la esperanza de que hay posibilidad, de que hay un “otra vez” (repetición); porque no es un recuerdo del pasado, sino que, a través de la creación de nuestra identidad, se transforma en un recuerdo del futuro; en la repetición de lo eterno en nuestro corazón.
El recuerdo como huella de lo eterno, hace esta labor de hilar nuestra memoria y de crear una narración de nosotros mismos.
Quise demostrar que el recuerdo no está en relación con el pasado, sino que se trata de recordar la eternidad que es el tiempo del futuro y el movimiento de la repetición. Lo que se recuerda es lo que uno esencialmente es en su identidad puesta por Dios mismo.
Casi todas las reflexiones en torno al recuerdo, en la filosofía de Kierkegaard, remiten a lo que sostiene en el escrito La repetición, donde el recuerdo aparentemente es lo opuesto a la repetición. Sin embargo, el tema del recuerdo tiene una potencia, una fuerza que eleva al hombre por encima de su tiempo. Hemos visto que para Kierkegaard el tiempo como sucesión es una categoría abstracta, es un sumar cuantitativo de hechos; y, por eso, habla sobre la temporalidad que implica una vivencia cualitativa, y que solo se puede comprender en relación con el hombre. Esto hace que, a diferencia del tiempo de la representación entendido como una irreversible sucesión, la temporalidad, que tiene su eco en la interioridad, sea reversible porque es devenir en el espíritu; es decir, un proceso mediante el cual la conciencia vence el tiempo a través del recuerdo y de la repetición.
Referencias
Barczi, N. A. (2011). Movement of the Soul: Platonic Recollection, Kierkegaardian Repetition and Covenant Invocation, www.academia.edu (consultado el 18 de abril de 2022)
Bergson, H. (2006). Materia y memoria. Ensayo sobre la relación del cuerpo con el espíritu. Editorial Cactus.
Eriksen, N. (2000). Kierkegaard’s Category of Repetition. de Gruyter Press.
Fitzpatrick, M. (2013). The Recollection of Anxiety: Kierkegaard as our Socratic Occasion to Transcend Unfreedom. The Heythrop Journal, 55(5), 871–882.
Jankélévitch, V. (2006). Henri Bergson. Editorial Universidad Veracruzana.
Kierkegaard, S. (2009). In vino veritas. Alianza Editorial.
Kierkegaard, S. (2009). La repetición. Alianza Editorial.
Kierkegaard, S. (2007). O lo uno o lo otro II. Editorial Trota.
Kierkegaard, S. (2012). El concepto de la angustia. Alianza Editorial.
Kierkegaard, S. (2008). La enfermedad mortal. Editorial Trotta.
Kierkegaard, S. (2018). Discursos edificantes para diversos estados de ánimo. Universidad Iberoamericana.
Lapoujade, D. (2011). Potencias del tiempo. Versiones de Bergson. Editorial. Cactus.
Nordentoft, K. (1980). Recollection (Erindring). Thulstrup, N. & Thulstrup, M. (Ed.s.). Kierkegaard and Human Values. Reitzels.
Pattison, G. (2015). Eternal God. Saving Time. Oxford University Press.
Perkins, R. (Ed.). (1993). Kierkegaard International Commentary. Fear and Trembling and Repetition, Vol. 6. Mercer University Press.
Petzinger, J. A. (2019). Faith and Repetition in Kierkegaard and Deleuze. Philosophy Today, 63(2), 383-401.
Platón (1997), Diálogos, vol. II y vol. III, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos.
Posen, D. D. (2009). Kierkegaard and the Doctrine of Recollection. Kierkegaard and the Greek World, Tome I: Socrates and Plato., Ed. Ashgate.
Proust M. (2013), En búsqueda del tiempo perdido I (Por el camino de Swann), Madrid: Alianza Editorial.
San Agustín (1997). Confesiones. Libro X. Editorial Biblioteca de autores cristianos.
Stephen, C. (1993). “The Blissful Security of the Moment. Recollection, Repetition and Eternal Recurrence”. Perkins, R. (Ed.). Kierkegaard International Commentary. Fear and Trembling and Repetition, Vol. 6., Mercer University Press.
Stokes, P. (2015). The Naked Self. Kierkegaard and Personal Identity. Oxford University Press.
Thorbjornsson, G. B., & Verstrynge, K. (2015). “Marvel at Nothing”: Reconsidering Kierkegaard’s Category of Recollection through Social Networking Services. Kierkegaard Studies Yearbook, 20(1), 191-217.
1 Fitzpatrick, M. (2013). The Recollection of Anxiety: Kierkegaard as our Socratic Occasion to Transcend Unfreedom. The Heythrop Journal, 55(5), 871–882; y Thorbjornsson, G. B., & Verstrynge, K. (2015). “Marvel at Nothing”: Reconsidering Kierkegaard’s Category of Recollection through Social Networking Services. Kierkegaard Studies Yearbook, 20(1), 191-217; Nathaniel Kramer. (2015). “Psychology” en Steven M. Emmanuel, William McDonald, Jon Stewart (Eds), Kierkegaard´s Concepts; USA: Routledge.
2 Como se ha demostrado, por ejemplo, en el caso de la enfermedad de Alzheimer.
3 Nos referimos aquí a diálogos como Menón, Fedón o El banquete. Platón (1997), Diálogos, vol. II y vol. III, Madrid: Biblioteca Clásica Gredos.
4 Aunque se harán referencias a otras obras kierkegaardianas, me centraré más en el escrito La repetición, ya que en este escrito es donde Kierkegaard hace esta relación entre recuerdo y repetición.
5 David D. Posen sostiene que “el filósofo danés ha sido caracterizado a menudo como un oponente enérgico del recuerdo en sentido clásico griego” (Posen, 2009: 27). ¿Qué quiere decir esto? Es necesario comentar esta cita. Exponerla. ¿Qué implicaciones tiene este argumento? ¿Por qué es importante resaltarlo para este artículo?
6 En su escrito más importante llamado Materia y memoria, Bergson hace una diferenciación clara entre recuerdos que son representaciones por ser el resultado de un hábito, como un mero mecanismo; y lo que él llama “imágenes-recuerdo”. Se trata, como dice el filósofo francés, de dos memorias: una que repite y otra que imagina, criticando las posturas psicologizantes que reducen precisamente la memoria a un automatismo. “El recuerdo-espontáneo, que se esconde sin dudas tras el recuerdo-adquirido (hábito) puede revelarse a través de iluminaciones bruscas” (Bergson, 2006, pp. 96-101).
7 “La gran ventaja del recuerdo es que comienza con una pérdida, por eso es tan seguro, pues ya desde el principio no tiene nada que perder” (Kierkegaard, 2009, p. 38).
8 Si bien el arrepentimiento puede tener matices en los diferentes autores seudónimos de Kierkegaard, ya sea solo como la consideración ética de lo que no se puede remediar pero ante lo cual tomamos una posición de asumirla para que otro futuro sea posible, o ya sea con la consideración más profunda religiosa de que nos pone en relación con la ruptura de origen, en cualquiera de ellos el arrepentimiento es un acto y un camino relacionado con un tipo de reconciliación, lo que quiero decir es que tiene un carácter transversal.
9 Si bien la noción de culpa en Kierkegaard también adquiere matices, sea se relacione con un acto particular o sea que se relacione con la noción de pecado, lo que queremos evidenciar es que hay un sentido de culpa en cualquiera de las modalidades, es decir de una responsabilidad implícita.
10 No es la intención de este artículo tratar al fondo el problema del tiempo en la filosofía de Kierkegaard, ya que es un tema muy complejo que implica un estudio aparte, además de que es un tema muy analizado con relación a la autoría kierkegaardiana.
11 El olvido de lo eterno, o el olvido de Dios para Kierkegaard tiene la misma consecuencia que la “muerte de Dios” de Nietzsche. Explicar cuál es la importancia de esta similitud. ¿Por qué es importante para la argumentación del artículo?